viernes, 30 de agosto de 2013

Tocando con los dedos el Paraíso (1)

Inicio un nuevo artículo sobre la Alhambra, en el que abordo las diferentes etapas de construcción del monumento en su épocadora: el Emirato Nazarí. Para otra ocasión dejaré las transformaciones surgidas tras la conquista cristiana de Granada.

Fuente: http://www.revistadepatrimonio.es















Como toda gran obra, la Alhambra tuvo su planteamiento, su desarrollo y su desenlace. Sin embargo, no existe ningún texto escrito que nos cuente esa gran tragicomedia. Las fuentes históricas árabes no ayudan demasiado, aunque aporten infinidad de detalles, relativamente irrelevantes, referentes a la genealogía, que, además de farragosos, pierden enseguida valor para el historiador; también abundan las alusiones pomposas a la política de tal o cual gobernante, siendo siempre sospechoso el cronista de falsear la verdad o, cuanto menos, de enmascararla, bien para medrar en la corte, bien simplemente para proteger su posición y hasta su vida. Sin embargo, apenas hay detalles de cuestiones que sí resultarían hoy verdaderamente útiles, como la forma de vida dentro de la ciudadela, la economía, las interacciones culturales o la propia génesis del monumento.

El secano, centro de la medina alhambreña, guarda muchos secretos que la Arqueología puede desvelar.












Para llenar estas lagunas, la Arqueología se constituye en la principal herramienta. Ya decimos que no es fácil saber, por ejemplo, quién y cómo mandó construir tal castillo, mucho menos averiguar cómo fue su planificación. Pues bien, en nuestro caso, tenemos algo de suerte y, gracias a tres escuetas noticias, casi idénticas, podemos hacernos una idea bastante exacta de cuáles fueron las primeras decisiones de Alhamar,  fundador de la dinastía nazarí, para emprender su gran proyecto. La más elocuente es la recogida por el Bayan (1) de Ibn Idari:

“Subió Abú Abd-Alláh b. al-Ahmar desde Granada al lugar de la Alhambra, lo inspeccionó todo y marcó los cimientos del Castillo y dejó en él quien los excavase y no terminó el año sin que el castillo tuviese elevadas construcciones de defensa. Le llevó agua del río, levantando un azud y excavando una acequia exclusiva para ello”.

Acequia aReal en el Generalife: con ella empezó todo.

(1) Ibn Idari al Marrakusí: al Bayan al Mugríb fi Ijtisar ajbar Muluk al Andalus wa al Magrib. Traducción de A,. Huici Miranda, Tetuán, 1925. p. 125. Las otras dos referencias son del llamado Manuscrito Anónimo de Madrid y Copenhague. Traducción de A. Huici Miranda, Madrid, 197, p. 173; y de la obra de Ibn Jaldún “Historie des Banou-l-Ahmar, rois de Grenade”. Traducción al francés de M. Gaudefrois-Demombines, Journal Asiatique, XX (1898), pp. 319, 322.323.

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