lunes, 9 de diciembre de 2019

SICILIA, GUÍA DE SENSACIONES: Fogones de Palermo





Imagínesenos a mi esposa y a mí sentados en una mesa aristocrática, adornada por candelabros y pavos reales de plata, siendo servidos por una atildada criada filipina. Hay también una pareja norteamericana y una periodista berlinesa, pero a mi mujer y a mí nos han colocado en lugares privilegiados: Miryang conversa con un refinado duque y yo con una simpática duquesa. Y, además, son los herederos del inefable Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Estamos en el palazzo de Gioacchino Lanza Tomasi y de su esposa Nicoletta Polo, duques de Palma (de Sicilia). ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Nicoletta Polo de Tomasi, duquesa de Palma.

Todo empezó, poco antes de nuestro viaje. Buscando una actividad verdaderamente interesante y con la novela “El gatopardo” en mente, topé con la noticia de que en Palermo la heredera del escritor de esa obra ofrecía clases de cocina siciliana en su propio palacio. No era precisamente barata, pero prometía ser una inmersión al Palermo de más enjundia, con gattopardi incluidos. Con su planteamiento, nudo y desenlace, se trataba de comprar, cocinar y terminar con una espléndida comida y una visita exclusiva.

Mercado de Capo, Palermo.
Empezamos por comprar las vituallas en el Capo, un mercado todavía a salvo de la turistificación. Es curioso que dedicándome al turismo, huya de él. Será porque conozco el percal. Primorosamente expuestos, se exhibían los mejores frutos de la tierra y el mar sicilianos. La duquesa recalcaba que siempre compraba a los mismo proveedores, segura de que la iban a servir bien. De lo contrario, perdían su confianza, los dejaba y no había más que hablar. “No hay que disculparse, no es necesario, es la costumbre siciliana”, aseguraba esta noble veneciana, ahora hija adoptiva de la isla de los tres picos.
Recogimos laurel y otros aderezos en el jardín del propio palazzo. En un rincón un blasón de piedra representaba al emblema del linaje, un gattopardo


Ya en la cocina nos pusimos con las manos en la masa de las panelle, pasta con harina de garbanzos. Este entremés procede del Norte de África, de los tiempos de la invasión árabe, como otros platos sicilianos. 



Turnándonos en la encimera, fuimos elaborando un menú de lujo:


Durante la comida, me sentí extraño, por poco acostumbrado, en mitad de tanto ceremonial, sin dejar, no obstante, de identificarlo. Será por las múltiples películas que he visto sobre la aristocracia y sus costumbres, empezando por la de Visconti. En entorno tan patricio, uno puede sentirse ufano de sentarse junto a una duquesa. Estúpida contradicción, sobre todo si se ha pagado por ello.
Terminada la opípara comida, vino lo mejor: un recorrido guiado por el palacio de los Lanza Tomasi, de la mano de sus dueños y anfitriones. Recorrimos dos bibliotecas (en el palacio hay más de 30.000 volúmenes), entre ellas la privada de Lampedusa, donde se exhibe el manuscrito original de su famosa novela. 

Manuscrito original, junto al mechero, pitillera y taza de café del escritor.

Fuimos pasando por salones plagados de obras de todas las épocas, desde una tabla medieval catalana a un Miró, una colección de abanicos españoles, delicadas figuritas dieciochescas o manuscritos antiguos. Entre parada y parada la duquesa ejercía de contadora de historias de los Lanza Tomasi. Frente a su retrato y a un telescopio del siglo XIX, nos habló del Príncipe Fabrizio Tomasi di Lampedusa. Bisabuelo del escritor, inspiró a su descendiente para construir el personaje del Príncipe de Salina, interpretado por Burt Lancaster en el “Gatopardo”. Comparando su retrato con un fotograma de la película, no parece haber duda de que Visconti conocía ese u otro cuadro parecido.




Una historia que nos impactó, por bizarra, hablaba de otro antepasado de Tomasi de Lampedusa: una monja que consumió su vida invocando al diablo, supuestamente para vencerle. Pero ni la Inquisición se pronunció, dado que era aristócrata, ni nadie la puso en tratamiento, que no eran tiempos de eso. Luego, y esto es lo más morboso, fue retratada una vez muerta, con el aspecto de anoréxica que presenta el retrato.

Isabella Tomasi, de cuerpo presente.

Pero volviendo a los vivos, durante la visita, pude conversar con el duque Gioacchino, heredero del legado y el palacio del famoso escritor. Con modales impostados, le comuniqué mi convicción de que Giuseppe Tomasi di Lampedusa le había nombrado heredero al estilo de los césares. Estos legaban el imperio no a un hijo carnal sino a otro adoptivo, tal como hiciera tan acertadamente Trajano con Adriano. Que para eso eran emperadores hispanos, tal vez los mejores de la Historia.

Otro de los asistentes a la visita guiada





sábado, 7 de diciembre de 2019

SICILIA, GUÍA DE SENSACIONES: Cicatrices



Jarrón nazarí, en un museo de Plaermo.

Sicilia, a la que llaman el ombligo del Mediterráneo, está plagada de cicatrices. Sobre la isla cabalgan varias fallas, látigos que de tanto en tanto sacuden su piel. Un seísmo de 1693, por ejemplo, acabó con una cuarta parte de su población, que fueron dos tercios en Catania. Muy cerca de esta ciudad dormita el Etna, el mayor volcán de Europa, que despierta de tanto en tanto para arrasar sus fértiles vecindades. Pero éstas son sólo las cicatrices a simple vista, hay otras invisibles frutos de su convulsa historia. Su centralidad ha atraído invasores y saqueos a lo largo de tres mil años al menos. Primero indoeuropeos y bereberes, después fenicios y cartagineses, griegos (o sículos helenos), romanos, bizantinos y hacia el siglo VIII, árabes y de nuevo bereberes. 
Azulejería evocando la conquista normanda de Sicilia a los árabes.
A éstos sucedieron normandos, alemanes, franceses y, por fin, españoles, que la dominarían durante casi seis siglos. Podríamos considerar igualmente como invasión la de los italianos peninsulares, que llegaron desde el norte en 1860 para unificar Italia. Eso significaba, como perseguía Garibaldi, el nacimiento de un  país libre sobre las cenizas de un régimen caduco. Lo que sucedió fue bien distinto: el norte burgués prosperó y el sur, aún en manos de unos pocos, se estancó. Habría que añadir una última invasión, esta vez interna, la de la mafia, que nació como reacción a los abusos nobiliarios pero se convirtió en una tiranía no menos brutal. La mafia será tema de otra entrada de esta Guía de Sensaciones.

Corleone, pueblo mafioso por antonomasia. Fuente: https://www.lacapital.com.ar/
Digamos de momento que lo que tuvieron en común todos estos gloriosos bastardos es que, al menos parcialmente, reconstruyeron lo destruido, con la mismas piedras que habían derribado, en un proceso de reciclaje histórico. Nuevas heridas sobre otras más viejas.

Vista de Agrigento, desde el Valle de los Templos
Remplo de Apolo en Siracusa.

Esas cicatrices afloran a cada instante sobre el paisaje siciliano. En los caserones semi arruinados o las estatuas mutiladas de Palermo; en las osamentas de los antiguos templos griegos de Agrigento o Siracusa; en las iglesias barrocas del sureste de la isla, que hubieron de sustituir a las medievales y renacentistas, desaparecidas en su mayoría tras el seísmo de 1693; en los bloques de la vieja muralla ciclópea de Cefalú, hoy azotados por las olas; en el paisaje abierto en canal y tintado de cenizas volcánicas mil veces…. Y también en las personas.

Salinas en Trápani, explotadas ya por los fenicios.

Se dice que los sicilianos son, generalmente, desconfiados y herméticos. Mejor no ver, no oír y no hablar. Y que ello se debe al impacto de la Mafia durante los últimos tiempos. Eso en parte puede ser cierto, pero no se debe exclusivamente a la Mafia. La cosa, creo, viene de lejos. Ser un pueblo tradicionalmente gobernado por extranjeros ha de dejar sus cicatrices en el orgullo y en el alma y ser alegremente hospitalario no puede ser fácil. 

Vista de Palermo desde Monreale.

No quiero decir que escasee la hospitalidad en Sicilia pero sí que no es instantánea. Antes viene la mirada inquisitiva, desconfiada, de individuos sometidos a una mano de hierro eterna. Y en eso hay mucho en común con Andalucía y hasta con el Alentejo portugués, dominados desde la Edad Media por grandes terratenientes, por los Alba o los Medina Sidonia, que vendrían a ser aquí los gattopardi (los gatopardos o nobles sicilianos). En el sur ibérico, como en Sicilia, las grandes familias propietarias adoptaron y adoptan el gatopardismo: permitir que cambie todo para que no cambie nada. Este concepto político emana de  la novela “El gatopardo”, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, cuya familia, por cierto, tuvo un hueco, y no menor, en nuestro viaje. Hablaré de ello en el siguiente capítulo.

Fresco de un gattopardo en un palacio palermitano.



jueves, 5 de diciembre de 2019

SICILIA, GUÍA DE SENSACIONES: Preludio




De regreso de nuestras vacaciones otoñales por la isla de los tres picos, Sicilia, cabía escribir algo de una tierra que me ha encandilado y he sentido cercana. Pero esta vez no voy a hacer una crónica de esas habituales mías. No será una crónica al uso, regida por el espacio tiempo, sino una especie de Guía que intente revelar las múltiples sensaciones vividas. Dicho más claramente: cada capítulo pivotará sobre un tema, como si de epígrafes de una Guía de Sensaciones se tratase. Por poner un ejemplo, hablaré sobre el tráfico, que ha marcado nuestro viaje, dado que he conducido siete días. Y porque en eso los sicilianos son únicos, como ya contaré. Otro capítulo homenajeará a los sicilianos, tan parecidos a los andaluces; otro a Palermo (quizás dos)…. En fin.


He elegido este formato en mi creencia de que, más allá de las fotografías y los datos, las emociones deben ser el pincel (oculto, desde luego) que coloree los viajes y los lleve más allá, hacia la aventura. Y ahora que empiezo a escribir, debo confesas que tal jugo de sensaciones comienza a bullir en esa marmita que tengo por cabeza. Tengo grabado en la mente, entre otras cosas, el trazado urbano de Palermo, donde ronda un duente y saltan tres palacios y dos iglesias si das una patada a una baldosa; y el sol, los dos azules (del cielo y el mar) y el blanco de las salinas de la Sicilia africana, que me evocaron la llegada fenicia tres mil años atrás; recuerdo un pueblo de la costa sur, con su medina árabe y su judería, y su pequeño teatro construido en el siglo XIX por la gente, tras una breve revolución; en Siracusa, ya en la costa este, resplandece la isla de Ortigia, con sus caravaggios y su catedral asentada sobre columnas dóricas; en el mercado del pescado de Catania, donde las almejas juegan a ver quién lanza el chorrito más lejos, los sentidos se desbocan, azuzados por una algarabía general, por el caos cotidiano perfectamente ordenado.


Para terminar diré que conocer Sicilia, ha ido más allá de lo que esperaba: ninguna decepción, alguna boca abierta, eso sí. Y, en ciertos lugares, admiración cercana al paroxismo (eso que llaman síndrome de Stendhal); y, lo mejor, gran cercanía con el pueblo siciliano, que puede presumir, como el andaluz, de arrastrar desde hace siglos su gran saco de Cultura.

PRÓXIMAMENTE, el primer capítulo de esta guía. Así que AL LORO.


domingo, 19 de mayo de 2019

Música en Segura



Suelo escuchar algo siempre mientras escribo, hoy no será necesario. Inicio esta nueva crónica viajera justo cuando entra por mi ventana el refrescante sonido del piano de mi vecino, un desconocido que lo mismo pulsa las teclas que tañe su violín.
Porque la cosa va esta vez de música, del pequeño y precioso (collejo se diría en Granada) festival de Música en Segura (de la Sierra), que este año cumple su VI edición.



Este certamen es anunciado como “un festival de delicatessen musicales” y eso es exactamente lo que allí se ha ofrecido. No sólo por las actuaciones, de pequeño formato. También por sus novedosas y delicadas propuestas que suelen tener como protagonistas a jóvenes prodigios. Y además, valga el tópico, por el marco incomparable donde tienen lugar: Segura de la Sierra, que figura por méritos propios en la lista de los pueblos más bonitos de España. 



una de las actividades del Festival Música en Segura. Fuente: www.horajaen.com.
Hay que añadir otros conciertos en pueblos cercanos de la Sierra de Segura. Pro ejemplo, en Orcera, donde este año se ha programado una actuación junto a una torre musulmana del siglo XII. Allí, entre olivos y a la sombra del tapial casi milenario de la fortificación almorávide ha sonado una flauta barroca interpretando a Telemann.

Fuente: www.horajaen.com

Pero no sólo de música clásica vive el festival. Hay también flamenco o jazz, exposiciones para agitar la mente a partir de sonidos, citas donde se come al son de la música, yoga, conciertos para niños y en residencias de ancianos y algunas otras cosas. Todo, gracia a la extraordinaria imaginación y encomiable empeño de sus organizadores.
Y, hablando de eso, el principal promotor de este festival es Daniel Broncano. Sí, eso es, el hermano del mediático David Broncano quien, por cierto, se marcó el primer día un monólogo musical y arrimó después el hombro de voluntario. Afortunadamente para él, no tuvo que sufrir el acoso de los asistentes, más interesados en la música que en la farandula televisiva. Aquí el verdadero “moztruo” es su hermano, excelente persona y reconocido solista de clarinete en los círculos de música clásica. Y nacido en Orcera, como yo, aunque algunos, bastantes años después.

Los dos hermanos Brocano. Fuente: elpais.es


Como ya he señalado antes, el programa de la sexta edición de Música en Segura es variado y jugoso. Yo sólo me voy a referir a los dos conciertos a los que asistimos mi padre, mi esposa y yo. Ambas tuvieron como escenario la iglesia de los jesuitas, un templo desacralizado de impresionante acústica, adecuado para grupos de poco calado. No sé si serán las perfectas dimensiones, tal vez la piedra de toba con que está hecha la iglesia, pero la sonoridad es inigualable.


La primera actuación, denominada con razón “El violín de Einstein”, giraba en torno al poco conocido dato de que el genio físico tocaba, con mayor o menor fortuna, el violín. El repertorio incluía obras de su preferencia, escritas por J. S. Bach, W. A. Mozart, J. Brahms y B. Martinu, que interpretaron el violinista Miguel Colom y el pianista Antonio Galera. Entre pieza y pieza el escritor Ernesto Rodríguez Abad leía textos sobre la relación de Einstein con la música y también con la literatura. Por ejemplo, su libro de cabecera fue El Quijote. 


Nos encantó esta sesión, pero no tanto como la del día siguiente en el mismo escenario. Comparecía ante una audiencia relajada y nada emperifollada (algo extraño en este tipo de eventos clásicos) el Natalia Ensemble. Este grupo de músicos jóvenes, en este caso nueve, conforman una orquesta reducida a su mínima expresión: cada sección orquestal queda representada por un único instrumento. A saber: violín, viola, cello, contrabajo, flauta, oboe, clarinete, fagot y trompa. Como informal director, ejerce el violinista, sustituyendo la batuta imposible con cabeceos e indicaciones faciales. La idea es recuperar una tradición en boga durante el siglo XIX: que una pequeña orquesta compareciese en espacios reducidos interpretando sinfonías pensadas para grandes formaciones. De ahí que la actuación se denominase Sinfonías de salón.
Con más músicos que el día anterior, pero tampoco demasiados, la acústica del antiguo templo jesuítico resultaba aún más adecuada. Y el programa muy apetitoso. Para abrir boca, un entremés delicioso: la obertura, también llamada sinfonía, de El barbero de Sevilla de G. Rossini. Aquí una grabación casera de los primeros momentos:



A Rossini, tan aficionado a la gastronomía, le hubiera placido estar allí, sobre todo porque después, en el entreacto, con el botellín de cerveza servían ricas tapas serranas. A saber, fritao (pisto de tomate y pimiento y buen aceite segureño) y ajoatao (un híbrido de ali oli y puré de patatas con huevo crudo). 


Y para llamar al público a la sala, en vez de la consabida campanilla sonaba un rústico pero bien afinado cencerro.
La segunda pieza de este concierto fue la Sinfonía en Re menor de J. C. Arriaga. Conocía de oídas a este compositor bilbaíno, al que han llamado el Mozart español. Pude comprobar, una vez oída su música, que se merece sobradamente tal epíteto. Lástima que falleciese con sólo 19 años, víctima, al parecer, de agotamiento provocado por sus innumerables compromisos en París. La última parte del programa era la tercera Sinfonía de L. van Beethoven, la llamada “Heroica”. Menos conocida que otras, se considera que esta obra cambió el rumbo de la música clásica. Por su novedoso estilo y su mayor duración, se la clasifica como la primera sinfonía romántica. Para quien tenga un buen rato, pongo aquí la Heroica al completo, por esta formación en otro escenario:



Una vez finalizado el concierto, el público lo agradeció con un largo aplauso. Por ello, Natalia Ensemble nos regaló una pieza de regalo: el Capricho 24 de N. Paganini, quizás la composición más famosa del violinista genovés. Y como el resto del programa, obra también del primer cuarto del siglo XIX. Esta vez el malabar compositivo era a la inversa: los jóvenes músicos ofrecían no una obra en origen orquestal sino otra ideada para un solo instrumento, el violín, adaptada igualmente para una camerata. Esta era la única pieza no arreglada por la propia Natalia Ensemble, sino por José Luis Turina, nieto del más famoso Joaquín Turina.
En fin, todo un banquete este viaje, ubérrimo en música, historia y naturaleza, la que regala la simpar Sierra de Segura, donde se crían caballos tan preciosos como éste de la foto que cierra esta crónica.



jueves, 4 de abril de 2019

Por la Raya de Portugal: Extremadura y Alentejo (y VI)



Vista general de Vila Viçosa.
Al llegar, Vila Viçosa me pareció un lugar desamparado, expuesto a invasores en el pasado y todavía ahora, víctima de inviernos ventosos y veranos inclementes. Hundida en una hoya sería uno de esos lugares donde si entras no sales víctima de algún hechizo. ¿Qué vieron en ella los poderosos duques de Bragança, última dinastía portuguesa, para convertirla en uno de sus bastiones?
Que este fue real sitio se notaba en el alojamiento que escogimos. La Casa do Colégio Velho, hoy palacete turístico, fue una escuela jesuítica hasta que la adquirieron sus actuales propietarios. En la puerta, una encantadora señora mayor, con el pelo teñido de morado, nos recibió hablando perfecto español. “Soy hija de gallega, aprendí español porque entonces no se permitía el gallego”, dijo. Y eso que Franco era del Ferrol, pensé.


Nada más cruzar la puerta, aquel lugar regalaba encanto. Decorado con primor, exhibía pequeños tesoros que retrotraían a la dueña a su infancia feliz, a su vigorosa juventud, a una arcadia familiar: muebles, lámparas de cristal, fotos, cuadros, incluso un armario con trajecitos almidonados de bebé. En las salas de lectura y música podías creerte un pachá. 

Sala de lectura, con un colección de aves de porcelana.

Y era todo para nosotros, ese día estábamos solos. Y la habitación no podía ser más bonita ni estar más limpia.
Cenamos espléndidamente en un restaurante que nos recomendó la dueña y al salir un viento desapacible invitaba a volver al hotel, pero era aún temprano. Decidimos tomar un vino alentejano en una especie de casino de pueblo lleno de parroquianos. Retransmitían un partido entre la Juventus y el Atleti de Madrid. Qué diferentes son portugueses y españoles en esto del fútbol. A pesar de que Ronaldo marcó los 3 goles de su equipo, aquella gente se mantenía impertérrita. Mi mujer estaba especialmente extrañada. Recordaba los bares españoles, donde con la mínima ocasión de gol se monta un estruendo, demasiado para una coreana. Yo, sin embargo sabía que a uno y otro lado de la Raya, las emociones se manifiestan de forma casi opuesta.  
Al día siguiente nos esperaba un desayuno opíparo y exclusivo para nosotros. Encontré especialmente deliciosos los quesos del país. El comedor se abría a un maravilloso jardín con piscina, abarrotado de pequeñas esculturas, plantas y flores sobre los que flotaban aplicados abejorros.



En Vila Viçosa hay mucho que ver: un viejo castillo junto a un ilustre cementerio, conventos, museos, iglesias y, por fin, el palacio ducal. Horizontal, como todos, frente a una gran plaza y, como todos, con su estatua ecuestre. En este caso de Joâo IV, como decía la senhora “el rey que echó a los filipes”, a los Austria españoles, el rey músico. 



Mucha enjundia monumental e histórica, sí, pero todo demasiado previsible y anodino. Quizás fuese simplemente que estábamos en temporada baja. Otra cosa fue el alojamiento y su dueña. Y también notar la melancolía (saudade la llaman en Portugal) que destila esa tierra a la que el clima o una lenta decadencia han tornado en desabrida. Nada mejor para describir esa sensación que una poesía que colgaba en la sala de lectura del palacete y que reproduzco en la siguiente fotografía, con mi traducción adjunta. 


Fue escrita por Florbela Espanca, poeta de Vila Viçosa, precursora del feminismo en su país. Y, no hay más que leerla, una de las cumbres de la lírica lusa contemporánea.

miércoles, 3 de abril de 2019

Por la Raya de Portugal: Extremadura y Alentejo (V)


Templo de Diana, en Évora.
Dada nuestro hora de llegada, descubrimos Évora a la luz de las farolas. En sus callejuelas sembradas de piedras parecían sonar todavía ecos de cabalgaduras, trasiego de mercancías, mujeres de negro y mejillas coloradas, críos jugando al escondite por las esquinas, todo un mundo ya superado pero aún imaginable.


Restaurante Páteo (patio en portugués)
Ese mismo aire de otro tiempo ofrecía el restaurante que elegimos para cenar. Situado en una casa tradicional, sede de una asociación cultural centenaria, ofrecía buena comida alentejana y tranquilidad en justas dosis.

Rincón de la catedral.
Poco más arriba la catedral gótica nos causó una muy buena primera impresión. A su lado conocimos por fin el famoso templo de Diana, una bandera de mármol coronando el cerro. Es la quijada de un foro romano que en su momento debió parecer una acrópolis.
A la mañana siguiente, desayunamos junto al otro gran templo de la ciudad: la iglesia de san Francisco. 



Embadurnado de oro y mármol de colores, el templo es de una suntuosidad desmedida, poco común en Portugal. Tal ostentación podría parecer obscena en un lugar consagrado al santo de la pobreza y la humildad.  



Mucho más de nuestro gusto resultó la catedral. En una construcción gótica el primer impulso es subir. La escalera de caracol desemboca en una terraza con dos torres en los extremos y una batería de pináculos antorchados rematando las barandas. En ellos, los líquenes amarillean la piedra de modo que el sol parece prender las antorchas. 


Abajo, durmiente, reposa el patio gótico, que no tardamos en visitar. Rematan las cuatro esquinas del claustro otras tantas estatuas hieráticas de los evangelistas, que sirven de columnas. 
En una capilla funeraria y, cómo no, polvorienta, descansa el obispo fundador en un sarcófago. En el suelo, abandonados, hay dos leones antropocéfalos. 
Salimos de la catedral para regresar al templo de Diana. 




El entorno había cobrado vida con la luz. Tomamos cerveza en una animada terraza al borde de un pequeño jardín. Un conjunto escultórico recuerda al arquitecto italiano que recuperó el monumento en el siglo XIX, con la diosa agradecida a sus pies. Lástima que se supiera después que el templo no estaba dedicado a ella, sino más probablemente al emperador Augusto.



Comimos en un pequeño local, uno de esos mesones cuyas paredes recargadas exudan historia local y cuentan con un dueño pintoresco, en este caso una especie de hércules luso. Al hablar con él descubrí la retranca alentejana. Después partimos hacia el lugar donde pasaríamos nuestra última noche: la no muy lejana Vila Viçosa. Pero antes, un asunto pendiente: visitar aquel castillo que vimos a la ida, en Evoramonte.


En lo alto de un cabezo una mole con tres cuerpos superpuestos domina el entorno. Bajo la fortaleza del siglo XVI quedan unas pocas casas, vestigio de la antigua población medieval. También se conserva mal que bien el más antiguo amurallamiento que circunda el castillo, con un arco gótico y cuatro cubos rematando las esquinas.


Paseando por el adarve se atisba la magnífica posición estratégica del lugar. Así lo comprendería Geraldo Sem Pavor, el más conocido conquistador portugués, que arrebató la plaza a los andalusíes en 1160 antes de tomar Évora. 

Alhambra inadvertida: Al borde del Extasis

Sueño, fantasía, visión maravillosa, belleza indescriptible... son algunas de las palabras que pueden pasar por la mente de quien contempla,...