martes, 18 de marzo de 2014

Al Gazal: De Bizancio al País de los Vikingos (VIII)



Esta segunda aventura arranca, desde luego, de hechos reales: los ataques de naves normadas a las costas peninsulares, las razzias que se produjeron alrededor de 844 en varias ciudades andalusíes, entre ellas Sevilla; la respuesta de los andalusíes, que derrotaron y pusieron en fuga a los “mayús” o  magos, como llamaban los árabes a los vikingos. Historiadores como al Maqqari hablan de una derrota total, con la muerte del capitán normando, y la posterior visita de una embajada vikinga a Córdoba, en noviembre de 844, pidiendo la paz.
Desembarco vikingo en el Tapiz de Bayeux (siglo IX).
Abderrahmán, como ya sabemos, no desdeñaba las negociaciones y, para evitar nuevos ataques decidió enviar al País de los Normandos una legación encabezada por nuestro Yahya ben Hakam al Bakrí ya que poseía “una mente aguda, rapidez de inventiva, habilidad en la réplica, valor y  perseverancia, y sabía entrar por todas las puertas”. Al Gazal eligió de nuevo como lugarteniente, cómo no, a su fiel compañero al Munayqilah.
Comienza el viaje con una de esas coincidencias con el relato de Bizancio de las que hemos hablado: nada más partir de Silves, una tormenta azota las naves en un punto de la costa denominado Aluwiya, que podría ser identificado lo mismo con el cabo de san Vicente que con el de Finisterre. 


Tras una primera escala para reparar las naves, posiblemente en el suroeste de Irlanda, llegan finalmente al reino vikingo, que es descrito como “una isla o una península”,  rodeada de muchas islas,  todas ellas habitadas. Ibn Dihya dice de aquellas gentes: “Eran paganos pero ahora siguen la fe cristiana y  han abandonado el culto al Fuego”.  Este dato concuerda con los hechos históricos, ya que los normandos se cristianizaron a principios del siglo IX. 
A este primer detalle verosímil del relato siguen, no obstante, otros poco creíbles. Así, nada más llegar los andalusíes, al Gazal pide a sus anfitriones que nadie se arrodille ante él, con tal de no tener que hacer lo mismo él ante nadie. Este dato da paso a la famosa anécdota de la puerta baja que ya se describía en la crónica de Bizancio y que aquí  se repite casi en los mismos términos. También este rey se siente impresionado y exclama: “Tuvimos la intención de humillarlo y nos ha saludado con la suela de sus zapatos”.

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