martes, 8 de agosto de 2017

Reseña de "Los gatos de Estambul"





LOS GATOS DE ESTAMBUL
Antonio Tapia Gómez
Editorial Alianza Grupo Género
Granada, 2015

Primera novela de Antonio Tapia (Granada 1955), escritor vocacional y médico especialista en su ciudad. No es mal punto de partida la medicina para escribir. Son muchos los médicos que se han volcado con acierto en la literatura: Anton Chejov, Pío Baroja, Maimónides, Arthur Conan Doyle, Friedrick Schiller, John Keats, Mijail Bulgakov, François Rabelais, Ibn al Jatíb o Michael Crichton, entre muchos más. No en vano el buen médico no sólo cura el cuerpo, también ha de diagnosticar el alma humana. De ahí a elaborar con solvencia retratos psicológicos de gran calado sólo hay un paso.
No es ésta una narración convencional, plagada de tópicos y personajes planos, para consumo rápido. Sin renunciar a la intriga clásica (como denota la primera persona introspectiva en que está narrada), resulta lo suficientemente original como para aportar algo nuevo al género negro, un cierto verismo despiadado propio de estos tiempos, de la crisis que no cesa.
Su protagonista, Albert Moliner, abogado mallorquín, viaja al Norte de África durante la Primavera árabe para cerrar turbios negocios. Es un simple testaferro de un empresario sin escrúpulos quien, detenido por corrupción, no dudará en entregar a su confidente a los militares egipcios con tal de protegerse. Para sortear el cepo hacia el que se le empuja, Moliner ha de apoyarse en dos mujeres aparentemente fatales. Una enigmática egipcia copta y una diplomática española que fue su antigua amante.
De ritmo trepidante pero al tiempo gran hondura psicológica, “Los gatos de Estambul” presenta como principal baza a un protagonista central muy bien trazado, que evoluciona a golpe de acontecimientos. No es ni un detective privado ni un espía, pero sí alguien abocado, como éstos, a caminar en la cuerda floja. Atrapado en la cloaca de los negocios y la política, para escapar ha de comprender no tanto las complicadas circunstancias externas que le atenazan como su propia vacuidad interior.
Como en la vida misma, esta trama psicológica se va entreverando con otra externa, plagada de trampas e intenciones dudosas, en medio de escenarios perfectamente descritos, lo mismo sublimes que sórdidos. Por momentos, la novela de Antonio Tapia se convierte en pantalla de cine que nos sumerge de súbito en la Ciudad de los Muertos, el más nauseabundo suburbio de El Cairo; para, a renglón seguido, colocarnos frente a la grandeza de una noche estrellada junto a las pirámides de Ghiza.

En resumen, esta novela circula trepidante, como carro tirado por dos caballos. El primero, el de los acontecimientos, arrastra al protagonista trastabillado de un pie hacia un final incierto; el segundo, que agita sus interioridades, lo conduce, de forma más evanescente, a conocerse a sí mismo y escapar con alguna invisible cicatriz en el alma, pero hablándole sin pudor a los gatos de Estambul. No porque esté loco, sino porque se siente al fin libre.

El autor, con su obra.


jueves, 27 de julio de 2017

Lo blanco de John Lee Hooker


 En Beverly Hills, JLH, ya con casi 90 años, habita una chabolita de un  millón de dólares. En esa mansión de un blanco impoluto, a su propietario le gusta vestir rigurosamente de negro.

Cuando sale de casa, a JLH le complace por fin, después de tantas penalidades, pasear en su espléndida limusina de color marfil por aquel blanco barrio. Pero lo que más le gusta, de verdad de la buena, es tener en la negra guantera el certificado de pedigrí de su chófer blanco.

martes, 6 de junio de 2017

El hombre que leía en Alcampo

Pedro devoraba su tostada mixta mientras hojeaba el periódico. Era tan voraz en eso como en su hábito convulsivo de leer, de escapar a la rutina y la desazón echando mano de un libro a la menor oportunidad. 
El periódico local, el que todo el mundo veía, resultaba cada vez más indigesto, pero ya hemos dicho que Pedro era una termita lectora que se tragaba cualquier cosa. Repasaba con desgana cada página hasta que llegó a una noticia que le hizo llevarse las manos a la cabeza y mirar desconfiado hacia los lados. La nota era muy breve y sin duda interesante:


Un hombre visto leyendo en una gran superficie

Granada, Cinthya Lugo
Algo inédito en nuestra ciudad. Un hombre de unos 40 años ha sido visto leyendo en una de esas grandes superficies de que goza nuestra Granada. Jamás se había producido algo así, que se sepa. El hombre leía tranquilamente un libro, cuando un gran número de personas se le acercó, unos con curiosidad, otros con extrañeza. De poco le sirvió al hombre mirar con cara de pocos amigos. Algunos presentes comenzaron a hacer fotos y mandar mensajes por la redes sociales ante lo insólito del tema. Incluso el guardia de seguridad, intuyendo que aquello podía ser beneficioso para la empresa, se unió a aquella expectación donde todos eran felices menos el hombre del libro, quien, naturalmente dejó de leer.
Para completa la noticia, añadiremos que el desconocido hombre del libro ha tenido finalmente que marcharse. Mejor dicho, ha debido salir pitando cuando un energúmeno intentó disolver la reunión al grito de "Muera la inteligencia, viva la muerte". Afortunadamente era un simple borracho, al parecer ex legionario, que cayó redondo al suelo tras pronunciar su enigmática frase. 
Este incidente sin importancia no debe enturbiar la verdadera noticia de hoy: un hombre ha sido visto leyendo en el lugar más insólito que quepa esperar de nuestra incomparable Granada. 

A Pedro se le derramó el café sobre los pantalones. Nervioso, tiró el periódico sobre la mesa mientras se mal limpiaba. Aquel día no empezaba demasiado bien. 


Colas de gente ante el centro comercial, horas antes de la apertura. El lugar se ha convertido en un centro de peregrinaje.



jueves, 20 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (y IV)



Kiya caminaba con una rara dignidad, como si la acompañaran heraldos divinos. Recorrió unas cientos de varas, hasta una cueva oculta en el pliegue de una cárcava. Antes de entrar, la niña se volvió hacia la multitud y se llevó el dedo a los labios para pedir silencio. Luego, con otro gesto sordo ordenó a todos que permanecieran fuera. Poco después salía con tres gatitos entre sus brazos, lo que despertó una exclamación general de admiración. Tras ella, la madre de los cachorros caracoleaba dócilmente entre sus piernas. Ora aullaba tímidamente, ora gemía entre ligeros espasmos, mirando hacia sus cachorros para que le fuesen devueltos. La concurrencia retrocedió espantada. Resultaba inaudito que un ser humano, mucho más siendo una niña, hubiese sido capaz de domeñar a una fiera.




-      — Siempre ha sido una bruja, le viene de casta –dijo una vieja de entrecejo fosilizado, recordando a la abuela de Kiya.
-      — Ese animal salvaje parece tan dócil como nuestros perros.
-      — Sí, pero un perro sirve para algo, vigila, defiende el ganado de los chacales o los guepardos. ¿Para que necesitamos a esta bestia impredecible?
-      — Yo os diré para qué –dijo la niña, acallando dimes y diretes-. Si permitís que se quede, si no la matáis –añadió desafiando la mirada furibunda del anciano Zahur-, cazará para nosotros.
Semejante afirmación, que a todos se antojaba un disparate, levantó una batería de carcajadas y reavivó el murmullo. Kiya los miró con rabia:  
-    —   Reid cuanto queráis, pero ella ya caza para mí; sin siquiera pedírselo me entrega pájaros, lagartijas y, un montón de ratones. Yo mismo la he visto sacarlos de vuestros preciosos graneros.
Se hizo el silencio durante un largo instante, hasta que intervino al fin Issey, padre de la niña.
-     —  ¿No os dais cuenta? Los dioses se sirven de mi hija para librarnos de ratas y ratones, nuestra peor preocupación.



Todos comprendieron al instante que no podían despreciar un regalo divino y, desde entonces, el gato acompaña al hombre. Incluso el viejo Zahur. que amaba a su granero por encima de todas las cosas, amó también a los que serían sus guardianes. Tanto que, con sincero respeto, preparó un lujoso enterramiento para el gato que había asesinado, esperando ser perdonado algún día.


martes, 18 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (III)



Cuando una gata salvaje, preñada y hambrienta, entró en el corral de Zahur y devoró varios pollos, el viejo cascarrabias no paró hasta ensartarla con su lanza; no en vano había sido un excelente cazador. Eufórico por la sangre cobrada, regresó al poblado. Ya de noche, no tuvo tiempo de presumir, pues todos estaban durmiendo. 
A la mañana siguiente lo despertó su vecino y amigo Issey, quizás el único que tenía. Llegaba acompañado por su pequeña Kya, una niña de once años de mirada profunda, como su inteligencia. Issey venía para recordarle que ese día les tocaba trabajar en la construcción del círculo de rocas, un templo con el que la comunidad buscaba la protección de los astros. 



Una gran piedra, trasladada desde la lejana cantera, estaba lista para ser pulida. Por su considerable tamaño y forma de huevo iba a ser consagrada al dios que esparce la lluvia, aquel que vive entre las estrellas.
-   - No debemos demorarnos, Zahur, no sea que el dios se enfade con nosotros y vuelva la sequía, como cuando los nuestros hubieron de abandonar esta tierra mucho tiempo.
Pero el viejo gruñón, sin escuchar, se dirigió eufórico al granero para buscar la pieza cobrada la tarde anterior. Orgulloso, con ojos ebrios de sangre, levantó el cuerpo de la gata salvaje, no del todo inerme. En su panza preñada aún parecía anidar vida. Antes de que los dos hombres pudieran decir nada, la niña miró al cazador como si algo, un demonio del desierto, o tal vez el espíritu vengativo de la gata, la hubieran poseído. Se abalanzó sobre él con las uñas por delante, marcándole las mejillas y aporreando su cara con fiereza:
-    - Asesino, asesino –exclamaba Kya mientras intentaba morder las manos temblorosas del viejo. Tuvo que intervenir su padre para separarlos.
Otro hubiese azotado a su hija, pero Issey no podía con ella. La niña era demasiado inteligente y él demasiado pusilánime. Sólo se atrevió a decirle dulcemente:
-  - No deberías insultar a un mayor, no es eso lo que tu madre y yo te enseñamos.
Todavía entre sollozos, Kya hizo un mohín de desagrado.
-   - Os demostraré por qué este anciano, que sólo piensa en su granero, es la persona más estúpida del mundo.
A esas alturas, ya se había congregado una pequeña multitud frente al umbral de la casa de Zahur. Cuando vieron salir a la niña, decidida y altiva como una pequeña reina, la siguieron.



lunes, 17 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (II)



Todo comenzó en una época muy remota, mucho antes de las grandes pirámides y los faraones. Y tuvo lugar lejos del Nilo, a unos cinco días de camino desde Abú Simbel, hacia al oeste. Allí donde hoy reinan las arenas, hace siete mil años medraba la vida. Por entonces, un monzón soplado desde el sur convertía al Sáhara en territorio ingrato pero habitable, al que se aferraba el Hombre confiando en la llegada de las lluvias. En este medio cambiante y no a orillas del gran Río, vivían los antecesores de los antiguos egipcios.


Pueblo ganadero, y también de consumados agricultores, vivía alrededor de remansos estacionales. Tales lagos, que brotaban con las lluvias y desaparecían luego en la estación seca, les resultaban suficientes para llevar una vida relativamente segura. Siempre con la anuencia de los dioses y la seguridad de sus animales y sus graneros.
Este viejo cuento tiene que ver, como se ha dicho, con Kiya, la niña que domesticó a la primera gata; y también con un estúpido granjero, vecino de la niña y enemigo acérrimo de los gatos, aún pequeñas bestias salvajes.



Es aquel tiempo, especialmente benévolo, las lluvias del monzón llegaban regularmente y todos se sentían felices. Todos menos algunos, como el viejo Zahur.  Este anciano avariento y pretencioso, amaba su granero por encima de todo. Había llegado a repudiar a sus hijos y esposas para no repartir nada con ellos. No dormía por vigilar sus sacos de harina, apenas comía para gastar poco y, cuando no estaba espiando a todo el mundo, presumía de ser el más rico de la aldea y el que mejor resistiría una prolongada sequía. 


Eso no libraba a su cosecha, como a la de todos, de los estragos de los ratones, una plaga peor que la falta de lluvias. Pero, mientras los demás se resignaban a comer menos y rezar a los dioses, él no descansaba. Su impotencia le llevaba a inventar falsos enemigos. Como ya nadie le prestaba crédito, la cogió con los gatos salvajes, en ese tiempo aún hostiles, que recordaban demasiado a leones y otras fieras, a ese terror sordo que se agazapaba en la espesura.


domingo, 16 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (I)



Se dice, con mucha razón, que los primeros gatos se domesticaron en Egipto. Esta es la historia de cómo fue domada esta bestezuela que lleva acompañándonos miles de años….

Pero comenzar, trasladémonos a un tiempo muy posterior a cuando el gato fue domesticado, pero aún así muy viejo: el del faraón Keops, constructor de la gran pirámide de GhizaPero, aunque estemos en la corte del más grande constructor de Egipto, él no es el protagonista. 


Todo empieza cuando su pequeño nieto, el príncipe Micerino, de apenas cuatro años, juega en palacio con una gata y su camada de gatitos. La gata lleva un cascabel verdeazul de cobre calado, del mismo estilo que el medallón que porta el príncipe. Esas joyas son el vínculo entre ambos de por vida. Los cachorritos, como su madre, tienen capa atigrada, cuerpo esbelto y largas patas de gato salvaje.


El pequeño, bien atendido por niñeras imperiales, ve poco a sus reales progenitores, secuestrados por compromisos sociales. Ahora su padre, Kefrén, es de facto el gobernante de Egipto. El verdadero faraón, su abuelo Keops, ha delegado en su hijo, obsesionado con su complicado mausoleo. La construcción de una Esfinge monumental, que ahora le absorbe, es sólo una etapa hacia la gran pirámide, la mayor obra jamás construida.



Pero nada de esto puede saber el niño, futuro emperador que luego levantará la tercera pirámide. Es demasiado pequeño, incluso, para acordarse de sus padres. Tiene en la gata y los gatitos la mejor compañía.  


Y, por si fuera poco, la protege la diosa Bastet [1]. En la gran habitación hay un oratorio reservado a esta divinidad, mitad gata, mitad mujer, que representa las cien virtudes y capacidades femeninas.


Su preciosa gata, el cascabel y el medallón fueron regalo de una mujer, su madre. La princesa, como todas las madres, cree firmemente en la diosa Bastet, quien, mediante el animal, protegerá a su hijo de los malos espíritus. Nada de eso sabe el pequeño príncipe, que simplemente disfruta amando y dejándose amar por sus gatos.
Lo que sí conoce, porque lo ha oído del contador de cuentos real, es la historia de la pequeña Kiya, quien, hace muchos siglos, con su inocencia, entregó a Egipto un regalo de los dioses.

(Continuará...)




[1] Bastet, relacionada con la Luna y representada a veces con cuerpo de mujer y cabeza de gata o simplemente como gata, era venerada hace 5.000 años, época de este relato. Divinidad no sólo de la felicidad, también de la paz, las artes, la música y la danza, la fertilidad, la sexualidad, la maternidad, el matrimonio, la benevolencia, el placer, la intuición y la curación y protección contra enfermedades y malos espíritus.