viernes, 20 de enero de 2017

Otoño en Corea (XXIV)



Tras la cena, el cuñado menor, siempre con su hospitalaria sonrisa, nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Nada más llegar plantó sobre la mesa una botella de Chivas de 18 años y varias botellas de cerveza europea a elegir. Escogí una kronenburg francesa, perfecta para combinar con un chupito de whisky de malta. Entre conversaciones y nuevas preguntas del sobrino, surgió, cómo no, el escándalo de la presidenta Park Geun-hye, del que ya hablé al principio de esta crónica. 

Presidenta Park. Fuente: http://www.emol.com/
Desde que estalló el escándalo, se han sucedido todos los sábados grandes manifestaciones en Seúl, a veces rozando los dos millones de participantes, para exigir la dimisión de la primera mandataria. Esa dimisión nunca llegó y ha sido la presión popular, cuyo inicio coincidió con nuestra llegada, la que ha obligado al Constitucional a iniciar los trámites de destitución, aún no consumada.

Fuente: http://tribunacampeche.com/

Sin embargo, las movilizaciones están a punto de dar un vuelco a la historia de Corea. No es normal que manifestaciones absolutamente pacíficas logren derribar a un gobierno. Menos aún que esas manifestaciones se salden con 0 heridos y 0 detenidos, pese a la fuerte presencia policial (más de 25.000 efectivos). La explicación de esto último es muy simple: la policía se ha limitado a vigilar las protestas sin intervenir, porque no ha hecho falta. Nada de agentes infiltrados (recuerden aquello de “No me pegues, que soy compañero”, que se pudo oír en alguna manifestación del 15 M), nada de cargas policiales para reventar las protestas pacíficas. La disciplina de los coreanos y la mesura de sus fuerzas del orden son todo un ejemplo para el mundo.

Fuente: http://tribunacampeche.com/

Otra conclusión, ésta negativa, es que también en este pequeño y próspero país campa a sus anchas la corrupción, el nepotismo y otros cánceres sociales, por lo que su democracia está lejos de estar entre las mejores del mundo. Resulta complicado que sea así, por los fuertes condicionantes que pesan sobre ella. Para entender esto, hay que repasar la última etapa de la historia del país, desde la caída de la última monarquía en 1910 a la actualidad.
Sunjong, último monarca de Seúl, auto proclamado "emperador".

La descomposición del antiguo régimen era ya notable cuando los japoneses, en plena expansión imperialista, invadieron el país de camino a su principal objetivo: someter a China. La monarquía cayó, pues, como una fruta podrida que se mantenía de milagro en el árbol. Tras la invasión japonesa, Corea (todavía unida) viviría casi 40 años de ignominias por parte de los militares nipones: deportaciones en masa, represión y asesinatos ante la mínima protesta, imposición de la cultura japonesa, hambrunas provocadas por la confiscación de alimentos, esclavización (en ocasiones esclavas sexuales) o secuestros hacia Japón de muchos de sus habitantes….
Grupo de esclavas sexuales de los japoneses, que llegaron a 200.000. Fuente: http://notihoy.com/
Pero también, en esos duros años los coreanos librarán una heroica resistencia contra el invasor, sustentada en la reafirmación de sus señas de identidad cultural y nacional.

jueves, 19 de enero de 2017

Otoño en Corea (XXIII)



Volviendo al corazón de Seúl, tras abandonar la colina de los decapitados buscamos algún lugar para comer. Y, cómo no, encontramos uno de esos mercados que inundan la calle de mercancías, donde los vendedores anuncian con voz de sordina o a grito pelado sus pescados, verduras o cachivaches para cocinar. 



Una mujer prepara kimchi, embadurnando las hojas de col china con el jugo que las hará fermentar pasados dos o tres días. Es lo que se llamar kinjang (hacer kimchi), una tarea propia de esta época, una vez las coles han sido recolectadas. Luego se conserva en vasijas de barro o en frigoríficos especiales, más comúnmente esto último. Los coreanos no serían nadie sin su kimchi.

Comemos en un pequeño establecimiento regentado por dos hermanas, la una más femenina, la otra de maneras hombrunas. Es un lugar sórdido pero la comida está rica, como casi siempre en Corea. Luego buscamos un café y encontramos uno de dos plantas, lleno de jóvenes tecleando sus móviles o ejecutivos que siguen trabajando con el ordenador. Pero hay pocos que escapen a la conexión digital, esto es, que simplemente conversen. Yo incluso me sorprendo a mí mismo mandando fotos al Fecebook. Qué locura.
Paseamos luego junto a un canal que ha quedado como lugar de paseo y espacio de exposición al aire libre. Hay una serie de grupos escultóricos que dan cuenta de la historia del país desde los remotos tiempos del neolítico a la actualidad. Son esculturas “manga” que no dejan de tener su gracia. Desde luego es un lugar interesante para escapar del contundente paisaje urbano que nos rodea.

Fuente: http://deltaskymag.delta.com

Pero empieza a anochecer y hemos quedado con la familia a cenar. La cena la paga el cuñado menor, que ha propuesto el sitio. Acuden todas las hermanas menos la mayor, que está en el extranjero. También hay varios sobrinos, todos ellos portentos, según mi mujer. Uno de ellos, el hijo mayor del que invita, no para de preguntarme cosas sobre España. Está relativamente informado de nuestra historia y también, cómo no, de los equipos de fútbol. Entablamos una fructífera conversación. Resulta curioso lo fácil que se entienden dos personas hablando en inglés cuando no son nativas. Supongo que un anglófono debe partirse de risa, pero lo importante es que funciona. Mi sobrino no deja de transmitirme su curiosidad sobre todo lo que tiene que ver con España pero también con Europa y la cultura occidental. Para mí resulta un placer contestar a todo lo que puedo o hablarle de otros temas, como el surrealismo español. Resulta impagable ver su cara satisfecha y asombrada. Esta nueva generación viene pisando fuerte, pienso.
El sobrino del que hablo es el que aparece a la derecha en primer término.

martes, 17 de enero de 2017

Otoño en Corea (XXII)


Sobre uno de los puentes que cruza en río Han.
Sobre la orilla izquierda del río Han se alza una colina rematada por una torre granítica, que luce una cruz como diadema. Se trata del Santuario de los Mártires de Jeoldusan, o mártires decapitados. Mi esposa me aclara que es un lugar erigido en honor a los primeros sacerdotes que comenzaron a evangelizar Corea a mitad del siglo XVIII. Ya sabía que el Cristianismo está muy extendido en ese país, lo que ignoraba era su historia. Una visita a este lugar me permitirá hacer averiguaciones.
Tras las empinadas escaleras (aquí todos los templos parecen tenerlas) se accede a una plaza dedicada a san Jorge, aunque en el emblema aparece la cruz de Santiago (?). Se nota a la legua que es una construcción de factura relativamente reciente (los años 60). Sin embargo la historia de este lugar comenzó dos siglos y medio atrás y fue escrita con sangre del patíbulo.

Medallón del san Andrés coreano. Como el otro, lo pasó bastante mal en la cruz

La llegada de jesuitas (franceses fundamentalmente) procedentes de Japón, desencadenó una severísima respuesta del poder establecido. Los reyes Joseon no podían permitir interferencias a sus códigos oficiales, fueran éstos religiosos o sociales. Y los jesuitas los estaban desafiando. Para segar de raíz la amenaza, ejecutaron públicamente a más de un centenar de aquellos pioneros católicos, al igual que hicieran en su día césares como Nerón o Domiciano. En Jeoldosan se rinde un continuo homenaje a aquella sangría. Quizás porque, como todo buen martirio recordable, resultó al final un triunfo para las víctimas. 
...y después le cortaron la cabeza. Fuente: https://instanonymous.com
El magnífico jardín (cuántos de éstos hay en Corea) está sembrado de monolitos y esculturas alusivas. Hay una que se recrea en el patíbulo sangrante, sobre el que reposa una desproporcionada cimitarra. Otra representa víctimas sufriendo las torturas previas a la ejecución. Pero, como ya he dicho, los católicos terminaron por establecerse y hacerse un hueco en la sociedad coreana, siempre por sus propios medios y sin demasiado apego al sistema y sus valedores. Eso todavía hoy les reporta fama de progresistas y antisistema.

Quienes sí que acabaron tomándole cariño al poder fueron los protestantes. Estos llegaron después, en la primera mitad del siglo XIX y en su mayoría desde Estados Unidos. Y tuvieron mucho más éxito que los católicos. De hecho, los protestantes casi triplican a los fieles de Roma.
Mi esposa cree que el éxito de los protestantes frente a los católicos se debe a dos factores. El primero es que encontraron bastante trabajo hecho, como el hermano menor que aprovecha el camino abierto por su hermano mayor. La segunda causa, según Miryang, es que los predicadores americanos disponían de una técnica depurada de conversión, capaz de llegar, con sus encendidas arengas, a lo más profundo del cerebelo. Y yo añadiría un tercer factor: la frecuente convergencia de intereses de los jerarcas protestantes y los gobiernos de turno. En este caso, aquello tan socorrido de “oye, que la gente no es tonta” queda bastante en entredicho.

Una de las miles de templos protestantes de Seúl, con sus característicos neones. Fuente: http://protestantedigital.com. 


La cuestión es que el cristianismo, sobre todo a partir de la caída de la monarquía en 1910, ha logrado asentarse con fuerza en Corea. Y que, sumados protestantes y católicos (éstos últimos en pleno auge actualmente), ya acumulan más devotos que los budistas, religión tradicional en el país durante siglos. Aunque para tradicional, el animismo coreano, creencia ancestral oficiada por chamanes, en su mayoría mujeres. Y ésta sí que me parece una religión interesante.

Una mudang o chaman coreana.

sábado, 14 de enero de 2017

Otoño en Corea (XXI)



A la mañana siguiente, decidimos ver a la luz del día los alrededores de nuestro emplazamiento. El barrio, ordenado en torno al estadio de fútbol que se construyó para el Mundial de 2002, es, sobre todo una gran residencia universitaria. Y como tal goza de una activa vida nocturna. Por eso, a primeras horas de la mañana, sus calles presentaban un aspecto de día después de un carnaval. Nada que envidiar a España en ese aspecto.


Aunque era sábado, en la Universidad Hong Ik se veían algunos estudiantes. Esta institución académica privada es conocida por sus reputados ingenieros y sobre todo por su facultad de Bellas Artes y Diseño, la más prestigiosa del país. Y eso se nota por todas partes. Por ejemplo, en su cafetería, un grupo de jóvenes preparaban un trabajo en común sobre cine, según me tradujo mi mujer. 

Aunque lo  que me resultó más llamativo fue su fabulosa tienda de menaje para las artes. Mi sobrina Masuma, consumada acuarelista, hubiera flipado en colores (nunca mejor dicho) con tantos anaqueles rebosantes de lienzos, caballetes, pinturas de toda clase, pinceles y otras herramientas. También había multitud de abalorios, desde tierra a lentejuelas, para crear pintura matérica, o pellas de barro y materiales de lo más diverso para hacer esculturas.



Al salir de la Universidad, nos fumamos un cigarrillo en un área restringida por una especie de perímetro policial. Si te pasas un centímetro de la raya, multa o, como mínimo, malas caras de la gente. Están locos estos coreanos con las cosas del fumar.
No te pases, no te pases...
Continuamos el paseo por la margen izquierda del cercano río Han. Hay un paseo por el cual pueden ir indistintamente coches, ciclistas y peatones. Los grandes pilares que sostienen los puentes solapan la vegetación que medra a orillas del agua. 


Al otro lado, se adivina el paisaje más urbano que quepa imaginar. Digo se adivina porque en Seúl no hay boina de contaminación, hay toda una manta. Y no por las fábricas de Corea, sino de la cercana China cuyos malos humos arrastran los vientos continentales. Por cierto, que muchas de esas fábricas son de capital coreano. Con la globalización y para orillar costes, industrias de todo el Mundo se deslocalizaron, es decir se reubicaron en China. Y las consecuencias resultan ahora perniciosas.


El río está sucio no sólo por los detritus de siempre. Hace unos años, el Gobierno, codo con codo con las grandes corporaciones, impulsó a la fuerza una serie de canales para comunicar los grandes ríos y permitir el tráfico marítimo ininterrumpido de grandes buques desde las costas. Esas obras faraónicas, a las que se oponía gran parte de la ciudadanía, están provocando un deterioro medioambiental sin precedentes y la pérdida de caudal y biodiversidad de muchos cursos fluviales. En nuestro periplo por Corea, ya notamos grandes heridas en su portentoso entorno natural, mastodónticas urbanizaciones, flujos interminables de asfalto que hace años no estaban. Estas obras, seguramente innecesarias, tienen su última razón de ser, según mi esposa, en la amistad del anterior presidente con las grandes constructoras y corporaciones surocorenas. Si Confucio levantase la cabeza...

viernes, 13 de enero de 2017

Otoño en Corea (XX)



Tras el atasco, respiramos aliviados. Todavía nos quedan tres días y hay que disfrutarlos. La familia de mi esposa nos ha reservado una habitación en pleno centro de Seúl, en un barrio con muchos jóvenes y que cuenta con una importante universidad. De lo más cosmopolita de la capital, como enseguida podemos comprobar.
Una extraña performance con paraguas en un lujoso centro comercial.
Nuestro alojamiento es el más extraño pero también interesante que quepa imaginar. No hay más que decir que la recepción es la barra de un bar y la atiende, nos parece, un estudiante. Así, mientras fichamos, jóvenes de los cinco continentes pululan a nuestro alrededor; entran o salen por la puerta que comunica con el hotel, juegan al futbolín o beben copas en destartalados sofás. El nombre de este bohemio albergue es Inno, Hostel Pub Lounge (esto último por el bar) y forma parte de una pequeña cadena japonesa con otros dos establecimientos en Tokyo.
La "recepción" con su futbolín. Fuente: http://www.hotel-r.net/
Penetramos en el hotel por la puerta que da también a los servicios y las duchas. Así si sales a la calle del hostal o acudes apurado desde el bar a descargar en el váter, puedes tropezar con alguien medio desnudo. Y, de rebote, el camerino para las actuaciones en directo. Todo en uno.
 
Las duchas, junto al servicio del pub.
Por los estrechos pasillos tropiezas con mochilas o con un austriaco que confiesa, sin pudor junto a la lavadora, que está desinsectando su ropa, plagada de pulgas. A saber de dónde ha llegado. Ya sabemos que no hay que lavar la ropa aquí.
En semejante residencia indie, nosotros somos los abuelos. Y, cómo no, ocupamos la “suite” del hotel, una habitación con baño, eso sí, pero tan destartalada como la de una pensión española. De todos modos, pagamos poco y nos hace gracia aquel lugar, así que nada que objetar. 


Ya a la hora de cenar, mi mujer se ha ido a ver a unos amigos y yo he preferido quedarme solo. Pruebo a dar una vuelta por los alrededores. Lo que encuentro es un barrio de arquitectura insulsa pero lleno de vitalidad. Nunca he visto tantos occidentales, aunque también hay algún que otro coreano cateto, al que si le hablas pone esa cara de pánico tan peculiar de los de allí: palma de la mano en alto negando nerviosamente, ojos desorbitados y boca enjuta: Anio, anio (no, no…).

lunes, 9 de enero de 2017

Otoño en Corea (XIX)


Dejamos Jeonju para dirigirnos, ya en la provincia de Chungcheong, hacia la cercana costa oeste de Corea, que da al mar Amarillo y comunica con China. Era una visita necesaria; días atrás estuvimos en el otro litoral, el del mar del Este o mar de Japón. Fuera de temporada, no encontramos apenas a nadie pero tropezamos con muchas obras, carreteras nuevas y establecimientos hoteleros a medio hacer. Mi mujer no reconoce el lugar, como ya le había sucedido en otros puntos de su propio país.

La costa está perdiendo su anterior virginidad en aras del turismo de masas, pero aún se ven pescadores de marisco, que, escarbando en la tierra húmeda, recogen los frutos del mar durante la marea baja. 


Pueden estar tranquilos los pequeños cangrejos, de entre 1 y 2 centímetros, que hormiguean en la playa. Son demasiado pequeños para terminar en una olla, pero están por todas partes, tanto que es inevitable pisarlos.

Es un paisaje donde las dunas marinas conviven con bosques de hayas coreanas. Los árboles también colonizan los islotes que, como dientes volcánicos, emergen en la plataforma marina. 


En el paseo marítimo en construcción se han plantado pinos y hayas que encajan como pueden el relente oceánico y el salitre. Al contrario que en los bosques circundantes, aquí las hayas han perdido ya completamente sus hojas.


Debemos retomar el camino, hoy mismo hemos de regresar a Seúl. Y no sabemos lo que vamos a encontrar al tratar de arribar a la megalópolis. Antes nos detenemos a comer en una de esas espléndidas áreas de servicio coreanas. Además de restaurante, hay puestos de comida rápida para hacer paradas exprés. O para coger tono muscular puedes probar una extraña silla automática que te machaca cabeza, piernas y brazos. En una interpretación más libre podría considerarse un instrumento de tortura.
 

Hay también una llamativa máquina que “adivina” el provenir. Tras pagar sólo hay que meter la mano en una máscara que recuerda a la Boca de la Veritá que hay junto al Tíber, en Roma.




De nuevo en ruta, nos espera una pequeña y tediosa odisea. Aunque nos encontramos relativamente cerca de la capital, vamos a tardar cerca de 6 horas en llegar a nuestro hotel. Apenas recorremos unos kilómetros con fluidez, a partir de los cuales ingresamos en un enorme, descomunal embotellamiento. La serpiente de automóviles se mueve con dificultad a lo largo de unos 90 kilómetros, con algunas paradas que crispan los nervios. Miryang, que recuerda sus viejos tiempos, dice que es así casi siempre. Yo, para consolarme, agradezco no vivir en una gran ciudad y vuelvo a compadecerme de los seulitas.

miércoles, 4 de enero de 2017

Otoño en Corea (XVIII)


Un rincón de Jeonju.
La dinastía Joseon (1392-1910) es la última y más duradera de las que gobernaron Corea. Surgió de la debilidad del reino de Goryeo, que dominaba Corea hasta que uno de sus generales, , provocó su caída. Jeonju, la ciudad que ahora visitábamos, fue la cuna de la familia Yi (o Lee) de la que surgiría la nueva monarquía.
El primer rey Joseon, Yi Seong-gye, conocido como Taejo.
Aunque la nueva capital fue establecida en Seúl (por entonces llamada Hanseong), a la cuna de la dinastía se le reservó el papel de capital espiritual. Distintos monarcas se ocuparon de que fuera, tal como luce hoy, una ciudad majestuosa y de gran peso cultural. Todavía Jeonju mantiene uno de los cascos históricos mejor conservados del país y ha hecho de la preservación de la cultura coreana una de sus divisas. Es famosa, por ejemplo, por sus casas de huéspedes tradicionales y su excelente y variada gastronomía, para muchos la mejor del país. Pero también, lejos de mantenerse en la urna de cristal del pasado, a Jeonju le otorgan fama sus innovadores festivales de arte.
Miryang, frente a una casa de huéspedes, llamada "La gran sonrisa", aunque no tanto como la de ella.
Resulta todo un placer caminar por el casco antiguo de la ciudad. Sus calles pulcrísimas están delimitadas por grupos de casas tradicionales. Este trazado urbano, con pasajes en forma de herradura y adarves ciegos, recuerda, en cierto modo, al Albaicín granadino y otros barrios de raíz árabe. Es normal, como sucedía en al Andalus, que cada grupo de casas fuese un espacio reservado a una sola familia, que tenía allí un santuario particular.

En una calle del Albaicín de Jeonju.
Desparecido el viejo modo de vida, esa función ha desparecido. Hoy sirven de casas de hospedaje tradicional o como tiendas de productos genuinamente coreanos. Existe, por ejemplo, una gran comercio dedicado a las bebidas castizas, como el soju (aguardiente de arroz, de unos 20 grados), el chongchu (vino de arroz) o el makgeolli (vino de trigo y arroz). También hay tiendas de moda especializadas en hanboks, la vestimenta típica. En ellas, los diseñadores se sirven del traje tradicional para hacer volar su creatividad y otorgar a sus clientes el placer de ir arregladas pero informales.
Tienda de modas especializada en hanbok.
En suma, Jeonju me pareció una urbe seductora, capaz de presentarse ante el visitante como una vieja dama que le gusta estar al día, guardiana de la más genuina cultura coreana al tiempo que referencia de las vanguardias artísticas.
Un elegante mural en el casco viejo, trata de disimular el desaguisado de tuberías y cables.