sábado, 3 de diciembre de 2016

Otoño en Corea (IV)


Escultura de niños jugando al Pollito inglés coreano en el templo de la Puerta del Dragón.
Mis cuñados abandonaron el gran Seúl hace pocos años, para refugiarse en la provincia de Gyeonggi-Do que rodea a la capital. Es una zona residencial a unos 60 kilómetros al este de la gran conurbación seulita, pero parece el interior de la Galicia más rural. Tienen una huerta donde cultivan calabazas y coles chinas, además de haber sembrado algunos árboles que un día les proporcionarán sombra y, así lo creen, protección. Sí, es un retiro tanto espiritual como físico muy necesario para ellos, después de bregar años en el infernal torbellino de la capital, donde desplazarse de un lado a otro copa buena parte de la jornada y es necesario mentalizarse cada día para engañar al estrés.

Esto es lo que se ve desde la casa de mis cuñados. 
Pero tan bucólico lugar no escapa a la televisión, donde no paran de hablar del caso de Choi Soon-sil, la llamada rasputina coreana. Una cadena independiente (sí, en Corea existe una televisión que no se casa con nadie) destapó un gran escándalo al demostrar que esta mujer, hija de un extravagante predicador, manejaba desde las sombras y sin cargo político alguno a la presidenta del país, Park Geun-hye. Incluso en temas de defensa estratégica. Con esos tejemanejes la rasputina obtenía mordidas de grandes compañías como Samsung o Hyundai si querían obtener adjudicaciones públicas. De este rosario de chanchullos varios manaba un río de dinero que acababa en una fundación tapadera radicada en Alemania. Más tarde hablaré de este tema, uno de los protagonistas del viaje a un país que aún reclama la dimisión de la máxima mandataria, que ha quedado como una tonta del bote.
Un homenaje a la rasputina en un WC público, cachondos son estos coreanos
Salimos al pueblo cercano de compras. Mi mujer necesita una tarjeta telefónica y yo, mientras tanto, aprovecho para echar un vistazo a las tiendas. Para los lugareños resulto una exótica sorpresa. No es muy común la presencia de extranjeros en un lugar como aquél, fuera del circuito turístico. Me detengo, sobre todo, en los puestos de comida, que comienzan a desprender deliciosos aromas ya cercano el almuerzo. Me fascinan los mercados, sean en España, Corea o Marruecos. Son la quintaesencia de cualquier población, como la comida es la base de la supervivencia. Yo creo que el esplendor de un mercado habla a las claras de la bonanza y salud de un pueblo o ciudad. 
En Corea hay potentes mercados pero, según me dice mi mujer, están empezando a regularlos. Como ya se hace en España  (por ejemplo en el mercado central de Granada) quieren acabar con los puestos de toda la vida, con ese sabia algarabía que les caracteriza, para crear espacios más fashion, de pulcras líneas trazadas por el marketing. Y, claro, para eso se necesita dinero y habrá muchos comerciantes que no puedan o no deseen adaptarse y tendrán que abandonar. Personalmente, no creo que cambiar lo que ya está bien sea la mejor opción, ni siquiera para los clientes. Eso al menos ha ocurrido en el mercado de Granada, donde ya ni se oyen gritos ofreciendo mercancías ni uno puede tomarse un caña en el bar sin pagar las tapas (en una ciudad donde son gratis en todos lados).

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