lunes, 5 de diciembre de 2016

Otoño en Corea (V)


Miryang Lee, en un bellísimo paraje oriental, en la provincia de Gwanjo.
Es inevitable, cuando viajas, acordarte del lugar donde vives. O de otros que has conocido bien o no tan bien. Lo haces sin darte cuenta. Por ejemplo, Recuerdas, incluso con añoranza, los pequeños atascos que a veces se sufren en Granada. Nada que ver con los embotellamientos mastodónticos tan habituales en el gran Seúl. Si transitas por las autopistas de acceso o que atraviesan el centro, se pueden tardar más de dos horas en recorrer 31 kilómetros. Para uno que llega de fuera, resulta una experiencia exasperante. Para un seulita, lo de todos los días, un qué se le va a hacer
A punto de entrar en el atolladero.
Digo esto porque tuvimos que hacer bastantes kilómetros de esa guisa los primeros días para poder ver a toda la familia. Mi esposa es la tercera de seis hermanas, pero además están los sobrinos y dos sobrinos nietos…. Y cada uno viviendo en un lado, a veces en donde Buda perdió la sandalia….
Una escena familiar, en casa de mi sobrina y mis dos sobrinos nietos.
Como dicen en mi pueblo, la niña, más lista que una arda (ardilla).
De todos modos, mereció la pena sufrir aquel calvario de autopistas. Sirvió para conocer a mis cuñadas y demás parientes coreanos. En el primer viaje, cuando nos casamos hace ahora pronto ocho años, no tuvimos tiempo de estar con ellos. Ahora sí que pudieron reunirse poco a poco todas las hermanas y varios cuñados y sobrinos. Además de nuestra llegada, la familia también se reunía para despedir a mis cuñados mayores. Se iban a Estados Unidos, a ver a unos amigos, en plan jubilados enrollados, que es lo que son.

Mis cuñados mayores.

Ya con un poco de perspectiva, creo que se ha cumplido con creces uno de los principales objetivos de este viaje: reconocerme como miembro de esa otra familia que tengo, al otro lado del Mundo. Son, como decía mi mujer,  gente de toda confianza, de mente abierta, que comprenden que su querida hermana esté tan lejos de ellos. Me ha llenado de tranquilidad comprobar que me aceptan como soy, aunque no haya hablado para nada de ese tema con ellos; no ha hecho falta. Yo, pese a no poder comunicarme con ellas, veo a mis cuñadas como viejas amigas, alguna de esas buenas amigas que tengo aquí.
Con mis cuñadas cuarta, segunda y quinta. Faltaban la primera y la sexta.