lunes, 10 de marzo de 2014

Al Gazal: De Bizancio al País de los Vikingos (I)


Inicio aquí la publicación de un artículo sobre las peripecias de un cortesano, del emir cordobés Abderrahmán II, llamado Yahya ben Hakam al Bakri. Natural de una alquería cercana a Jaén, fue apodado por razones que luego se explicarán, al Gazal o "la gacela" y su labor fue la de embajador ante dos reinos tan distintos y distantes como Bizancio y el país de los vikingos. Apareció en el número 20 de la revista "El legado andalusí", en una fecha que la verdad no recuerdo. Al volver a sacarlo a la luz de este modo, en mi blog privado, aporto un granito de arena más a la difusión de las maravillas de al Andalus, principal meta de la institución que lo publicó en su día y a la que, desde aquí, agradezco la labor que realiza. 
De esta historia (o historias), no voy a añadir nada más, salvo que su protagonista era ya anciano cuando se embarcó en ellas allá por el siglo IX, cuando al Andalus estaba todavía lejos del esplendor de Bagdad, El Cairo y otras ciudades musulmanas, pero que iba camino de convertirse, sólo cien años después, en uno de los focos de cultura más fructíferos del Islam. 
Antes de dar paso a mi artículo quiero señalar, también, que el novelista ubetense Jesús Maeso de la Torre publico su novela "Al Gazal: el viajero de los dos orientes" en 2000. No he leído todavía esta novela que supongo, por el prestigio de su autor, debe resultar interesante. No obstante, han de darse lógicas coincidencias entre este pequeño texto y esa mucho más estudiada obra, que hay que atribuir tanto a la coincidencia del discurso histórico como seguramente a la pura casualidad. 


Buque bizantino

Dice Ibn Hayyan en al-Muqtabis II que cuando el emir de al-Andalus Abderrahmán II escogió a Yahya ben Hakam al Bakrí, conocido como al Gazal, para enviarlo a Constantinopla como embajador, “al poeta le resultó penoso y pidió ser exonerado de partir”. A mitad del siglo IX cruzar el Mediterráneo podía ser muy peligroso, sobre todo para un anciano como él, que gozaba de una posición en la corte de Córdoba suficientemente buena como para jugársela en una incierta aventura. Los supuestos honores que aquella misión pudieran reportarle, la experiencia de conocer la corte de Bizancio, que para un joven resultaría impagable, a un viejo zorro curtido en las intrigas de palacio le semejaban más bien una trampa que le tendían sus enemigos, que, al parecer no eran pocos, en una corte donde se caminaba, a menudo, sobre el filo de una navaja. El mismo al Gazal compuso estos versos que expresan sus temores:


Dicen algunos que al Gazal es listo,
Y, consultados, lo propusieron a él.
No fue por eso, sino que me tuvieron
Por la persona más fácil de prescindir. (….)
Iré, mas los que quieran dañarme
Ante sí tienen los caprichos de la fortuna;
Ojalá sea designio de Dios que vuelva;
La cosa no depende de ellos.

De estas palabras cabe deducir los esfuerzos (ímprobos) que hizo el anciano poeta para no abandonar su puesto privilegiado junto al emir. De hecho, hubo de emplearse bien, casi toda su vida, para llegar hasta donde estaba. 



Dice I

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