miércoles, 7 de agosto de 2013

LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (9)



Alrededor de la ciudadela amurallada, se alzaban diversas almunias, o fincas rurales de recreo, para solaz de los monarcas. Existían al menos tres de ellas, todas sobre las estribaciones que se extienden al este de la Alhambra: las desaparecidas de Dar Al-Arusa y los Alixares además de la única que sobrevive: el Generalife. Este espacio fue bautizado, con razón, por el poeta y visir real Ibn al Yayyáb como “El Jardín Real de la Felicidad” en unos versos epigráficos labrados sobre sus mismos muros. Ibn al Yayyab, primero de los tres grandes poetas garnatíes, convirtió con dichas palabras a este jardín en el Edén del Islam en la tierra. 

Hornacina del Generalife con un poema de Ibn al Yyyab.
Y es que el agua fluye antes al Generalife que a ninguna otra parte, ve llegar su corriente desde las faldas del Cerro del Sol a través de la Acequia Real, o del Sultán. Es tomada a unos 6 kilómetros río arriba gracias a un azud fabricado ex profeso en el lecho fluvial.
Para enfrentar el reto de crear un nuevo asentamiento en lo que entonces era un paraje yermo, Alhamar dará prioridad a la construcción de un sistema de conducción de agua capaz de vivificar el entorno y servir a sus ambiciosos planes de construcción.


martes, 6 de agosto de 2013

LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (8)



Para comprender mucho mejor la idea de que el monumento se asienta, antes que nada, sobre sólidas bases científicas y una secular maestría constructiva es necesario buscar otro mirador fuera del Albaicín. Para ello hay que descender a Plaza Nueva, subir por la Cuesta de Gomérez y alcanzar la umbría del bosque que rodea el perímetro amurallado, para remontar totalmente la colina roja hasta llegar al fuerte de santa Elena, más conocido como Silla del Moro, justo por encima del Generalife.


Desde este emplazamiento, que gustaba mucho al insigne arabista Emilio García Gómez (2), la Alhambra pierde todas sus máscaras (la defensiva, la áulica y también la mágica) para mostrarse como realmente fue y aún sigue siendo: un espacio cultural de amplias resonancias y derivaciones, formado por espacios estancos pero a la vez interrelacionados. Su núcleo lo constituye la ciudadela palatina perfectamente fortificada, que alberga no sólo  los palacios, sino también los jardines del Partal y una amplia zona urbanizada en donde estuvo la medina alhambreña, una ciudad en miniatura, con su mezquita, sus baños y sus viviendas y talleres, donde bullía una población completamente entregada al servicio de sus reyes. 

(2) EmilIo García Gómez demostró su devoción a este lugar en su obra Silla del Moro y nuevas escenas andaluzas, publicado por primera vez en la Revista de Occidente, Madrid, 1948.



lunes, 5 de agosto de 2013

Slade, rock and roll revivall.



A principios de la década de los 70, el rock and roll languidecía, constreñido por sus hijuelos, el rock sinfónico, rock ácido, rock duro, el heavy y demás historias... Hasta que llenó el Glam, esa corriente a medio camino entre la música y el espectáculo irreverente y festivo. Nos gustasen más o menos los atuendos, poses y maquillajes que portaban aquellos tipos, lo cierto es que revitalizaron el rock and roll como lo habían hecho 10 años antes  entre otros The Beatles, The Rollin' Stones, Animals... Uno de los grupos menos conocidos, tal vez porque no se mostraban demasiado ostentosos (aunque a veces daban la campanada), fue Slade, banda británica de gran repercusión en su momento; de hecho vendieron más que nadie durante los 70. Puede que haya quien diga que eran poca cosa si se les compara con otras grandes bde esa época también cultivadoras del rock and roll. Puede; pero para mí la poderosa voz de su vocalista Noddy Holder (el pelirrojo patillones) o la contundencia de su estilo no tienen nada que envidiar a los también grandísimos Led Zeppelin, T. Rex, Bad Company o Deep Purple, con la diferencia de que eran definitivamente más rocakanroleros. 
Mi recién descubierta pasión por este grupo me llega como una reminiscencia desde mi lejana mi infancia, cuando escuchaba los casetes de Ángel Galiano, un empleado de la imprenta de mi padre, un cajista que no podía trabajar sin música, como tiene que ser. Quizás escriba esto porque el pasado fin de lo volví a ver después de muchos años y fue una alegría y me trajo recuerdos entrañables.





LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (7)


Apenas unos metros más abajo de san Nicolás, y casi en línea recta, podemos encontrar una tercera mirada hacia la Alhambra, quizás la más heterodoxa y también la menos conocida. Nos referimos a la vista que se disfruta desde la placeta Carvajales, ya en el Albaicín bajo, a unos minutos tan sólo del hervidero de Plaza Nueva.


Esta panorámica, aún más cercana que la de san Nicolás, nos devuelve una imagen de la fortaleza roja mucho más distante, incluso hostil, que nos remite  a otra característica del monumento: su aire misterioso, mágico y más propio de “un sueño oriental”, como dijo Federico García Lorca (1), que del mundo real. Desde aquí, se hace más evidente su apariencia hermética y casi inalcanzable, como si fuera, en realidad, un  gran cofre que conserva en su interior miles de enigmas, los secretos de la Cábala y la mesa del rey Salomón, leyendas de cautivos y princesas, de magos alquimistas, de tesoros enterrados y espíritus que vagan en pena por sus aún ignotos subterráneos, historias de traiciones y levantamientos en armas que desembocan en tragedias, rumores de agua subterránea corriendo por pasadizos secretos que comunican con el exterior o tal vez conducen a una trampa mortal… En suma, esa Alhambra misteriosa nacida de la infinita capacidad de evocación y generación de leyendas que posee este espacio único y que, más que magia, es, en realidad, un muy logrado ilusionismo.

(1) Federico García Lorca. Impresiones y paisajes. Edición de Rafael Moreno Miralles, Madrid, Cátedra (Letras Hispánicas), 1994, p. 142.

El Árbol de la Vida, según la Cábala.


LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (6)


Esta visión, enmudecedora de tan espectacular, pese a todo es sólo una bella coraza que muestra apenas nada de la verdadera Alhambra, de su delicado mundo interior; mas lo poco que enseña es suficiente como para hacer presagiar que la visita a este monumento puede resultar embriagadora. Esa clara dicotomía entre un exterior impermeable y un interior absorbente es muy propia de las edificaciones y, por ende, del carácter de los musulmanes, celosos siempre de preservar su vida privada ante miradas extrañas pero igualmente dispuestos a impresionar a sus invitados cuando éstos atraviesan el dintel de sus puertas.
Otro rasgo evidente que se desprende de esta panorámica del lienzo norte de la Alhambra es la peculiar disposición de sus torres palaciegas, planificadas, más que como defensas, para reafirmar el poder real, conformando un subterfugio ideológico que logra muy bien su fin último: aparentar grandeza. 


Ello es especialmente evidente en la torre de Comares, un balcón áulico que se adelanta sobre el barranco de san Pedro para hablarle a la ciudad, cercano pero al tiempo hierático, del poderío de sus creadores y de las maravillas que encierra dentro. Ese aura tan seductora sigue hoy tan viva como cuando la Alhambra fue edificada y un simple turista puede sentir su impacto lo mismo que en su día lo sentirían los súbditos de los reyes granadinos.

viernes, 2 de agosto de 2013

LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (5)


Pero, para continuar hablando de los Nazaríes y de la Alhambra, su obra cumbre, es necesario encontrar un más adecuado escenario, una segunda mirada donde ésta aparezca mucho más cercana y se convierta definitivamente en protagonista. Esa nueva visión del monumento es la más conocida, reproducida y admirada: la que se contempla desde la explanada de San Nicolás. Vista desde allí, la Alhambra parece el escenario perfecto para la ópera más grandiosa que jamás nadie haya osado imaginar. Se aprecia muy bien no sólo la ciudadela amurallada, sino también parte de su entorno extramuros; es decir, la visión más deslumbrante y conocida de la ciudad palatina.

Protagonista indiscutible es el dinámico, desde el punto de vista arquitectónico, lienzo norte, cuyas torres, de volúmenes dispares pero perfectamente conjuntadas, parecen cabalgar sobre la colina roja, aferrándose, por abajo, al manto verde del bosque de san Pedro en una suerte de inevitable simbiosis y perfilando perfectamente, por arriba, sus líneas bermejas sobre las crestas gris azuladas de Sierra Nevada. Y, a un lado, sobre el cerro del Sol, la delicada estampa del Generalife, almunia real extramuros que, vista desde aquí, parece la diadema perfecta para la reina de las ciudadelas. 


jueves, 1 de agosto de 2013

LA ALHAMBRA DE LAS MIL Y UNA MIRADAS (4)


En cualquier caso, aún no había llegado el momento de la colina roja como asiento real. Ese papel se lo iba a proporcionar Muhammad Ibn  Nasr, conocido con el sobrenombre de Alhamar (“el rojo”, por su barba cobriza), fundador de la dinastía y del Emirato nazaríes, que entró, en olor de multitudes, a Granada por la puerta de Elvira en 1238. Procedente de Jaén, en concertó de Arjona, acudió a la llamada de auxilio que le enviaron los notables de la región, temerosos de que fuera conquistada Granada por los cristianos. Casi al mismo tiempo Almería y Málaga se entregaron igualmente en brazos de este cauto aunque valiente jefe militar, para terminar de conformar lo que iba a ser el Emirato Nazarí. Con sede en Granada, éste ocupó más o menos lo que hoy son estas tres provincias surorientales, más ciertas comarcas de las provincias de Jaén, Córdoba y Cádiz. 

Fuente: http://www.culturandalucia.com
Mediado el siglo XIII pocos podían jurar que el nuevo estado, nacido en época tan convulsa, iba a sobrevivir aún dos siglos y medio, pese a los muchos peligros que le rodeaban y las continuas luchas internas que tuvo que soportar. Pero además, y eso parece mucho más importante, el Reino Nazarí, como último territorio bajo soberanía musulmana, logró atesorar primero y aquilatar más tarde la herencia cultural andalusí, expresada, prácticamente en su totalidad, en su obra cumbre: la Alhambra. El monumento nazarí es el perfecto punto de encuentro entre las tradiciones arquitectónicas y científicas grecolatinas, recicladas y puestas en valor por los árabes durante el Medievo, y el bagaje oriental, básicamente indoiranio, que constituyó el segundo pilar de la cultura islámica clásica, además de ciertos aspectos (los menos) de origen puramente árabe, como las leyendas epigráficas, refugio de la tradición poética beduina y de la intocable doctrina coránica.

Leyenda epigráfica en la Alhambra; arriba, más pequeño, el lema de la dinastía nazarí: Lá gálib illa Allah.

Alhambra inadvertida: Al borde del Extasis

Sueño, fantasía, visión maravillosa, belleza indescriptible... son algunas de las palabras que pueden pasar por la mente de quien contempla,...