miércoles, 12 de marzo de 2014

Al Gazal: De Bizancio al País de los Vikingos (III)



¿Qué hizo en las primeras décadas de su vida una persona que, a todas luces, tenía capacidad para haber triunfado antes? Al margen de que las crónicas árabes suelen exagerar las rasgos del personaje que describen, cabe pensar que teniendo belleza, buena educación, inteligencia… todo lo necesario para haber empezado a brillar a los veinte años, no supo encauzar hasta una cierta edad todo ese potencial para obtener algo más que una vida licenciosa, un vivir al día saltando de cama en cama, como una especie de don Juan andalusí. Tal vez lo intentó sin éxito en sus primeros años y sólo más tarde obtuvo su recompensa con Abderrahmán II. Tal vez, simplemente, considerase durante una buena temporada que era demasiado arriesgado medrar en una corte llena de insidias, donde alguien como él podría convertirse rápidamente en blanco de todas las envidias. Envidias por las que no  dudó  en dejarse llevar años más tarde, cuando en 832 llegó a la corte cordobesa el singular Ziryab, a quien dedicó unos versos tan mordaces que le costaron una temporada de exilio en Iraq, curiosamente el lugar del que provenía aquél.


Sea como fuere, al Gazal fue una de esas raras personas que unía a una natural belleza un verbo igual de brillante, combinación que le sirvió para ganar muchas batallas en la corte o en los torneos literarios, pero que se volvió contra él cuando fue nombrado, muy a su pesar, embajador omeya ante el basileus Teófilo. Al Gazal intentó evitar por todos los medios aquel viaje, temiendo no sólo  por su vida sino, sobre todo, por el futuro de su  familia. Pero Abderrahmán, al escuchar sus quejas, le aseguró que los suyos recibirían desde ese mismo momento rentas suficientes para vivir mullidamente mientras él faltase. Eso no terminó de tranquilizar a Yahya, quien, para intentar convencer al emir, derramó ante él todo su talento, componiendo gran cantidad de versos, algunos verdaderamente brillantes, que atestiguan su valía como literato:

Lo que me dan por ausentarme me parece,
Aunque lo tenga en mucho, despreciable;
Veo a la muerte quitar a los huidizos corzos la vida
Y alcanzarlos, como a pájaros, aunque vuelan.


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