miércoles, 30 de noviembre de 2016

Otoño en Corea (III)


El primer día, como decía, comimos antes de llegar a la casa de mis cuñados mayores. A la puerta había una perra jindo coreana con su cachorro, preciosa y simpática representante de la raza nacional. 
Al salir, bloques mastodónticos casi idénticos telonean al bosque boreal: masas de hayas coreanas (llamadas carpes), abetos, aceres rojos, alisos en las riberas o  varias clases de pino, entre ellos el piñonero y dos especies autóctonas, una de ellas ornamental, de tronco retorcido como el cuerpo de un dragón... incluso en las medianas de las autovías, se ven plantados ginkgos de reflejos dorados alternando con el rojo carne de los áceres. Y, de tanto en tanto, la irrupción ante la vista del río Han, primero y luego de los dos afluentes del que nace, el Bukhan y el Namhan, que por sí solos ya son caudalosísimos. Pese a los estragos del desarrollismo, Corea conserva todavía una poderosa naturaleza que deja sin palabras a quien la contempla en otoño, la cual recuerda mucho al norte boscoso de nuestro país. Es como estar en las montañas cántabras, Galicia o Asturias y, en menor medida en zonas húmedas del sur, como la Sierra de Segura.
Antes de llegar, una parada en un lugar turístico. Es el bosque de la Puerta del Dragón, un templo budista, cuya entrada exhibe dos grandes cabezas de esta bestia mitológica. En Corea  los templos dedicados a Buda son el equivalente a las iglesias o catedrales en España, pero siempre rodeados de bosques y a orillas de ríos de montaña. Estos antaño lugares recónditos se ven hoy invadidos por legiones de visitantes de todas las edades y las tiendas de recuerdos y las casas de té hacen un gran negocio todo el año. Junto a los visitantes se ven algunos voluntarios vestidos de monjes, que realizan su particular penitencia ayudando al monasterio. No están libres los budistas de pedir óbolos sin recato a los fieles, lo cual deja en entredicho, según creo, su supuesto afán de santidad. Este limosneo no es tan diferente al que tanto practica la iglesia católica.

Mi esposa con mis cuñados mayores en el templo de la Puerta del Dragón.
Lo destacable en este santuario es el gran ginkgo que se eleva, ya completamente calvo, junto al monasterio. Es un árbol, según se cree, con más de mil años, que exhibe su tronco asarmentado por el tiempo. 


Me acerco a unos mayores que se sientan delante de él, dos comadres y un compadre cuya afabilidad me recuerdan a la gente de mi pueblo. Les pido permiso para hacer una foto y sonríen felices, una de ellos con el ya proverbial signo de la victoria en los dedos que tanto gusta a los coreanos.



De nuevo en la autopista, casi todos los coches son de marcas coreanas, apenas alguno europeo o japonés. No sé muy bien si es por proteccionismo comercial o porque, simplemente, los coreanos saben que sus coches son buenos y salen mucho más baratos

martes, 29 de noviembre de 2016

Otoño en Corea (II)


Hay similitudes entre Corea y España que pasan desapercibidas pero están ahí. Por ejemplo, ambas naciones son penínsulas situadas en puntos estratégicos del Planeta. Una, la española, entre Europa y África. La otra, entre Japón y Asia. En consecuencia, han sufrido invasiones a lo largo de su historia que han marcado su carácter. Además, se hallan a la misma longitud (paralelo 38, la frontera más peligrosa del Mundo). En una determinada época, el siglo X, por ejemplo, en ambas naciones se produjo una edad de oro (nunca mejor dicho), porque ese metal afluía entonces hacia ambas naciones y propició su desarrollo. En ese periodo, en al Andalus (¿tengo que recordar que eso era España entonces?) el Califato de Córdoba era el territorio más desarrollado de Europa y uno de los más poderosos del Islam. Por la misma época, en Corea florecía el reino de Silla Unificado, un estado tan sofisticado como el cordobés y al igual que éste, propulsor de las artes, las ciencias y el conocimiento.
Alero, de un palacio de Shilla, con su dragón guardián.
Qibla de la mezquita cordobesa, contemporánea al palacio coreano.
Pero, con razón alguien pensará que estoy divagando. Y, además, esto es una crónica de un viaje a la Corea del siglo XXI. Pero eso no impide que encuentre las concomitancias que busco. Hay algo que, nada más llegar, me recordó a España: su gastronomía. Fue cuando, tras dejar el aeropuerto, hicimos parada en uno de los muchos restaurantes caseros del país. Allí pude degustar uno de los platos más típicos de Corea:  el sam gyop sal. Consiste en colocar sobre una hoja de lechuga o de otra verdura similar trozos de panceta a la plancha, un puñado de arroz, ajo frito y algún otro ingrediente, más un pellizco de crema picante llamada cuchu caru.

El Sam gyeop sal, bocaditos de carne y verdura en barcos de hojas de lechuga. Fuente: http://www.sbs.com.au/.

A primera vista, éste, como otros platos coreanos, resultarían extraños al paladar español. Para empezar, el cuchu o guindilla coreana se enseñorea de prácticamente todas las recetas y en España los platos picantes son escasos. Además, no hay aceite de oliva, ni pan, ni vino. Pero sí, arroz, aceite de sésamo o  de soja, soju (aguardiente suave de arroz) o makoli (vino de arroz).

Cuchu, polvo de guindilla. Fuente: http://elholandespicante.com.
He dicho que estos cambios chocarían a un español, aunque no tanto, creo yo, como si se enfrentase a una mesa de Centroeuropa, por ejemplo. Al contrario que en ciertos países europeos, de cocina pobre, tanto la gastronomía coreana como la española son muy variadas y dan gran importancia a las verduras. Eso no impide la presencia de todo tipo de pescados y carnes, preparados tanto en platos de cuchara como asados, fritos o a la plancha. Aunque la gastronomía coreana usa muchos más ingredientes, sobre todo verduras y tubérculos silvestres, algunos de los cuales crecen también aquí pero no se emplean. El nabo, por ejemplo, que en España es producto marginal, centra un buen número de recetas. Aunque en Corea, no gozan de las bondades de nuestro ínclito sofrito y de su ingrediente mágico: el pimentón.
El danmuji, rábano encurtido y azucarado. http://aquiyenlaquebradadelaji.blogspot.com.es.

Entonces ¿en qué quedamos, hay o no hay similitudes? Más de las que parece. En mi primera comida en este viaje, otra cosa me llamó la atención. Además del plato principal, toda comida coreana se acompaña con una serie de aperitivos, servidos en varios platitos, que pueden ir de simplemente 3 a 6 o más. Se podría decir que son una suerte de tapas, tanto por su tamaño como por su función de entremeses. 
Obsérvense las tapas coreanas.
En estos aperitivos hay carne o marisco pero predominan las verduras aliñadas, como el kimchi (plato insignia de la gastronomía coreana, a base de col fermentada, de extraordinarias cualidades para la salud).
Kinchi. Fuente: Wikipedia.


Los coreanos aman dos cosas, según creo, por encima de todo: una, los árboles, como decía antes, y dos, su comida. No es extraño que, frente a una mesa, los comensales coreanos se sienten frente a una docena o más de recetas diversas. Y siempre con el auxilio de un cuenco de arroz y una sopa (generalmente de tofu y verduras). 
A esta comida no voy a poder asistir. No tengo ropa adecuada.
Esta abundancia de platos puede degustarse, pero también ser apreciada por los otros sentidos: con el olfato, por supuesto, pero también con la vista, por su delicada presentación y profusión de colores. Es decir, una tentadora oferta procedente de una gastronomía tan variada y saludable como la nuestra mediterránea. ¿Quién le haría ascos a una caballa al horno fuese en Corea o en España?

lunes, 28 de noviembre de 2016

Otoño en Corea (I)

Niña coreana, sin entender nada del follón que la rodea, salvo que va guapa con su hanbok.
Viajar a Corea no es ir a un mundo distante. No tanto como podría creerse. Ya desde mi primer contacto con ese país, hace años, cuando conocí a mi mujer, intuía que no somos tan diferentes. Es más, si nos fijamos en la esencia, en el carácter, somos mucho más parecidos de lo se pueda creer, por aquello de los tópicos. Esa impresión de cercanía con una nación muy lejana y asentada sobre orígenes y señas de identidad tan distintos no era, como he podido comprobar en este segundo viaje, ningún disparate. Lo supe cuando mi amiga Eun Hong me dijo, casi al final del viaje: “Sabes, después de vivir en España varios años, al volver a Corea, no he notado tanta diferencia. Desde luego está el idioma y muchas otras cosas tan nuestras, pero en el fondo es parecido a Sevilla”.
Se dice con razón que los coreanos son los latinos de Oriente. Y, por lo que he podido apreciar, creo que es cierto. Un español se lo pasaría bien en Corea, siempre que no le hiciese ascos al picante y, de ser fumador, soportase con paciencia la ley seca de tabaco que  han impuesto en ese país. De este tema hablaré más adelante, porque va más allá de la simple prohibición.
Prohibido fumar en todas partes. Incluso en casa, se te pueden quejar los vecinos. Este cartel estaba en la calle más turística.
Con estas reflexiones inicio la publicación de una crónica del viaje que mi esposa, Miryang Lee, y yo mismo, hicimos a su país. En otoño Corea es una enorme paleta de colores (rojos, amarillos, ocres, marrones, naranjas…) y el país irradia belleza y serenidad. Sí, desde la misma salida del aeropuerto de Incheon, los árboles se muestran omnipresentes. La gran extensión de espacio forestal propicia, desde un principio, el acercamiento, la curiosidad, la admiración hacia la majestuosa presencia de los árboles, que según creo son el auténtica alma de Corea.
Los coreanos viven rodeados de árboles, plantan durante la distintas etapas de su vida cuantos árboles pueden, disfrutan de ellos visitándolos en todas las estaciones, en especial en otoño. Ese amor se transmite en la costumbre de “abrazar” a los árboles con chalecos, que se puede ver en algunas calles de Seúl o  en las carreteras del sur del país.

Este gesto tan naïf en uno de los países más tecnificados del mundo sirve para definir a los coreanos. Su tardío aunque vertiginoso desarrollo no ha impedido que sigan conservando costumbres como la de adorar a los árboles, como hacían sus antepasados más lejanos. Ya me gustaría que los españoles, pueblo también recién ascendido a la división del primer mundo. nos pareciésemos a ellos en esto. 
Porque en otras cosas, sí que sí. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Los estudiantes lo tienen claro (crónica de la manifestación del 26 0)


"Gobierne quien gobierne, seguiremos luchando", reza la propaganda que iban repartiendo los  del CSE. La Coordinadora Sindical Estudiantil es una de las tres organizaciones que han convocado en Granada la huelga y la manifestación del 26 0 (26 de octubre de 2016). 
Yo estaba allí de paso, no como en la manifestación a favor de la Sanidad del pasado 16 de octubre. Entonces he decidido hacer esta crónica, esperando no despertar demasiado al periodista que aún llevo dentro. No me he resistido a preguntarle al que me ha pasado el folleto algo, ni siquiera recuerdo la pregunta exacta. De sopetón, el chaval me ha largado una descarga de datos, reivindicando en primer lugar su derecho a la huelga, reconocido por la ley. Después ha cargado contra la administración y la universidad por los retrocesos que la Educación viene experimentado desde la crisis, todo ello de modo entusiasta y tranquilo. Para no marearme, me he despedido educadamente.



En la concentración se habían reunido, calculo, cerca de 10.000 personas, casi todas estudiantes universitarios y de secundaria. Desfilaban por la avenida Severo Ochoa con mucho orden y menos bulliciosos de lo que yo esperaba. Quizás porque no les acompañaba una banda. Coreaban consignas del tipo "Menos corrupción, más educación". Y ahí apuntaban bien. 
En efecto, para hacer sus cuentas, el Estado no contabiliza el chorreo incesante que se va en maletines, cuentas opacas, tarjetas black y demás chanchullos de la política empresarial que nos rige. Para la mayoría de mayores (padres o abuelos de estos estudiantes) la corrupción aparece como un mal tan endémico como inevitable. Pero, afortunadamente el Cambio Climático no está afectando todavía a estos jóvenes, cómo no rebeldes. Cuanto más corrupción menos espacio para la Educación, vienen a pensar. Y esto mismo, por cierto, es lo que venían a decirle los peligrosos terroristas que echaron de la UAM a Cebrían y el Felipísimo, aunque creo que se echaron ellos solos pues ni siquiera entraron a la famosa sala de conferencias.
Antes he dicho que la mayoría de los manifestantes eran jóvenes, pero no sólo. También había padres, niños en carritos, bastantes perros y un puñado de ciclistas cerrando la marcha. En fin, que daba miedo ver juntos a tantos elementos peligrosos. Algunos de los cuales, para colmo, gritaban de tanto en tanto "si no movemos el culo nos van a dar por culo". Tanto que hablan y qué mala educación, que diría un tertuliano. 





Tras llegar al final de la manifestación me he retirado cuando la marea estudiantil enfilaba hacia el corazón de la ciudad. Justo al lado, en el Campus de Fuentenueva, se desarrollaban las Jornadas de Recepción al Estudiante, que suelen normalmente tener lugar una semana antes (?). 


Estudiantes colaboran en las jornadas repartiendo agendas del curso y bolígrafos.

Quería echar un vistazo para calibrar el impacto de la huelga y la manifestación en esta actividad, por otro lado saludable, que una cosa no quita la otra. Desde luego, aunque no estaba hasta la bandera había bastante gente. Digamos, unos quinientos estudiantes, de los que un buen pellizco formaban parte de la organización. 




De nuevo he entrado a saco, presentándome como periodista a los estudiantes. Quería saber por qué no estaban en la mani. Las respuestas han sido: por miedo, no sé qué puede pasar; porque estoy recién llegada y no conozco a nadie, que si no iría (por dos veces); porque ya hemos estado y queríamos venir aquí también. 
Otra chica me ha dicho que tenía un examen muy importante pero que comprendía algo pero no mucho de lo que pasaba. Finalmente uno que entraba por la puerta se ha justificado diciendo que estaba "trabajando" allí, para finalmente confesar que no estaba muy bien informado.
Cuando he salido de las jornadas de recepción, he recordado el folleto recibido un momento antes y he decidido leerlo. La CSE achaca al Ministerio que se trate al alumnado como mercancía humana, un gasto de más que hay que deducir del debe para sacar adelante al país. Y me pregunto ¿tiene precio la educación, esa semilla que hay que asentar bien sin reparar en gastos porque eso al final redundará en beneficio de España? ¿Acaso algo tan importante puede reducirse a un simple debe y haber en los gabinetes ministeriales? ¿En qué clase de negocio están metidos los que manejan nuestra educación?


La otra cara del folleto del CSE. Se puede leer perfectamente.

domingo, 16 de octubre de 2016

Granada despierta con un NO al reordenamiento sanitario


Desde mi casa en la Vega, cojo la bici, subo por el río Genil, como siempre, en busca de la ciudad. Pero éste no es un simple paseo, esta vez es diferente. Hay una manifestación, otra, después de mucho tiempo, una convocatoria que promete. 
Todos debemos, a ser posible, ir de blanco. No sé cómo va a ir la protesta, sé que es necesaria, es por el estado de salud de Granada, y por eso estoy aquí. La cosa es que se va a dividir el sistema sanitario granadino en dos medio hospitales, uno a cada lado de la ciudad, con 14 kilómetros de autovía por medio. Es decir, que habrá cosas que se traten en uno y otras en el otro. Muy lógico, un olé para el idiota que contravino el plan inicial de crear dos hospitales completos e ideó esta insensatez. 


Una plataforma, iniciada y liderada por un tal Spiriman, médico de urgencias, es la convocante, ya que, que, tras 3 meses de funcionamiento, el modelo impuesto por la Junta se ha demostrado inapropiado e irracional. Personas del sur, tienen que ir al norte, porque no hay personal de su especialidad en su hospital. Y viceversa. Eso significa que para r a uno u otro centro el enfermo debe autodiagnosticarse. O preguntarle a un taxista. Se producen, como es lógico, errores a menudo, lo que deriva en un nuevo traslado. Se requieren así más ambulancias y más procedimiento. En fin que no han cambiado las cosas des aquel: "Vuelva usted mañana", de Mariano José de Larra.
Por eso estoy aquí, aparcando ya la bici, al borde de la marea blanca. Una manifestación, como las del 15 M, con su banda de batucada, pero, sorpresa, sin banderas de ningún sindicato o partido. 
Esto promete, me recuerda a aquella primera manifestación de 15 m, la primera, o sea la del 15 de mayo de 2011, fecha que se antojaba lejana,  pero que ahora parece rebrotar. ¿Y por qué? No cabe duda de que, la sanidad, al contrario, al parecer, que la política, DUELE de verdad  y mucho: lo que está en juego va más allá de lo que pase en Granada, es el futuro de la sanidad española, de ese bien que ha servido a España tan dignamente hasta ahora, que ahora nuestros estúpidos e interesados políticos pretenden tirar por el desagüe. 


Estos pensamientos me vienen en medio del ya tsunami popular, en plena Gran Vía. Ahora me he colocado cerca de los chicos de la banda, verdadera alma de la protesta. Al doblar la esquina entre Gran Vía y Reyes Católicos, me doy cuenta de que esto es mucho más grande de lo que esperaba. Hay muchos miles de personas aquí, después he aventurado que el número real de manifestantes podía acercarse a los 100.000 (la cifra oficial 40.000). Pero esto no es una masa descontrolada, la gente, muy tranquila y apacible, apenas lanza proclamas, no es necesario. Bueno, eso sí, de vez en cuando de entre la multitud brota algún trovador, que se inventa una letrilla, y la lanza con entusiasmo al aire: 

Yo soy el enfermito
Que no tiene hospital
Que va buscando urgencias 

Por toda la ciudad. 


En este ambiente festivo se desarrolla la manifestación. Estamos tranquilos y hasta juguetones, pero una cosa no quita la otra. Estamos allí a miles diciendo NO a muchas voces. Y eso siempre es de agradecer. Y eso les jode y mucho a los políticos, esos que dicen representarnos.


Salgo de nuevo de mi ensimismamiento y miro arriba. No se ve a nadie en los balcones. Me pregunto, y no soy el único,  por qué esta gente bien no sale. Tal vez estén hartos de que su calle sea invadida continuamente por manifestaciones que, para colmo, nos les dicen nada, ni les competen. Para algo está la privada. O eso creen ellos.
Al llegar a Puerta Real, la manifestación acaba con unas palabras de Spiriman. Su alocución me ha parecido sensata y bien razonada. Reconozco que que me ha impresionado lo que ha dicho sobre cómo deben trabajar los profesionales de la sanidad: "Va a resultar imposible con este sistema partido en dos que los médicos puedan coordinarse, asistirse y aconsejarse tal como debe ser, que no podrán actuar como un sólo médico". Y luego, saliéndose del programa, ha añadido: "Un medico, que aquí se ha mareado alguien". 





sábado, 1 de octubre de 2016

El falso milagro de Los Beatles



12 de junio de 1964, día nublado en Adelaida, hace frío pero todo el mundo está fuera. Unos chicos de Liverpool son capaces de hacer que salgan a la calle unas 300.000 criaturas, unas porque han caído presas de la Beatlemanía, otros por simple curiosidad. Todo ha ido muy rápido desde que John, Paul George y Ringo triunfaron en Estados Unidos (los primeros británicos en lograrlo). Y lo han hecho arrasando con su desparpajo y la frescura de sus canciones. Se han, merendado al público norteamericano y ese impulso los ha llevado hasta Australia, no saben muy bien cómo. Lo cierto es que, saludando mecánicamente desde aquella balconada, estremecidos por el oleaje de la multitud, se sienten como reyes. Ellos, que hasta hace poco eran una banda de entusiastas adolescentes, que sólo tras irse a Alemania obtuvieron cierto reconocimiento y tuvieron que tocar hasta la extenuación para no dejar escapar la cometa donde anidaba el sueño de triunfar. Un sueño mucho más modesto que el que ahora, hecho realidad, están viviendo. Es increíble, piensa John, absolutamente alucinante. Y Paul: Adoro a estos aussies, están más locos que nosotros. George simplemente está demasiado agotado y aturdido para pensar y se abandona al puro goce. Lo de Ringo es aparte. Como los otros, se siente contento y asombrado al tiempo, pero está  un poco más cansado. Acaba de pasar las paperas a una edad peligrosa (24 años) y se siente todavía débil. Tal vez por eso se fija en aquel lisiado que, contagiado por el frenesí general, avanza a trompicones entre la muchedumbre dando gritos y alzando al aire de tanto en tanto una muleta. 
Dick MacCormick, paralítico de una perdida barriada, ha hecho un gran esfuerzo para estar allí. No es que conozco demasiado a los Beatles, apenas ha oído alguna canción, pero si todo el mundo va ¿por qué no él? Ha sido pues el orgullo lo que lo ha arrastrado hasta allí. Eso y la media petaca de whisky que acaba de trasegar. Ahora se siente eufórico, capaz de cualquier cosa, de transgredir más que nunca las reglas, de saltarse cualquier ley. Incluso la ley de la Gravedad. 
Apoyándose en una sola muleta, Dick alza penosamente su cuerpo contrahecho y logra mantener el equilibrio muy dignamente. Nota en sus piernas un vigor nunca sentido antes, al tiempo que el alcohol acribilla su mente y comienza a nublarle los sentidos. Es entonces cuando tiene la visión. En el palco, allí, a lo lejos, un anillo de luz envuelve a los cuatro beatles, que fulgen como santos. Coronas doradas flotan sobre sus renombradas melenas. Enfervorizado, mientras suelta la muleta que le sujeta, grita un alleluyah, estoy curado que se pierde en el griterío general.
Desde el palco, Ringo, que no había parado de fijarse en él, lo ve desplomarse como un muñeco. 
En el suelo quedará tendido, derrotado por el alcohol y roncando ya pero con una sonrisa feliz en el rostro.





lunes, 29 de agosto de 2016

Nuestro zorro Kike (esto no es cuento)

 


No podía creer que un zorro, animal huidizo y receloso como pocos, me mirase como un perro a sólo dos pasos de la puerta de casa. Pero así era.
Este verano, como siempre, hemos buscado refresco y sosiego en la Sierra de Segura. Nuestro cortijo está cerca de una carretera, eso sí, pero lo suficientemente aislado para que a él se acerquen sin demasiada prevención todo tipo de criaturas: luciérnagas que durante dos noches alumbraron el mismo umbral de la entrada o una mantis asidua de nuestra ventana y de las polillas que pugnan por atravesar el cristal; lagartijas y lagartos tan inocentes que se dejan coger como si lo de huir no fuera con ellos; gamos que bajan a beber al cercano río tan confiados que los podemos ver sentados en una silla si ellos no nos huelen; jabalíes que, al atardecer, hozan en la espesura, a la espera de la noche, en que se acercarán a devorar frutas caídas de nuestros árboles; ardillas que recorren las cúpulas arbóreas para encontrarse en la copa más alta en disputa de su aéreo territorio; cabras montesas en permanente equilibrio allá donde nadie puede acceder; culebras que no dudan en abandonar su vieja camisa delante de nuestro porche; aves rapaces nocturnas y diurnas y otros pájaros de feliz canto en aquel pequeño edén…
A todos estos animales los sentíamos cercanos y demasiado poco salvajes, pero no podíamos esperar que una raposa se tumbase frente a nosotros como un perro, una vez le dimos, no sin cierto recelo, algo de esa comida que sus ojos pedían tan vehementemente. 


No, eso no es precisamente muy corriente. Todo el mundo sabe que estos animales no se dejan ver casi nunca y si lo hacen siempre será de lejos, a salvo de las escopetas. No cabe duda de que el hombre es su mayor enemigo, extinguido ya por éste otros depredadores del zorro, como el lobo, el lince o el oso. Su perdición desde siempre han sido los gallineros y en la conciencia colectiva humana están impresos, desde generaciones, los desaguisados obrados por estas “alimañas”. Es sabido que entre los alimañeros, la mayor especialidad, por ser la más complicada, es la de zorrero. 
Entonces, qué podía haber ocurrido para que ese animal, paradigma de la astucia, dejase de lado su natural prevención y se acercase a mí, es decir a un representante de su ya único y terrible ángel exterminador. ¿Podría saber él que nosotros no teníamos ni demostrábamos animadversión alguna hacia él? ¿Era en realidad, por más insólito que pareciese, un zorro domesticado que tan sólo merodeaba por nuestros dominios, como haría un perro callejero? Esas preguntas nos hacíamos la primera vez que lo vimos el pasado mes de julio. Al no poder responderlas, nos limitamos a ponerle por nombre Kike.
Al volver al sofoco de Granada, quedamos con mi hermano y su novia para tomar unas cervezas y comentamos nuestro, cuanto menos, llamativo encuentro con el zorro Kike. Nos dijeron que también lo habían visto unos meses antes. Incluso habían sabido que el animal fue recogido siendo un zorrillo por un pastor, que, al parecer, no había logrado domesticarlo. Así pues, siguiendo a su instinto, había escapado pero sin olvidar al hombre ni el fácil alimento que éste le proporcionaba, en esta caso de mis manos. Y tal parecía la explicación de su comportamiento.
A pesar de todo, seguía pareciéndome un hecho insólito, nunca jamás había oído de nada parecido. Lobeznos o algún osezno domesticados y hasta amaestrados, sí, pero zorros, jamás. ¿O sí?
Intrigado, busqué información en internet y tengo que confesar que me llevé una pequeña decepción. Mi experiencia no era para tanto. La domesticación de zorros (siempre que se tengan desde cachorros) no es algo corriente, pero tampoco infrecuente. Si sus cuidadores aciertan a conducirlos, pueden cuajar a un zorro sin nada que envidiar al más juguetón y melindroso de los perros. En el siguiente vídeo se puede ver a alguien que lo ha logrado:


Luego, no es tan difícil. Buscando, buscando, encontré noticias del experimento del doctor Belyájev, un etólogo ruso que, en la segunda mitad del pasado siglo realizó un interesante experimento con zorros. Pretendía demostrar que la domesticación del vulpes vulpes era posible. Para ello se guió por las mismas pautas que, según él, utilizaron los humanos hace unos miles de años para domesticar a otros animales, como el perro o el gato. Es decir, seleccionar a los individuos más dóciles durante generaciones para lograr finalmente zorros completamente afines a sus cuidadores. Se desplazó a una granja de zorros criados para la infame tarea de servir de abrigos a ciertas señoronas. Los criadores le ayudaron a escoger aquellos menos agresivos y finalmente compró 130 ejemplares. Armándose de paciencia pero con la seguridad de que su intuición no le fallaría, Belyájev logró en tan sólo 10 generaciones que algunos de sus zorros se comportasen como el animal del vídeo anterior. En términos temporales eso pueden ser tan sólo unos 6 o 7 años. Avanzado el experimento, al cabo de 35 generaciones, es decir, unos 20 años, hasta el 80 por ciento de los zorros se mostraban ya completamente domésticos.
Pero no quedó ahí la cosa. Aunque el etólogo ruso sólo había empleado en su estudio una característica selectiva, es decir, la docilidad, el proceso había generado otros cambios. Aparte de variar de comportamiento, los zorros de Belyájev habían trocado también parte de su aspecto. 

Uno de los zorros de Belyájeb, con pelaje blanco y negro.
Cada vez con más frecuencia, presentaban pelajes distintos o colas erguidas y hasta torcidas y no a ras de suelo, como es común en los zorros; y a muchos se les caían las orejas como a ciertos perros. Esto es, lo que sucede habitualmente en animales domésticos conocidos. La Naturaleza, siempre dispuesta a propiciar cambios, había ido mucho más allá de lo que pudiera soñar Belyájev: le había regalado toda una batería de fuegos artificiales evolutivos.

El profesor Belyájeb, con algunos de sus zorros.

La conclusión que saqué es que la domesticación del zorro no es tan complicada y no ha de pasar mucho tiempo para que esta inteligente criatura pase a ser un animal extremadamente útil para el Hombre. Pero, hasta que llegue ese momento, ¿cuántas personas pueden decir que han podido darle de comer a un zorro salvaje con la mano?




Alhambra inadvertida: Al borde del Extasis

Sueño, fantasía, visión maravillosa, belleza indescriptible... son algunas de las palabras que pueden pasar por la mente de quien contempla,...