sábado, 14 de enero de 2017

Otoño en Corea (XXI)



A la mañana siguiente, decidimos ver a la luz del día los alrededores de nuestro emplazamiento. El barrio, ordenado en torno al estadio de fútbol que se construyó para el Mundial de 2002, es, sobre todo una gran residencia universitaria. Y como tal goza de una activa vida nocturna. Por eso, a primeras horas de la mañana, sus calles presentaban un aspecto de día después de un carnaval. Nada que envidiar a España en ese aspecto.


Aunque era sábado, en la Universidad Hong Ik se veían algunos estudiantes. Esta institución académica privada es conocida por sus reputados ingenieros y sobre todo por su facultad de Bellas Artes y Diseño, la más prestigiosa del país. Y eso se nota por todas partes. Por ejemplo, en su cafetería, un grupo de jóvenes preparaban un trabajo en común sobre cine, según me tradujo mi mujer. 

Aunque lo  que me resultó más llamativo fue su fabulosa tienda de menaje para las artes. Mi sobrina Masuma, consumada acuarelista, hubiera flipado en colores (nunca mejor dicho) con tantos anaqueles rebosantes de lienzos, caballetes, pinturas de toda clase, pinceles y otras herramientas. También había multitud de abalorios, desde tierra a lentejuelas, para crear pintura matérica, o pellas de barro y materiales de lo más diverso para hacer esculturas.



Al salir de la Universidad, nos fumamos un cigarrillo en un área restringida por una especie de perímetro policial. Si te pasas un centímetro de la raya, multa o, como mínimo, malas caras de la gente. Están locos estos coreanos con las cosas del fumar.
No te pases, no te pases...
Continuamos el paseo por la margen izquierda del cercano río Han. Hay un paseo por el cual pueden ir indistintamente coches, ciclistas y peatones. Los grandes pilares que sostienen los puentes solapan la vegetación que medra a orillas del agua. 


Al otro lado, se adivina el paisaje más urbano que quepa imaginar. Digo se adivina porque en Seúl no hay boina de contaminación, hay toda una manta. Y no por las fábricas de Corea, sino de la cercana China cuyos malos humos arrastran los vientos continentales. Por cierto, que muchas de esas fábricas son de capital coreano. Con la globalización y para orillar costes, industrias de todo el Mundo se deslocalizaron, es decir se reubicaron en China. Y las consecuencias resultan ahora perniciosas.


El río está sucio no sólo por los detritus de siempre. Hace unos años, el Gobierno, codo con codo con las grandes corporaciones, impulsó a la fuerza una serie de canales para comunicar los grandes ríos y permitir el tráfico marítimo ininterrumpido de grandes buques desde las costas. Esas obras faraónicas, a las que se oponía gran parte de la ciudadanía, están provocando un deterioro medioambiental sin precedentes y la pérdida de caudal y biodiversidad de muchos cursos fluviales. En nuestro periplo por Corea, ya notamos grandes heridas en su portentoso entorno natural, mastodónticas urbanizaciones, flujos interminables de asfalto que hace años no estaban. Estas obras, seguramente innecesarias, tienen su última razón de ser, según mi esposa, en la amistad del anterior presidente con las grandes constructoras y corporaciones surocorenas. Si Confucio levantase la cabeza...

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