miércoles, 7 de agosto de 2013

LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (10)



Así, a partir de un hilo de agua encauzado debidamente, se fue creando la Alhambra a lo largo de los siglos. Y no sólo la Alhambra árabe, también la cristiana, igualmente necesitada del líquido elemento, verdadera sangre que da vida al monumento. 

Trazado de la Acequia Real, en marrón.
La Acequia Real generó a su paso no sólo feraces espacios agrícolas, sino también prodigiosos espacios para el ensueño; además de mover incontables ingenios hidráulicos, compactar el tapial de murallas y muros, el yeso o el barro con que se fabricaron sus paneles decorativos, llenar fuentes y albercas o atravesar dulcemente sus palacios como una bendición transparente, con su siempre sereno rumor.

El agua, omnipresente en la Alhambra. En la imagen, el Partal desde el palacio de Yusuf III.
Visto de este modo, la Alhambra y el territorio que la circunda son algo más, mucho más, que un conjunto de bellos edificios. Constituyen todo un universo hecho a la medida de las necesidades y los deseos de sus creadores que aún, muchos cientos años después de su gestación, sigue cautivándonos. Pero ¿cómo pudo nacer esta maravilla, más propia de un poderoso imperio islámico, como el de los Abbasíes o los Califas de Córdoba, en un reino insignificante? No precisamente de la Nada.

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