martes, 21 de mayo de 2013

EL DOMADOR DE AVISPAS





A Pablo Palomino, que me contó esta historia.


A Cirilo siempre se le ha considerado una especie de bestia; y eso que su pueblo es mucho pueblo. Sí, se le mira como a un ser animalesco porque disfruta, entre otras excentricidades, en revolcarse por la hierba con la misma despreocupación que un borrico; o en elevar, de madrugada, con indecible goce, cánticos ininteligibles hacia la luna, más como lobo que como persona. Pero quizás su mayor peculiaridad, cuasi sobrenatural, es su innata habilidad para domar avispas. Sabedoras de ello, estos insectos malencarados, que se complacen en molestar fanfarronamente a otros, huyen de su lado cuando advierten que sus ojos persiguen con avidez de depredador sus erráticos revoloteos. Sin embargo, siempre hay alguna, no tan avisada, que desestimando el potencial de sus garras, alargadas como redes de pescar, se deja sorprender. Entonces, Cirilo la atrapa hábilmente de las alas para después, en milésimas de segundo, arrancarle su peligroso aguijón. Una vez completada esta operación, él no tiene más que depositar suavemente a su víctima en el suelo para ver cómo pierde toda su fiereza de león alado poco a poco y cómo se ahoga su zumbido, cual relincho salvaje de caballo a punto de ser domado. En ese impás de espera, Cirilo se retuerce de placer, no por crueldad sino por satisfacción personal. Una vez lograda su objetivo, no tiene más que sacar el carrete que porta en su bolsillo (de hilo de seda fabricado de sus propios gusanos), hacer un lacito corredero con su nudo trabado y colocárselo a la avispa bien ajustado a ese espacio que media entre el abdomen y el tórax. Una vez completada el estrafalario ritual, sólo tiene que animar con un empujoncito a su nueva mascota para que alce el vuelo y le acompañe, como perrito faldero, en su parsimonioso paseo, ante los ojos, ya nada atónitos, por acostumbrados, de sus paisanos. Lo que nadie sabe es que, en verdad, es un místico lego que, arrastrado por un no se sabe qué  incomprensible incluso para él, no puede evitar transgredir, una y otra vez, la realidad. 

martes, 14 de mayo de 2013

Entrevista en "El Heraldo del Henares"

Una entrevista que me hicieron en "El Heraldo del Henares", diario de Guadalajara que apuesta fuerte por la Literatura. En ella hablo de la editorial digital Transbooks, de la que soy representante literario. No he podido capturar la pantalla completa, de modo que reproduzco la entrevista y añado la foto que salió y el enlace a la publicación.



EL HERALDO DEL HENARES
http://www.elheraldodelhenares.es/pag/noticia.php?cual=17408
por Redacción - 05-05-13 20:19 -
"Convivirán el libro en papel y el ebook"
Entrevista: Jesús Cano
   


 Entrevista de Julio Quesada
    
    

Jesus Cano es un periodista inquieto que acaba de embarcarse en un nuevo proyecto para la ciudad de Granada: dirigir la primera editorial digital granadina que se ha dado en llamar Transbook.
La oferta de la editorial abre caminos para los nuevos y consolidados escritores, una iniciativa no exenta de riesgo, pero que ha comenzado con buen pie. Cano, que nació en una imprenta, no le tiene miedo a las nuevas tecnologías y con él hablamos para que nos cuente algo más de esta editorial.
    
    

EL HERALDO DEL HENARES: ¿Transbooks es la primera editorial digital granadina?
    
   
JESUS CANO: Eso es, en una ciudad como la nuestra, con gran tradición literaria y editorial, todavía no había surgido algo así, pero creemos que era necesario por eso mismo. Hace unos años, quizás hubiera sido prematuro, pero no ahora. La vida literaria de la ciudad es demasiado intensa y fértil como para ignorar el formato digital. Creo que a este respecto es bueno citar a uno de nuestros autores, Fernando de Villena, quien en una entrevista asegura: “En Granada era necesaria ya una editorial digital como la vuestra y habéis llegado en el momento justo”.
    
    

EHH: ¿Cómo surgió la idea?
    
    
JESÚS CANO: Bueno Transbooks parte de una empresa matriz de desarrollo de proyectos culturales con nuevas tecnologías, llamada Transversal Arte y Estrategia. Era cosa de que, tarde o temprano, tocáramos este palo. Tenemos la tecnología necesaria para publicar en los formatos más difundidos, como el mobi (para libros de Amazon) y el epub, que comercializa principalmente Apple a través de iTunes. Además, teníamos contactos con autores, sobre todo granadinos, y era cuestión de ponerse en marcha. Es un proyecto arriesgado, dada la crisis, pero no nos arredramos y sabemos que saldremos adelante con perseverancia.
    
    
De momento, tenemos colecciones de narrativa, libros de poemas, libros infantiles ilustrados, fotografía y obras clásicas (éstas las ofrecemos totalmente gratis). También se puede descargar gratis nuestra revista, TránsHitos, que está gustando mucho a todo el que la ve y que, demás, nos sirve de puente con otras publicaciones similares.
    
    

EHH: ¿Qué autores han confiado en vuestro proyecto?
    
    
JESÚS CANO: Llevamos poco tiempo pero contamos ya con una buena nómina de autores, aunque el grueso de nuestra tropa es granadino o residente en Granada, lo que no es poco, por lo que decíamos antes; algunos de nuestros “fichajes” son más conocidos que otros, pero todos poseen un excelente pulso literario, según creemos.
    
    
Entre los más conocidos y de amplia trayectoria están Fernando de Villena, que ya ha editado prosa y poesía con nosotros, Ángel Olgoso, Antonio Enrique o José Vicente Pascual; hay otros menos conocidos, como Julia Olivares, que nos ha entregado una deliciosa novela de hadas, Francisco Gil Craviotto, columnista del diario Ideal, Javier Carrasco, José Carlos Castaño, ambos de Almería, o yo mismo, jiennense pero residente en Granada, que he publicado una novela.
    
    
Hay otras firmas con los que estamos negociando, caso de los novelistas Carolina Molina (madrileña, especialista en novela histórica), Gregorio Morales (creador de la novela cuántica) o los poetas José Gutiérrez y José Lupiáñez, ambos nombres grandes dentro de la lírica actual; también nos llegan propuestas desde Sudamérica, donde contamos con bastantes seguidores a través de nuestra página de Facebook.
    
    

EHH: Acabas de decir que tú también eres, además de editor y agente literario, autor. Háblanos de esa faceta tuya.
    
    
JESÚS CANO: Bueno, yo escribo desde que era niño, a ello contribuyó decisivamente haber nacido en una imprenta, que también era librería. Además, mi padre también escribía y me ayudó a aprender. Hacía colaboraciones en las revistas de las fiestas de los pueblos, por ejemplo. Y con 14 años comencé a publicar en el diario Jaén, en el que después he trabajado. Llevo la literatura en vena, se puede decir. 
    
    
He publicado varios libros, entre ellos la novela digital “La celda de seda”, con Transbooks; tengo un blog personal donde me desahogo un poco con cuentos, opinión o poesías. Además, tengo una novela terminada hace poco, aún inédita, titulada “Yo soy Voltaire”, que trata sobre lo que pasaría si el famoso filósofo aterrizara en la actualidad. La que podría armarse, ¿verdad?
    
    

EHH: También has hablado de una revista digital.
    
    
JESÚS CANO: Efectivamente; se llama TránsHitos y el primer número acaba de salir, se ofrece gratis en nuestra web y a través de las redes sociales. En ella confluyen la literatura y otras artes, además del periodismo. Gracias a esta revista, hemos abierto un canal de comunicación con otras publicaciones similares en la Red, revistas de arte y literatura que se mueven al mismo nivel que nosotros y con las que colaboramos. Además, como ya he mencionado antes, promocionamos todas nuestras obras a través de las redes sociales.
    
    EHH: ¿Cómo ves el futuro del libro?
    
    JESÚS CANO: No creo, como temen algunos, que desaparezca el libro de papel barrido por el empuje digital. Yo, al menos, no lo espero, creo que ambos están condenados a convivir, como conviven la radio, la televisión e Internet. Ambos formatos tienen sus ventajas pero ambos son compatibles. El libro tradicional tiene el encanto del tacto, de su propio olor a libro, pero el digital posee mayor inmediatez de acceso, así como muchas ventajas derivadas de su tecnología. Lo dicho, no hay cuidado, habrá entente cordiale.
    
    

EHH: Sí, pero vosotros sólo editáis de momento en formato digital. ¿Cuáles son las ventajas para los lectores?
    
    
JESÚS CANO: Para empezar, y como todo el mundo sabe, los libros digitales deben leerse en dispositivos especiales, lectores que hoy día cuentan con tinta electrónica que no cansa la vista, que suelen llevar conexión a Internet, lo que permite descargar libros sin moverse del sitio. Hoy en día la competencia entre los distintos proveedores hace que el precio de muchos de estos lectores no supere los 80 euros, caso del Kindl básico.
    
    
La capacidad de estos lectores es inmensa, cientos y a veces miles de libros. Los formatos que nosotros manejamos son aptos para casi todos los lectores y permiten interactuar con el libro, se puede subrayar o resaltar en color, añadir notas, marcadores de página, vínculos con definiciones, enlaces a internet, copiar y pegar textos para otras aplicaciones, buscar palabras y muchos otros recursos.
    
    
Habrá quien piense que no necesita todo eso; ante eso cabe decir que también pueden simplemente leer como en un libro normal. Además, para quien no posee lector electrónico, es posible descargase libros y leerlos por Internet en ordenador o en móvil, en navegadores tan comunes como el Firefox, gracias a una sencilla aplicación. Y, yendo aún más lejos, para quien porfíe por la lectura convencional, existe la posibilidad de pedir una copia impresa del libro electrónico a un precio similar al del libro electrónico.
    
    

EHH: ¿Y qué ventajas ofrece la edición digital sobre la convencional para los escritores?
    
    
JESÚS CANO: En primer lugar, en la edición digital el porcentaje de derechos de autor supera notablemente al ofrecido por la edición convencional: de un 10 por ciento como máximo se puede pasar incluso al 40 por ciento. Otra cuestión fundamental es que queda solventado de manera sencilla el problema más serio a que se enfrenta un libro: la distribución. Ésta, cuando el libro es en papel, resulta casi siempre irregular y suele estar mal gestionada.
    
    Finalmente, por si esto fuera poco, los libros digitales están protegidos con un sistema de seguridad (control DRM, se llama) contra la copia ilegal. 
    
    
A todo esto debemos recordar las facilidades que las Nuevas Tecnologías posibilitan de cara a la auto promoción del libro (ya que las editoriales digitales dejan buena parte de la difusión al autor), de modo que se puede, por ejemplo, enviar el libro vía email (ahorrando así costes), difundir en blogs, webs y plataformas, etcétera... Así las cosas, se puede decir que la edición digital es una opción no sólo "moderna" sino también más ventajosa para el escritor que la convencional. 
    
    
   
(*) Jesús Cano (Orcera, Jaén, 1963) es Licenciado en Filosofía y Letras en la especialidad de Filología Arabe, periodista (profesión por la que ha recibido varios premios), guionista de televisión y autor de las novelas Tribulaciones de un esclavo y La celda de seda. También ha hecho incursiones en el género de la narrativa breve y la poesía. En la actualidad es director editorial de Transbooks: http://transversales.es/transversal/TransBooks/TransBooks/Inicio.html


jueves, 25 de abril de 2013

Un crítico artículo de Fernando de Villena

Edito en mi blog un artículo de mi apreciado Fernando de Villena, sobre la deriva de la Cultura de la Subvención, abocada irremediablemente a la mediocridad. Según su autor, su deseo es que se difunda lo más posible. Por eso, pido a quien lo  lea y esté más o menos de acuerdo con sus términos que le dé la máxima difusión posible en internet o por cualquier otro medio. 


CULTURA Y MEDIOCRIDAD

                  Recientemente, la segunda cadena de Televisión Española viene programando algunas películas francesas actuales. Bastantes de las mismas, ya sean comedias o dramas, poseen una gran calidad e incluso alguna de ellas como “Joyeux  Noël”, del director Christian Carion, puede calificarse como obra maestra.
                  Después de ver estas cintas, cualquier español con espíritu crítico llegara a la conclusión de que existe una abismal diferencia entre ese cine realizado más allá de los Pirineos y la mayor parte del que se hace en España. Aquí faltan ideas, sobra grosería y mediocridad, y los ejemplos más representativo de cuanto afirmo  son las películas de Pedro Almodóvar.
                  Pero lo verdaderamente grave del asunto es que ese tipo de cine español (tan lejano, ¡ay!, del que rodaron Barden, Berlanga, Buñuel , Martín Patiño o Saura) esté tutelado, mimado, subvencionado por el Ministerio de Cultura.
                  Como se puede leer en un lúcido artículo publicado en la revista LITERATURAS.COM,  la alta cultura española de las seis últimas décadas ha estado alentada por la CIA (antes de la Democracia) o por los Servicios Secretos del Estado (en la etapa democrática). No sé si esto será cierto, aunque existen libros que lo demuestran de manera palmaria como el de Frances Stonor o el de Olga Blondys (ambos demoledores), pero lo que resulta meridianamente claro es que desde los numerosos organismos gubernamentales dedicados a la cultura se apoya y se mima la mediocridad, la falta de crítica, la sumisión, lo insípido, y ello no sólo en cine, sino en todas las artes y las letras.  Todo lo cual se lleva a cabo mediante el bochornoso sistema de premios corruptos y subvenciones, mediante los suplementos y páginas culturales de los diarios vinculados a los dos partidos mayoritarios y mediante el silenciamiento de toda disidencia.
                  Esta nefasta política ha llenado el panorama cultural de falsos valores. Nunca en nuestra historia existió una distancia mayor entre lo que verdaderamente posee calidad y lo que se nos ofrece como paradigma. Los creadores valiosos hoy permanecen en el anonimato, salvo en algunas contadas ocasiones como los casos de Alejandro Amenábar o Arturo Pérez Reverte. Este último une espíritu crítico, calidad y reconocimiento. ¿Cómo es que no se lo silenció al igual que al resto de quienes cultivan con dignidad y con estilo propio su arte o su literatura? Sencillamente: porque Pérez Reverte fue muy conocido como corresponsal de guerra y como presentador televisivo antes que como novelista. Con ello puenteó la férrea censura española de nuestro tiempo.
                  Y como ejemplo máximo de esa mediocridad elevada artificialmente desde el poder está la obra de J. M. Caballero Bonald, ganador este año del premio Cervantes, un premio cada día más desprestigiado. Pero está claro: no nos vamos a exiliar a Francia a pesar de que en nuestro país la gente, cada vez más manipulada, siga aplaudiendo el traje nuevo del emperador. Aquí tenemos el rioja, el sol, los amigos…


                                                                                                 Fernando de Villena.   



miércoles, 3 de abril de 2013

Alfonso X, padre de la lengua española


Alfonso X, retratado en sus famosos Cantigas.

Tal día como hoy, un 4 de abril de 1284,  murió en Sevilla Alfonso X, rey de Castilla, después de realizar una ingente labor en favor de la Cultura y la Lengua españolas que le ha reportado el epíteto de El Sabio. Monarca convencido del valor de los libros y por ello singular mecenas, no dudó en contratar a los mejores eruditos árabes y judíos, sabedor de que atesoraban una cultura superior a la suya, heredera de los romanos y los griegos; también fue un rey belicoso que no perdonaba a los musulmanes en el campo de batalla; su interés por la Cultura no le restaba tiempo para pugnar por el trono del Sacro Imperio Romano, convencido de su derecho a esta vieja corona, que no consiguió finalmente. Pero el mayor logro, sin duda, de este personaje ha resultado más imperecedero que todos los castillos que pudiese conquistar: haber asentado los muros de la lengua y la literatura castellana. Se sabe que si bien no era autor de los libros que mandó traducir, sí los supervisaba personalmente, con lo que su labor correctora resultó decisiva a la hora de fijar la lengua castellana que nosotros, y muchos otros hispanohablantes, íbamos a tener. Pero, para saber cómo era ese español antiguo, lo mejor es mostrar un párrafo de la Estoria de España que mandó componer el rey Sabio, en el que ensalza de todo corazón a su país:

E cada una tierra de las del mundo et a cada provincia honró Dios en señas guisas, et dio su don; mas entre todas las tierras que Él honró más, España las de occidente fue; ca a esta abastó Él de todas aquellas cosas que omne suel cobdiciar. Ca desde que los godos andidieron por las tierras de la una part et de la otra probándolas por guerras et por batallas et conquiriendo muchos logares en las provincias de Asia et de Europa, assí como dixiemos, provando muchas moradas en cada logar et catando bien et escogiendo entre todas las tierras el más provechoso logar, fallaron que España era el mejor de todos, et mucho'l preciaron más que a ninguno de los otros, ca entre todas las tierras del mundo España ha una estremança de abondamiento et de bondad más que otra tierra ninguna. (...) España sobre todas es engeñosa, atrevuda et mucho esforçada en lid, ligera en afán, leal al señor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien; non ha tierra en el mundo que la semeje en abondança, ni se eguale ninguna a ella en fortalezas et pocas ha en el mundo tan grandes como ella. España sobre todas es adelantada en grandez et más que todas preciada por lealtad. ¡Ay España, non ha lengua nin engeño que pueda contar tu bien! (...) Pues este regno tan noble, tan rico, tan poderoso, tan honrado, fue derramado et astragado en una arremessa por desavenencia de los de la tierra que tornaron sus espadas en sí mismos unos contra otros, assí como si les minguasen enemigos.

Manuscrito de la Estoria de España.


sábado, 23 de marzo de 2013

LA VOZ DE SU AMO (Canción-epigrama, o así)



Las noticias, qué espectáculo,
 Un día se van a Japón,
Para desenterrar muertos.
Al otro cubren la guerra
en un sangrante desierto.
Y así cada día extraen
De la chistera su conejo.
Media hora para un tema
Y cinco minutos, el resto.
Seguro que lo han notado,
Pasa desde hace algún tiempo:
las noticias son apenas
un titular muy extenso,
producto de última hora,
actualidad al momento,
y luego, al día siguiente,
si te he visto no me acuerdo.
Noticias, blogs, boletines,
Agencias, tertulias, expertos…
Compiten feroces y ufanos
y, por supuesto, en directo,
Para repetir al final,
Como un bien orquestado eco,
Exactamente lo mismo,
Pero, eso sí, compitiendo.
¿Quién le regalará el disco
a este atildado perro?


LOS OJOS DE DAVID CARRADINE





Me preguntas qué les has pasado a mis ojos,
A mi mirada que ahora parece esconderse, afilada.
Me lo dices poniendo ese tuyo natural de niña,
Admirablemente sorprendida. Y llevas razón.
Desde hace un tiempo para acá mis ojos están cansados,
Cansados de ser los primeros que sufren
Mis rabietas de Quijano que inventa problemas
Y los redime así de su insustancialidad;
Mis ojos están cansados de ver fantasmas a cada paso,
Mis ojos se han quejado de tanto sobresalto,
De que un simple gesto despierte un reguero de ira.
Mis ojos no han podido más y se han cansado.
Han adoptado una posición cómoda:
Se mantendrán tranquilos, entreviendo el mundo
Tras la cortina de los párpados,
Dejando sólo escapar el ascua de mi auténtico yo
Que se adivina perdido en las profundidades,
Persiguiendo, como siempre,
Alguna ráfaga de luz
O de tinieblas y locura.

lunes, 18 de marzo de 2013

Confucio y el Lejano Oriente



No puedo negar mi inclinación por todo lo oriental desde siempre. Pienso que el Destino, que juega conmigo como con todos, me ha empujado a esa querencia. La pregunta es por qué ha sido así. La respuesta es que lo ignoro pero lo cierto es que siempre me he sentido inclinado por traspasar esa frontera, de conocer esas otras civilizaciones situadas en dirección hacia donde sale el sol. No ha sido, desde luego, por la ayuda de los libros de Historia de la época de mi formación académica, que, imbuidos inconcientemente de eurocentrismo, apenas dedicaban unas páginas a Oriente (el Lejano y el Próximo), como si China, el Islam o la India no hubiese tenido peso en el devenir de la Humanidad. Sin embargo, esas pocas páginas resultaban suficientes para despertar mi curiosidad. Tal vez fuera sólo fruto de mi siempre activo espíritu rebelde, que exigía así  tener más información de esas fastuosas civilizaciones; tal vez, y a la manera de los viajeros románticos, todo era un reflejo intelectual, no exento de ingenuidad, al creer que esas otras civilizaciones podían albergar valores más auténticos que los de Occidente (cosa que ahora no creo, simplemente porque las manifestaciones culturales no son mejores ni peores unas de otras sino simplemente distintas). No tengo una respuesta, como digo, a esa inclinación pero lo seguro es que siempre la he sentido.
Esa tendencia se reveló mucho más temprano en mí hacia el Oriente Próximo (o sea, la zona árabo Islámica), hasta el punto de que estudié filología árabe; sin embargo, mucho más tardía es mi atracción por el Lejano Oriente (o sea China y los demás países que se han formado alrededor de su cultura, como nosotros lo hicimos alrededor de la greco-romana). Pero, aunque tarde, la pasión por esa importante porción de la Humanidad me ha entrado fuerte. Y en esta ocasión de nuevo no tengo otro remedio que apelar al Destino (Él de nuevo). Aunque, tal vez detectando las conexiones entre los dos orientes, ya había comenzado a internarme en ese lejano mundo, dicha inercia se aceleró extraordinariamente cuando, en 2007 conocí a mi futura mujer, Miryang, natural de Corea, península como ésta pero justo en el otro extremo del gran continente euroasíatico.


Sí, antes de que casarme con una oriental conocía y admiraba ya algo de China y Japón, de su literatura, su historia, su arte, su cine. Incluso en mi novela “La celda de seda”, escrita antes de conocerla a ella, llevo a mi personaje hasta ese otro universo y hasta le hago conocer al venerable maestro, Lao Tsé. Pero, poco más. Ahora, tras la experiencia de convivir día a día con una persona con valores en muchos casos distintos a los míos sé, como dijo el filósofo, que no sabía nada y que me queda mucho que aprender. No en vano, de tener antes una conexión con el Lejano Oriente esporádica y distanciada por razones lógicas, ahora cuento con una fuente directa y de primera mano: las opiniones, reacciones y sentimientos de una de sus hijas, mi propia mujer. Lo que quiero decir es que se pueden leer libros como el Tao Te King de Lao Tsé, admirar las películas de Akira Kurosawa o quedarse anonadada ante fotografías de los templos de Camboya (e incluso admirarlas en directo yendo a ese país de vacaciones), pero aún se está muy lejos de comenzar a vislumbrar el auténtico Oriente. No es que yo haya penetrado todavía en esa esencia, para eso había tenido que nacer oriental o, por lo menos, haber vivido durante años en algún país de esa área; pero sí empiezo a comprenderla. En especial, mi mayor caudal de curiosidad se vuelca ahora hacia Corea, un país con una poderosa personalidad constreñido (y no sólo por su geografía) entre dos gigantes como China y Japón que, por esa misma razón permanece eclipsado, casi desconocido en Occidente, lo que resulta lógico porque las escasas noticias que nos llegan de él se refieren a las tensiones entre el Norte y el Sur, vergonzosa rémora de la Guerra Fría. Pero, dejemos Corea, de la que hablaré en otra ocasión, para centrarnos en el Lejano Oriente en general.
Fiel a mi espíritu crítico, hay cosas que me agradan y otras no tanto. Para explicar por qué tengo que apelar a la figura de Confucio el gran filósofo chino y, por ende, el verdadero constructor de la moral y el entramado social que sostiene al Lejano Oriente todavía hoy, a 2.500 años de la muerte de su artífice. Confucio, personaje indudablemente histórico pero que ha quedado difuminado por la leyenda, fue un funcionario de origen noble, hijo de una concubina, que nació a mitad del siglo VI antes de nuestra era, una época turbulenta para China. Tan inestable situación conllevó no sólo guerras, epidemias, hambre y otros males (su propio padre era un sanguinario guerrero) sino también lo que a juicio de este filósofo en ciernes era una degradación de las viejas costumbres. Y también un descrédito hacia la religión, hacia esos dioses que habían abandonado a su suerte a los hombres en la época en que más los necesitaban. Esa situación llevó a Confucio al convencimiento de que era necesaria una regeneración moral y, en consecuencia, política de la sociedad y, viéndose con fuerzas suficientes, se decidió a emprenderla, apelando simplemente a la recuperación de valores que antes habían resultado efectivos (los de los viejos sabios, como Lao Tsé) para convertirlos en la base de la conducta. Esas reglas se podía resumir, me atrevo a afirmar, en el único precepto de “Sé el primero en dar ejemplo de buena conducta”, expresada mediante valores como fidelidad, benevolencia, comprensión hacia las opiniones ajenas, solidaridad, entrega al trabajo o respeto hacia los antepasados y los mayores. Pero, y eso es algo muy importante para conocer la moral confuciana, los primeros en verdad en demostrar esta actitud han de ser los más dotados, los líderes y dirigentes, pues, según el sabio chino, ellos son los más conscientes de esa necesidad y han de cultivar como nadie dichas virtudes para sembrar ejemplo entre quienes ejercen como súbditos suyos. Se trata pues de una filosofía (o mejor una moral) en absoluta sometida a la religión, cuestión esta última en la que Confucio apenas entra, no se sabe bien si por descreimiento o más bien por no complicar sus preceptos.
Este sencillo principio de hacer siempre el bien respetando los derechos de los demás no carece, precisamente, de vigencia y sería de agradecer que surgiese con fuerza hoy una voz como la de Confucio, dada la actual situación de descomposición moral y profundos cambios que vivimos, de modo que impulsase un nuevo orden más justo y mesurado en su relación con la Naturaleza que el que hoy nos constriñe con falsas verdades y fomenta, en el fondo, el espíritu insolidario. Frases atribuibles a él se antojan de eterna vigencia, caso de ésta: Resulta totalmente imposible gobernar un pueblo si éste ha perdido la confianza en sus gobernantes”.


Cabe pensar que ideas así no le proporcionarían, precisamente, el favor de los jerarcas. Prueba de ello puede ser que, según los confusos (que no confucios) datos que se tienen de su vida, apenas pudo ponerlas en práctica, pese a su empeño. Al parecer, fue funcionario de joven y, luego, ya en plena madurez, pudo ejercer durante algún tiempo, poco, como funcionario del reino de Lu, su región natal (se dice que llegó a ser ministro de Justicia), puesto que abandonó el cargo en 496 a. C. echándose, según la tradición, a los caminos, en parte en busca de un nuevo señor que estuviese dispuesto a seguir sus principios, en parte ejerciendo de educador, su otra gran vocación. Hasta su muerte, su labor educadora fue ingente, pero no así su actividad política, la cual, que se sepa, se eclipsó completamente. Es de suponer que ninguno de los estadistas a los que visitase en su periplo quisiesen someter sus gobiernos a tan exigentes premisas morales ni, esto es sólo una especulación, entregar su confianza a una persona que les urgía a actuar sin medias tintas con verdadera rectitud.
Murió, pues, el Maestro, no en el olvido, pero casi; mucho antes, desde luego, de que se expandieran sus doctrinas. Como consecuencia de ello ni siquiera los textos que de él se conservan, como sus famosas Analectas, son atribuibles a su pluma. Sólo son, como los Evangelios, hechos y sobre todo dichos atribuibles al Maestro Kong (que eso significa Confucio) y recopilados por sus más cercanos discípulos. Digo esto porque con el paso del tiempo, y como suele ocurrir, a raíz de interpretaciones y reinterpretaciones sus enseñanzas se han visto muy tergiversadas. Como suele ocurrir también, Confucio no vivió para ver el éxito de sus ideas (puede que eso fuese lo mejor, visto como fue la cosa). Fueron necesarios muchos años, más de 200, para que su doctrina, el confucianismo, se expandiese, convirtiéndose en doctrina oficial en China hacia el final del siglo III a. C; bastante más tarde (siglo VI d. C.) llegó a Corea y desde ahí a Japón, penetrando igualmente en Vietnam, países donde también fue aceptada oficialmente.
Sin embargo, y ésta, advierto, es mi opinión personal, el Confucianismo no es tanto fruto de las propias ideas de Confucio como de una interpretación, no siempre leal a ese espíritu, de sus ideas por parte de sus seguidores, de modo que al resultado cabría denominarlo Neoconfucianismo, o doctrina de los seguidores de Confucio, como al Cristianismo habría que denominarlo Doctrina de los jerarcas cristianos. Esa interpretación de manga ancha conllevó una degeneración de su verdadera esencia, como demuestra el hecho de que la corrupción también campe a sus anchas en los países neoconfucianos. Para entender esto no hay más que ver que China es hoy uno de los países más corruptos de la Tierra. Tanto que una de las máximas que siempre suenan en los grandes cónclaves del PCCh es la urgente necesidad de acabar con esta lacra, si bien sin poner en marcha medidas verdaderamente correctivas. Hay quien podría pensar que la China de hoy no es la misma que la del viejo imperio; pues bien, resulta que, por más que eso no gustase a Mao Tsé Tung, la China comunista actual no ha podido desprenderse de los principios neoconfucianos, que siguen hoy muy vigentes. Eso se expresa especialmente, en la veneración por los antepasados y en una estricta jerarquización social, de acuerdo a las relaciones de dependencia social expresadas por Confucio: entre gobernador y ministro; entre padre e hijo, entre marido y mujer; entre hermano mayor y hermano menor y entre amigos. Estas relaciones exigen del superior la obligación de protección y del inferior, lealtad y respeto hacia aquél. De esta manera en Corea, por ejemplo, lo primero que hacen dos personas más o menos de la misma edad que acaban de conocerse es preguntarse la edad, para establecer el necesario protocolo, que por cierto es bastante complejo. Eso, que a simple vista puede parecer inocente y hasta simpático, se me antoja una costumbre excesivamente rígida. En principio, no tiene por qué haber problema si ambas partes cumplen su cometido, pero ¿y si el superior ejerce su posición de privilegio con abusos y hasta con estulticia? Pues que el inferior lo tiene que soportar con paciencia, mientas que se considera casi un sacrilegio social que sea el de abajo quien incumpla las normas, demostrando, por ejemplo, inconformidad con las decisiones del superior. Así, los gobernantes en esos países abusan tanto como los nuestros de sus prerrogativas olvidando por completo lo dicho por Confucio en frases como ésta: “Si los hijos de emperadores o príncipes no tienen calidad, deben ser rebajados al cargo de gente común. Si los hijos de la gente común tienen calidad deben elevarse al rango de gobernantes”. 


Esto último lo decía el Maestro porque él fue hijo de concubina y debió sentirse humillado en más de una ocasión por quien se consideraba superior portando sangre más “noble”.
Pero es que a un nivel más cotidiano se producen situaciones similares. Por ejemplo, en el trabajo. Una de las cosas de que más se quejan los occidentales es de que no pueden cuestionar las órdenes de sus superiores mayores de edad bajo ningún concepto, bajo riesgo de verse sometidos a acoso laboral (moobing lo llaman ahora). Y a los ancianos, mejor ni replicarles, porque puedes verte expuesto al desprecio generalizado, por muy buena intención que lleves. Así, el principal  eje de la moral confuciana, esto es, “sé el primero en dar ejemplo”, queda muchas veces en agua de borrajas.
Lo que quiero decir con todo esto es que, otra vez como siempre, una cosa son las teorías magníficas, ideadas por hombres fuera de lo común, y otra cosa es cómo se ponen en práctica. No sé si de forma inevitable, pero algo que se repite continuamente a lo largo de la historia es la corrupción de las fuentes primitivas, que pasan de ser principio claros y sólidos a convertirse en mera propaganda para quienes ostentan el poder. Y el Confucianismo (o Neoconfucianismo) no es ninguna excepción.
Ahora bien, algo de ese espíritu puro y bien intencionado queda en los países donde arraigó, como en Corea, país neocunfuciano por excelencia, como algo queda en muchas personas cristianas de la verdadera esencia del Cristianismo, esa compasión al prójimo que pedía Cristo. Por ejemplo, un mayor sentido de las obligaciones y la corresponsabilidad para con los demás, una mayor disciplina personal para obrar con respeto a los demás; un sentido de la fidelidad muy acentuado y, creo yo, una mayor conexión con el orden natural, que se expresa muy bien en su arte y literatura, quizás una herencia del fervor que Confucio sentía por los viejos maestros y por una época todavía primitiva en que el hombre era sólo un elemento más de la Naturaleza y no el rey absoluto, como suele creerse en Occidente.

Pintura de un artista norcoreano.
Claro que, también las sociedades orientales tienen, además de sus contradicciones, sus contaminaciones. Muy reacias al principio a aceptar valores extranjeros, cuando éstos logran penetrar lo hacen a conciencia. Pasó con el Cristianismo, que hoy siguen más del 50 por ciento de los coreanos o japoneses. Está pasando ya con otras muchas cuestiones provenientes de Occidente, desde la música a la educación. A propósito de este último tema, volviendo otra vez a Corea (del Sur), en este país el sistema educativo sigue bastante de cerca, como en tantas cosas, los parámetros norteamericanos, de tal suerte que se ha establecido una competitividad brutal; así, la principal obsesión de las familias es colocar a sus hijos en las mejores universidades (casi siempre privadas) a costa de lo que sea, de hipotecarse de por vida e incluso de poner en riesgo la salud de sus vástagos; no sé por qué ocurre esto, si puramente a causa de la imitación y aceptación del sistema educativo norteamericano (que por cierto nos quieren imponer ahora a nosotros) o más bien porque de la tranquila sociedad coreana de hace unas décadas se ha pasado a otra bien distinta, frenéticamente entregada al capitalismo brutal, de tal modo que se ha producido una sublimación perversa de algún valor confuciano, tal que el espíritu de superación, que no es malo en sí, pero que no tiene por qué desembocar en esa competencia feroz. La cuestión es que siguiendo esta moda de ser los primeros en la escuela, se fuerza a los chicos a dar todo lo que tienen que, en muchos casos, no es mucho, lo cual degenera en demasiada frustración y hasta en numerosos suicidios.
Pongo fin ya a este artículo, algo prolífico, libre y sin compromisos morales con una última conclusión: se puede aprender de todo pero mucho más de la diferencia.

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