viernes, 23 de agosto de 2013

La colina de los prodigios (y IX)



Sin embargo, en tiempos de Alhamar, la verdadera dueña de la Sabika era la vida salvaje. Por entonces la flora y la fauna mediterránea, todavía superviviente hoy en gran medida en las estribaciones de la ciudadela, proliferaba, convirtiéndose la zona en lugar de caza ideal, sobre todo para la práctica de actividades tan espectaculares y apreciadas por las clases altas de al Andalus como la cetrería.
 
La cetrería era una actividad propia de las clases altas en el Medievo.
Así, pues, el primer rey nazarí debió toparse con un entorno casi virgen, magnífico para la caza, desde luego, pero inhabitable en ese momento, al carecer de cursos de agua permanentes ni, dadas sus mismas características edáficas, acumular reservas subterráneas a partir de las cuales generar pozos. Antes la única forma de llevar hasta esa altura algo de agua era ascenderla desde el río trabajosamente mediante caballerías. Por esa misma razón, la vieja Alcazaba Roja Zirí estaba unida al lecho fluvial con una coracha, que permitía seguir obteniendo el preciado líquido en caso de asedio. 
No cabía duda de que ésa era una solución si únicamente se pretendía surtir a una pequeña guarnición como la que debía albergar en su momento el viejo castillo zirí. Sin embargo, resultaba inviable para acometer un proyecto de ciudad áulica como el que inició Alhamar y completaron, poco a poco, sus descendientes. Así, poner los medios para transportar agua a la Sabika resultaba indispensable para comenzar a trazar la que sería la ciudadela roja de los Nazaríes.

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