lunes, 12 de diciembre de 2016

Otoño en Corea (IX)



El siguiente día teníamos toda Corea del Sur por delante. En esa jornada transitaríamos por varias provincias y disfrutaríamos de un delicioso paseo, siempre rodeados de bosques pintados de otoño. Para empezar visitamos una serie de maravillas naturales junto a las márgenes del río Namhanm, en Cagwan-Do. En nuestra primera parada, el río acunaba tres islotes, en alguno de los cuales se alzaba un pequeño palacio propio de una pintura clásica oriental.


Este lugar fue creado por los soberanos de Goguryeo, uno de los tres reinos que en el siglo VII lucharon para lograr la supremacía en Corea. En esa época  el crisol de China ya se había extendido hacia la península coreana mediante el budismo primero (final del siglo IV) y el confucianismo después (siglo VI). Estas dos corrientes, la una religiosa y la otra política, enraizarán con firmeza en el suelo coreano para modelar la idiosincrasia de su gente hasta nuestros días.

División política de Corea en el siglo VII.
Aquí mi esposa me contó la curiosa historia de la princesa Pyeong Gang y el tonto Ondal. La princesa era hija de uno de los últimos reyes de Goguryeo, el mas extenso de los tres reinos que, sin embargo, no logró prevalecer, como contaré después. Cuando era pequeña, la niña era tan llorona que sus padres le dijeron que si seguía así se casaría con Ondal, es decir, el tonto del reino. Pyeong Gang era toda una princesa de cuento: inteligente, hermosa y fiel a sus padres. Tanto le repitieron que su prometido sería el idiota que terminó por creérselo. Pero sus padres sólo estaban bromeando.

Cuando creció les comunicó al rey y a la reina que se casaría con Ondal para no faltar a su compromiso. Tras huir de palacio con sus joyas, se desposó con el tonto y comenzó a educarlo. Guiado por la sabia y bondadosa mano de Pyeng Gang, el bobo Ondal terminó por ser todo un caballero, logrando incluso ganar un torneo con arco que el rey había convocado para probar a sus mejores hombres. 

La moraleja de esta historia es que cualquiera, por torpe y pobre que sea, puede llegar lejos, siempre que disponga de una certera educación. Este espíritu de superación oriental mana directamente de la moral confuciana que, aunque presente en todo extremo oriente, empapa especialmente a Corea.