jueves, 13 de marzo de 2014

Al Gazal: De Bizancio al País de los Vikingos (IV)

Una vez comprobó sobradamente que la decisión de Abderrahmán era irreversible no tuvo más remedio al Gazal que obedecer. Partió un día del año 225 de la Hégira (839-40 de la era cristiana) llevándose como mano derecha a otro Yahya, llamado al Munayqilah, en compañía del embajador bizantino, que había viajado hasta Córdoba para una misión secreta, que, como se pudo comprobar, no sería tan secreta, pues las crónicas se han hecho eco de ella: Sellar una alianza entre el imperio Bizantino y el Emirato andalusí para contrarrestar el pacto que acababan de suscribir el Califato abbasí y los Aglabíes de Túnez. Antes de partir desde las costas de la cora de Tudmir (Murcia), hicieron parada y fonda en la residencia del  embajador de aquel territorio, que les dio frugal hospitalidad, tal vez porque no estaba acostumbrado ni podía imaginar siquiera los lujos de la corte cordobesa, hasta el punto de que al Gazal escribió esto de él:

Quisiera saber qué te habrían costado los favores
si  hubieras hecho alguno de ellos.


Sin duda al Gazal iba a tardar bien poco en comprobar que sus temores sobre el riesgo que corrían estaban bien fundados. Nada más embarcar, el mar se encrespó de tal suerte que los viajeros temieron por sus vidas. Se salvaron finalmente, pero la impresión fue tan fuerte que, en unos versos improvisados, nuestro anciano poeta, embajador a su pesar, dijo:

Envueltos en ráfagas de poniente y septentrión,
Que rasgaron dos velas de los ojales de aquellas drizas
Y el ángel de la muerte cabalgó hacia nosotros de frente.

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