lunes, 24 de marzo de 2014

La prensa y el 22 M: detrás (pero muy detrás) de la noticia


"Y luego diréis, que somos cinco o seis...".
Estuve en las Marchas de la Dignidad, participando incluso en la última etapa, con la Columna Sur, que desde Getafe llegó hasta Atocha, atravesando el cinturón meridional de Madrid. Fue una gran experiencia y, durante la marcha, me imaginaba delante del ordenador escribiendo la crónica: mucha unidad, digna indignación, solidaridad de la gente, los bomberos haciendo sonar las sirenas a nuestro paso, esperanza de cambio, alegría... Pues bien, aunque en principio pensaba hacer una crónica del 22 M para este blog, prefiero de hablar de otro tema relacionado: el infame tratamiento dado por los medios de comunicación mayoritarios a este acontecimiento descaradamente silenciado.


El billete de autobús.
Para empezar, durante la manifestación vi a muchos periodistas de la organización o de medios alternativos trabajando con pasión y a profesionales de Telemadrid entre los manifestantes. Sin embargo, fue escasa o nula la presencia de unidades móviles, ni había presencia visible de medios acreditados como hubiera sido necesario y obligatorio. El cuarto poder parecía no interesado en lo que demandaban sus conciudadanos, como si hubiera aceptado secundar el boicot del gobierno. Esa indiferencia y seguidismo de la postura oficial se reflejó al día siguiente en las grandes cabeceras. A juzgar por los titualres y los textos que les seguían, el punto de arranque de este 22 M no fueron ni las marchas, iniciadas en algún caso un mes antes, ni la llegada de éstas a Madrid, en un ambiente que hacía saltar las lágrimas de la emoción a más de uno; ni siquiera la manifestación que se desarrolló con una actitud colectiva pacífica. El punto de arranque de las noticias dadas por los grandes medios fue el momento en el que se armó la marimonera, cuando los antidisturbios irrumpían en la plaza de Colón, donde todavía no había concluido el acto y en la que había muchas miles de personas. Y lo hicieron de forma claramente ilegal, antes del plazo pactado para que finalizase la manifestación. A partir de ahí el 22M se convierte, a ojos de los grandes medios, en un lamentable espectáculo que termina mal y queda estigmatizado como una demostración de indignidad. Sin ir más lejos, la edición digital de El país (peligrosamente escorado a la derecha tras la entrada de su nuevo director) "contó" los mismos manifestantes que el Gobierno; unos ridículos 50.000 asistentes. Y lo hacía contradiciendo a sí mismo: colocando al lado una foto bastante elocuente de la manifestación desde el aire que refleja claramente que el número de asistentes podía ser 15 ó 20 veces superior al difundido.


Portada de El país del domingo 23 de marzo. "¿50.000 mil? "Sí, lo dice el Gobierno y punto".
No hay justificación posible ante tamaña manipulación informativa (no lo es la necesidad de cubrir la agonía y muerte de Adolfo Suárez), pero sí una explicación: la voluntad no confesa pero cierta de silenciar esta demostración de dignidad popular. Que se oiga el clamor popular le conviene, al parecer, tan poco a los grandes medios como al Gobierno, con el que se alinean. Al parecer, la ciudadanía que lucha por sus libertades y denuncia a esta dictadura encubierta no merece ni mucho menos atención ni respeto. Y no hablo solo de ese millón de personas que asistimos a la manifestación y participamos en las marchas sino de muchos, muchísimos más que, pese a no participar en el 22 M, están tan indignados como el que más. 
Si se conoce un poco por dentro el mundo de la prensa, no extraña nada esta inercia manipuladora. Cuando empiezas, te crees casi un héroe, un defensor de la opinión pública frente a los abusos del poder. Y piensas de corazón que tu obligación es informar honestamente de todo. Esa es, de hecho, la teoría. Pero cuando llegas a una redacción todo cambia. El glamour de la profesión desaparece enturbiado por un velo de gris rutina y condicionamientos profesionales. Nada más llegar has de aprender unos cuantos mandamientos. 
El primero, y más importante, es Amar por encima de todas las cosas a la empresa y a su línea editorial, que nunca se cuestiona; el segundo, combatir sin cuartel al medio rival o al partido opuesto; estos dos mandamientos se resumen en un un tercero, mucho más difícil de aprender: no decir las cosas como son sino como deberían ser. Para solapar debidamente la realidad el periodista debe aprender todos y cada uno de los tópicos que, inventados por la oficialidad y difundidos por los medios,pretenden hacernos creer que "vivimos en el mejor de los mundos posibles". Y, sobre todo, ha de aprender a autocensurarse debidamente para cumplir con lo que se le exige.

Por supuesto, esta sofisticada maquinaria de engaños está dirigida por los consejos de administración, pero la secundan sin rechistar todos los profesionales que trabajan a su servicio. Así, a las condiciones de trabajo asfixiantes o al escaso sueldo se une la impotencia de no poder informar a conciencia casi nunca, verdadera espada de damocles de la libertad de expresión. Para no perder el trabajo, el periodista debe aceptar ese staus quo como algo natural y cotidiano. Y, tal que el burro que tira del carro por no perder plaza en el pesebre, termina por resignarse y, los más conscientes, por desilusionarse
Sin embargo, ciertos periodistas, quiero creer que los menos, en un alarde de cinismo o inconsciencia (vaya usted a saber) no llegan a asumir esa triste realidad. Más papistas que el papa, creen a pies juntillas que las motivaciones del periodismo son tan loables como las de la madre Teresa de Calcuta y defienden a su medio con pasión irracional.
Digo esto a raíz de un encontronazo en Facebook con uno de estos stajanovistas del periodismo, al denunciar en mi muro la nefasta cobertura de Canal Sur televisión el viernes 21, día anterior a la manifestación. Resulta que en los titulares del sumario del informativo de la noche se decía que las marchas venían confluyendo a la capital "desde el fin de semana anterior". Es decir, o no se habían enterado o no querían decir que las marchas comenzaron no una semana sino 22 días antes, el 28 de febrero, día de Andalucía. Tampoco resaltaban, con lo patrioteros que son ellos, que la columna sur era la más numerosa y que Andalucía iba a tener gran protagonismo. Con ironía yo apuntaba que tal vez estaban demasiado pendientes de los fastos por la fiesta regional como para acordarse de cuándo se inició la marcha en Andalucía. Pues bien, al volver de Madrid, vi que alguien, un periodista de Canal Sur en Granada, me había replicado, en una jerga enrevesada y carente de lógica, que no tenía derecho a menospreciar a su medio y a los profesionales que trabajan en él (eso se deducía al final de la jerigonza). Tales argumentos resultarían legítimos si se tratase de eso y no de una cuestión mucho más trivial y objetiva: que Canal Sur había cometido un fallo garrafal, o sea que la emisora se equivocó, la cagó y punto, la cosa no tenía más importancia. Le puse el vídeo para que comprobara que era cierto lo que decía y hete aquí que él, váyase usted a saber por qué, se subió por las paredes y se atrevió a acusarme de antidemocrático y "persona muy sospechosa". Le faltó decirme que merecía estar fichado por terrorista. 



Esa subida de tono injustificada ante un hecho trivial (una simple equivocación periodística de las que hay tantas) emparenta a este individuo con la corrupta clase política que nos gobierna, con impresentables como el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, que comparó el movimiento ciudadano con la ideología neonazi horas antes del 22 M. Precisamente él, ellos, que son hijos del Franquismo.
Por otro lado, el periodista de Canal Sur Granada me demostró no tener el mínimo espíritu crítico, tan necesario en una profesión que vive del derecho a opinar y discrepar. En un alarde de ignorancia o cinismo, aseguraba no haber oído hablar de la deuda con que los bancos atenazan a la prensa (no hay más que leer el Mundo para saber de los problemas financieros de El país y viceversa) y negaba toda injerencia del poder en Canal Sur (la nuestra pero más la del del gobierno andaluz, basta ver los informativos). Alguien que defiende con semejanza fiereza a sus amos, hasta el punto de lanzar amenazas contra un simple ciudadano que cuestiona su dudosa profesionalidad, merece que le lancen a la cara una frase de Simone de Beauvoir: "Los opresores no serían tan fuertes si no tuvieran cómplices dentro de los oprimidos". Y Simone de Beauvoir, por cierto, sabía algo de periodismo.

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