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viernes, 25 de mayo de 2012

YO SOY VOLTAIRE CCCXLII



-  Muy agradecido, querida. Pero antes de que continúe con este galimatías, le rogaría que me explicará qué significa eso de “nosotros”. Resulta inquietante que en el poco tiempo que llevo en contacto con este misterioso mundo sólo haya conocido hasta el momento a gente que parece no estar en sus cabales. Mejorando lo presente, dicho sea de paso.
Madame Lou espera un instante antes de responder, volviendo la cabeza hacia un vacío virtual que acaba de abrirse ante ellos, a la manera del capitán Nemo, como si estuviera esperando una orden de un ser que le observa desde el fondo de las estrellas. Luego, con una templanza que no parece de este mundo, responde:
-       Hummmm….. comprendo perfectamente sus incertidumbres, es usted un hombre demasiado inteligente y observador como para esperar. He hecho todo lo posible por hacer que le resulte lo más digerible posible, pero veo que su excelsa cabeza se muestra ya demasiado impaciente. Está bien, intentaré explicárselo lo mejor que pueda, pero le advierto que así el galimatías se complica mucho más. Ya le he explicado que éste es un mundo en construcción, una especie de alternativa a la Tierra, que viene gestándose desde hace unos 15 años. Y yo soy la directora de la función. Desde el momento en que quien usted ya sabe (ese ser que prefiere, de momento, mantenerse en el anonimato) me propuso realizar este experimento (que no otra cosa es) me sentí fascinada con la idea. No en vano, a mí que ya he hecho de todo, bueno y malo, los retos difíciles, casi imposibles, como éste, me estimulan. Pero, no le daré más vueltas al asunto e iré directamente al grano, amigo mío. Lo que aquí pretendemos es (y por favor, no se lleve las manos a la cabeza, ni mucho menos se ría o lance uno de sus agudos sarcasmos), lo que queremos es cambiarlo todo. Es decir, subvertir el estado actual de las cosas, decididamente irracional y perverso, para ponerlas en su justo sitio. En otras palabras: yo, con la ayuda de un equipo de personas notables en las más diversas facetas de la actividad humana (ahí tiene la explicación del “nosotros”) pretendemos revolucionar, en el más amplio sentido de la palabra, el mundo en que vivimos, cambiando los viejos e injustos sistemas económicos por otros más racionales y justos; las ideas caducas y moribundas que imperan actualmente, mantenidas con respiración asistida por quienes se benefician de ellas, por otras completamente frescas, de acuerdo a lo que podemos aprender de la Naturaleza. Pero, sobre todo, estamos trabajando para derribar las vetustas estructuras de poder, basadas en un sistema piramidal, por un nuevo orden, donde todo emane de la base; es decir, revolucionar todo lo que viene sucediendo hasta ahora.


Ante tan grandilocuentes palabras, Voltaire no se ríe, ni es capaz de decir nada, porque, verdaderamente, nunca se había topado con nadie que demostrase semejante ambición, ni tampoco que aspirase a poner en práctica una quimera mayor.

jueves, 24 de mayo de 2012

YO SOY VOLTAIRE CCCXLI



-       También fue Cervantes quien dijo: “Donde una puerta se cierra otra se abre”. Digo esto por lo que sucedió cuando, convencida de que necesitaba a este singular espécimen humano, decidí secuestrarlo y trasladarlo de inmediato a este lugar, como se transporta un pez desde una vieja pecera a otra nueva. Cuando despertó y comprendió que había sido arrancado de su urna de cristal, se enfadó tanto que su cólera, que alcanzó proporciones bíblicas, desató un huracán que estuvo a punto de destruir éste, nuestro apacible mundo. Hasta que, milagro, encontré la solución.
-       ¿Y cuál fue tal?
-       Le ofrecí un simple porro, un cigarrito de marihuana, un canuto, un petardo, un joint…. Hachís, señor mío.


-       ¿Se refiere usted a esa especie de tabaco al que tan aficionados son los turcos y demás islamitas? Sí, sé de que me habla; reconozco que, en alguna fiesta, no sé si en Versalles o en el palacio de madame Pompadour, llegué a probar uno de esos cigarrillos que no me ocasionó más efecto que una repentina somnolencia, acompañada de un indiscreto rosario de bostezos, ahora lo recuerdo muy bien. De hecho, por no volver a parecer maleducado, nunca más participé de aquel pueril divertimento, considerado entonces cosa de petimêtres.
-       Sí, le comprendo, a mí también me provoca sueño, debe ser cosa de la edad. Sin embargo, en nuestro individuo obra maravillas. De hecho, con la dosis y la calidad adecuadas, se convierte en un perfecto regulador de sus capacidades psíquicas. Gracias a una mezcla que preparamos especialmente para él, donde además de cannabis incorporamos otras sustancias psicotrópicas, podemos controlar sin problemas el que es su don más destacable y desarrollado: la telepatía. Desde entonces, su vida, y con ella nuestro mundo y nuestros planes, han dado un giro de 180 grados. Por supuesto para bien.
-       Excúseme si parezco descortés, madame, pero ¿va a usted a continuar con ese empeño suyo de intentar impresionarme cada dos por tres con palabrejas que no conozco?
-       Por favor, querido, no era ésa mi intención. Soy mucho más refinada provocando a la gente, ya debería saberlo. No se preocupe, enseguida se lo explico.

YO SOY VOLTAIRE CCCXL



-       Vaya, se le ve mucho más interesado ahora.
-       Así es, señora, todo lo que tenga que ver con la mente humana, ese pozo insondable, me fascina.
-       Ya veo, ya. Está bien, continuaré. Como le decía descubrí que este individuo podía leer el futuro, pero aún así tenía mis reparos. Pudo ser muy bien una casualidad y él un charlatán oportunista. Sin embargo, el asunto me intrigaba sobremanera y decidí ir a visitarle. O mejor dicho, envié a alguien a su caserón, un palacete destartalado y semiarruinado, para que lo espiara. Y cuál no sería mi sorpresa cuando, de vuelta, mi informador me dijo, aterrado, que aquella casa estaba embrujada: por todos lados los objetos volaban como si fueran pájaros, sin que él, que leía tranquilamente sobre un polvoriento sofá y rodeado de telarañas, se sobresaltase lo más mínimo. No cabía duda de que, aparte de la precognición, poseía el don de la telequinesia, la capacidad de mover objetos con la mente. Y en un grado superlativo. Al parecer, según me contó él mismo después, vivió recluido en el caserón desde que nació. Sus propios padres habían decidido apartarle de la gente, temerosos de que, tarde o temprano, alguien descubriría sus portentosos poderes, que a ellos les parecían algo demoníaco. De hecho, no era el primero en esta decadente familia que poseía tan singulares dotes, los cuales, siempre e invariablemente, desembocaban en la locura más atroz. Así pues, en parte por protegerlo, en parte por guardar las apariencias, Borja vivió al margen del mundo, educado por sus propios padres y por la inmensa biblioteca que la familia había acumulado durante siglos. Y así permaneció por más de 50 años, hasta que sus progenitores murieron los dos casi al tiempo no hace mucho. Cuando por fin se vio libre, no fue capaz de emprender la, para él, dolorosa tarea de descubrir el mundo exterior. Era demasiado tarde para abandonar ese otro universo ficticio que se había labrado para sí, un falso paraíso donde tenía la ilusión de ser uno de esos sultanes antepasado suyos, cuyos sirvientes eran objetos a los que era capaz de mover a su antojo y que le servían casi como si tuvieran vida.
-       A primera vista, parece una experiencia fascinante, pero no envidio la vida de ese hombre ¿De qué sirven los libros o todas las fantasías del mundo, que, de un modo u otro, siempre se refieren a los hombres, si no puedes conocer cómo sienten y viven éstos? En verdad, según cuenta, señora,  era casi como un cautivo encerrado de por vida en una mazmorra. A propósito de esto, y hablando de cautivos, recuerdo ahora las palabras de uno que lo fue durante cinco años justos en las cárceles mahometanas de Argel, el ínclito Miguel de Cervantes, quien una vez dijo muy sabiamente: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.


miércoles, 23 de mayo de 2012

YO SOY VOLTAIRE CCCXXXIX



-       Este individuo, de nombre, Borja Venegas y Rengifo, es un ser muy especial. Para empezar no es casual que le guste aparentar que es un sultán árabe. De hecho desciende de una legendaria dinastía, cuyos reyes fueron capaces de construir la más fabulosa ciudad palatina que los tiempos recuerdan, sin que ello les impidiese matarse entre sí en su cruel pugna por acaparar el trono de ese fantástico palacio. Pero eso pasó hace mucho tiempo y aquella dinastía está casi extinguida. Su único miembro es ese loco que acaba de conocer. Se preguntará qué tiene de especial. Si está aquí es porque, en su momento, descubrí que posee unos poderes fuera de lo común. Por alguna razón, quizás debido a la sangre corrupta que corre por sus venas, posee unas capacidades extraordinarias, poderes extrasensoriales que le permiten, por ejemplo, prever acontecimientos mucho antes de que sucedan.
-       Bah, eso son paparruchas; dicho con todo respeto, señora mía.
-       Hummm… Eso es lo que yo creía hasta que leí una noticia donde él aseguraba que se produciría un gran maremoto que causaría más de 125.000 muertos en la costa occidental del Pacífico. Como usted, el periodista se mofaba de él, recordando que los terremotos y grandes catástrofes son impredecibles. La cara de loco que exhibía en la foto que acompañaba a la noticia no ayudaba, desde luego. Sin embargo, meses después tuvo lugar aquel maremoto con resultados casi exactos a los que él había predicho. Es lo que, en parapsicología se denomina precognición.
Al escuchar aquello, a Voltaire se le revuelven las tripas. Ese suceso le retrotrae al desastre que en 1755 prácticamente destruyó Lisboa. Tras un gran terremoto, seguido de un maremoto, un incendio terminó de devastar la capital portuguesa. Los efectos también se dejaron sentir en toda la costa atlántica europea, el interior de España y Francia, el Norte de África e incluso en las costas caribeñas del otro lado del océano. El desastre, cuyo número de víctimas pudo llegar a 100.000, causó gran impacto en Europa y muchos filósofos, impresionados por la catástrofe, escribieron obras donde se preguntaban por el sentido de la vida y cuestionaban el papel de Dios, aterrados ante la posibilidad de que el fin del mundo pudiese llegar en cualquier momento sin previo aviso. Él mismo escribió un ya famoso poema sobre tan luctuoso suceso, que comienza de este modo:

¡Oh, infelices mortales! ¡Oh, tierra deplorable!
¡Oh, espantoso conjunto de todos los mortales!,
¡De inútiles dolores la eterna conversación!
Filósofos engañados que gritan: “Todo está bien”,
Vengan y contemplen estas ruinas espantosas!


Vistas así las cosas, a ojos de Voltaire, aquel maleducado pasa a convertirse, al instante, en un ser casi divino, incluso más divino que la propia divinidad, y el filósofo troca su escepticismo, como se cambia uno de traje, por un desmedido interés. 

lunes, 21 de mayo de 2012

Mi metamorfosis




Ahora estoy delante del ordenador, mirando el Facebook, lo mismo que dentro de un rato estaré frente al televisor. Total, no tengo nada que hacer desde que caí por el despeñadero del paro. Me falta poco para agotar la prestación. No me preocupa. Lo mismo que no me preocupa la histeria de mi mujer, que no para de echarme en cara que no haga nada para buscar trabajo, mientras ella se desloma (eso dice) entre el trabajo (sólo media jornada) y la casa, tampoco me preocupan las rabietas del niño, pidiendo cosas imposibles que antes no lo eran tanto (para eso estaban los préstamos). Y las cosas no están para eso. Que conste que yo ahorro lo que puedo. Ya no bajo casi nunca al bar, sólo para el fútbol. Menos mal que la niña se conforma más: ha salido a mí. Nada de eso me importa. Además, se han ido todos cuando me vieron esta mañana; que eso sí que tiene importancia. Al despertar, después de un sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama convertido en un monstruoso insecto. Me llamo Gregor Samsa. O eso creía. Jamás saldré de esta habitación ¿Para qué?Dicen que las cucarachas son capaces de sobrevivir a una explosión nuclear. Y me parece a mí que soy una cucaracha.


domingo, 20 de mayo de 2012

YO SOY VOLTAIRE CCCXXXVIII



-  ¿Quién eres tú? –dice el mameluco o lo que quiera que sea dirigiéndose a Voltaire, con voz lánguida y medio adormilado, mientras exhala unas volutas de humo de varios colores.
-       ¿Yo? ¿Y quién es usted, eh? -replica Voltaire.
-     Yo soy yo, pero eso no viene al caso, ésta es mi casa y le corresponde a usted responder primero. Por cierto, ese color azul sucio suyo pinta horrible. No digo más.
En esas, Voltaire se mira las manos, para ver si es que, por una de esos extraordinarios sucesos que le vienen acaeciendo, su piel se ha teñido de azul, pero nada. Olvidando el comentario, decide seguirle la corriente a aquel loco.
-       Está bien, aunque me gustaría que, de una vez por todas, alguien me reconociese y, pese a que, de un tiempo a esta parte, ni yo mismo me reconozco, me presentaré una vez más. Yo soy Voltaire, señor mío, el filósofo, famoso filósofo, aunque esté mal decirlo.
-   Pues, por más filósofo que sea, ha asustado a mis pequeños y disturbado mi estado latente, ahora que por fin me había distendido. Y eso es una afrenta imperdonable. Además, las puertas están para algo….
Dicho esto, vuelve a su ensimismamiento, mientras extrae del narguile una gran calada. En ese momento los objetos, algo más tranquilos, comienzan a arremolinarse, plenos de curiosidad, alrededor de Voltaire. Incluso la tetera, ayudada por una taza y un platito, se atreve a servirle un poco de té muy caliente, que, tras un instante de duda, él acepta complacido.


-   Debe perdonarnos, su serenísima, no pretendíamos molestar. De hecho, nos vamos ahora mismo –se apresta a decir madame Lou, mientras coge de una manga al escritor arrastrándole hasta la puerta. Antes de salir, pueden escuchar la voz quejumbrosa del extraño individuo:
-       Perdonados quedan, pero lo que no tiene perdón de dios es que en mi puerta no haya picaporte. Quiero elevar una protesta oficial, por supuesto sin membrete. Luego pasa lo que pasa….
En la puerta, Madame Lou le mira con reproche:
-       No debió usted entrar sin permiso, eso es cierto. Este individuo es muy delicado. Si estuviera hecho de cristal no sería menos frágil y, además, resulta muy valioso para nosotros. No debería haberle dejado siquiera acercarse.
-       Siento la indiscreción y, tal vez haya cometido allanamiento de morada pero eso no obsta para que ese tipejo gordo sea un maleducado.
Mientras hablan, el pasillo se ha transformado en un maravilloso paisaje del Gran Cañón del Colorado y ellos van ahora sobre una barcaza que navega por el río. Pero eso no saca a Voltaire de su malestar.
-      Es maleducado, en efecto, también es muy extravagante y, sobre todo, engreído hasta la desesperación pero eso no “obsta” para que siga siendo una pieza clave en nuestra organización. De hecho él es una especie de generador humano de fertilidad mental y, al tiempo, un desatascador de conflictos internos.
El filósofo se queda mirando a la Lou deseando preguntarle cien cosas a la vez pero, como no desea admitir una vez más que no entiende nada, deja a su anfitriona continuar.

YO SOY VOLTAIRE CCCXXXVII



Afortunadamente, el suministro energético se restablece en unos minutos, tras los cual los animalitos fosforescentes regresan a la manga de madame Lou, quien al recibirlos lanza un leve gemido de placer, acompañado de su característico ¡hummmm…! A saber el lugar exacto donde han ido a alojarse. Puede, por fin, comenzar el periplo por aquel universo de las maravillas, que alberga mil y una sorpresas y está lleno de personajes extravagantes, con el primero de los cuales no tardan en tropezar.
En efecto, al pasar junto a una sala, cuya puerta está entornada, Voltaire percibe una melodía casi imperceptible de flauta dulce y, antes de que madame Lou pueda evitarlo, irrumpe en la estancia, que semeja en todo a un palacio árabe. En efecto, aquel lugar parece salido de un sueño oriental, con alberca en el centro, rodeada de arriates y con dos arcadas en los lados profusamente decoradas con yeserías y paneles de alicatados. De cada una de ellas sobresale un pabellón de techo piramidal sostenido por delicadas columnas de mármol. Por encima, flotando en el aire sobre una alfombra, un hombre, de mediana edad, más bien obeso, que porta turbante, albornoz, pantalones bombachos y babuchas, fuma ávidamente de una cachimba, mientras parece dormitar o tal vez meditar. 


Empero, lo más asombroso no es eso, sino el hecho de que los objetos que llenan la estancia hayan cobrado vida. De hecho, la intempestiva entrada del filósofo ha provocado un gran revuelo entre ellos y así los cojines, las alfombras del suelo se arrastran como serpientes, un brasero de picón  desparrama  sus ascuas, que intenta recoger diligentemente su badil, que le sigue detrás, una jofaina con su jarra y su palangana desperdiga agua a su paso y en la mesa saltan tazas y platos y el azucarero derrama su dulce contenido; lo mismo le sucede a la tetera que hay sobre un gran samovar, que va dejando un rastro de gotitas de té sobre el suelo. Éstos y otros muchos objetos han huido a las esquinas y ahora tiemblan como polluelos aterrados. Se pueden ver brillar, tras las columnas, los ojuelos asustados de una especie de bailarinas, que, desde luego, no son humanas, sino más bien vegetales, se diría delicadas flores con forma de danzarinas del vientre. 


Y hasta la flauta, que tocaba sin intérprete, tiembla nerviosa, emitiendo un sonido disonante que saca de su sopor al que parece sultán de aquel extraño reino.