sábado, 8 de agosto de 2015

Ronda: la ciudad de las cien miradas (III)


Llegados aquí aprovechamos para hacer una visita a los alrededores de la ciudad. Tomamos una pista cercana que nos va a llevar a la ermita de la Virgen de la Cabeza, donde se conserva una antigua iglesia mozárabe. Antes de llegar, atravesamos la hondonada que veíamos desde el puente. Aquí, más que en ninguna parte, se aprecia la condición de acrópolis de Ronda, asentada sobre una meseta. 

Vista de Ronda desde la Virgen de la Cabeza. Fuente: https://turismorondaygenal.files.wordpress.com
Seguimos hacia la ermita. Allí, junto a  un  patio encalado con arriates de flores y una pequeña ermita, se abre  en la roca viva un antigua iglesia rupestre, que más bien era un monasterio. Bajo el templo hay una zona doméstica que dio cobijo en su momento a una pequeña comunidad de monjes mozárabes. Parece que en Ronda los cristianos constituían una  importante minoría, con bastante más peso que los judíos. De hecho, existen restos de otra iglesia mozárabe, la llamada iglesia de la Oscuridad.

De vuelta a Ronda, atravesamos la puerta de al-Mocábar buscando el barrio del Espíritu Santo, donde la iglesia del mismo nombre presenta aspecto más de fortaleza que de templo. Fue iniciada el mismo año de la conquista,  cuando la guerra todavía no estaba concluida. Hablaremos más adelante de la conquista. Ahora transitamos por calles sobre las que se levantó un día el arrabal alto, uno de los dos barrios periféricos que conformaban, junto a la medina, el trazado urbano de Takarunna. El otro, llamado arrabal bajo, tenemos que buscarlo a los pies de la medina. Hacia allí, nos dirigimos, pero antes nos detenemos junto a la torre de san Sebastián, un antiguo alminar con reminiscencias magrebíes en su arquitectura.
Alminar de san Sebastián. Foto del autor.

viernes, 7 de agosto de 2015

Ronda: la ciudad de las cien miradas (II)



Santa María la Mayor. Fuente; codiazfer,blogspot,com

Callejeando, llegamos hasta la Iglesia de Santa María la Mayor, que, como de costumbre, se asienta sobre el antiguo solar de la mezquita aljama. De época musulmana apenas se conserva parte del mihrab, junto a la puerta de acceso. Vale la pena hacer un esfuerzo para imaginar qué aspecto podría presentar esta zona a finales del Califato y durante los algo más de cincuenta años de vida de la taifa beréber de los Banú Ifrán. El alminar de la mezquita se elevaría sobre el resto de los edificios; muy cerca, habría un gran baño para atender a los fieles antes de ir a la oración. Y los zocos, con sus tiendas-taller, las alcaicerías de joyas y perfumes y las alhóndigas para almacenar mercancías y dar cobijo a los mercaderes, formarían un abigarrado trazado urbano sobre lo que hoy es un espacio despejado: el parque de la duquesa de Parcent. Más allá de los zocos, dominando la medina a un lado y al otro del camino de Algeciras, se levantaba la gran alcazaba en el lugar donde hoy está el colegio salesiano. En este punto, sin duda uno echa de menos más que en cualquier otro sitio la antigua fortaleza que, hace apenas cien años, era todavía una corona perfecta para una ciudad muralla.

Rincón de un foco de Marruecos. Fuente: http://www.carnets-voyages.org/

En cualquier caso, aún podemos adivinar buena parte del recinto murado a los pies de la antigua alcazaba. Era este flanco nororiental el más vulnerable, la zona donde la ciudad, desprovista de la barrera natural que en el norte forma la garganta del Guadalevín, se encontraba más desnuda. Nos dirigimos hacia la puerta de al-Mocábar, situada algo más abajo, en la salida de Algeciras. Su nombre, recuerda José Manuel Castaño, hace alusión directa al cementerio, o maqabir, que existía extramuros. Sobre las tumbas musulmanas construyeron los cristianos el barrio de san Francisco, nada más tomar la ciudad. Esta puerta y los paños que la envuelven se encuentran admirablemente conservados pero presentan un elemento extraño: una puerta renacentista de tiempos de Carlos V. Eso era algo común, una forma con la que los cristianos reafirmaban su poder sobre los conquistados.


jueves, 6 de agosto de 2015

Ronda, la ciudad de las cien miradas (I)




Vista desde el puente del borde de la Alameda del Tajo. Foto del autor.
Al llegar a Ronda doy rienda suelta a un impulso inevitable: pararme en el famoso puente, colgar la mirada y dejarla volar desde sus casi cien metros de altura para confirmar que estoy en esa ciudad mágica que tanto alaban los viajeros. En el lado oeste, el tajo, espectacular, termina bruscamente en un barranco por el que discurre el Guadalevín, el cuello de botella de una gran hondonada que un día fue un lago. Como telón, la serranía traza en el horizonte su frontera azul. En el otro lado del puente, el tajo se convierte en espectáculo para la vista. Las casas cercanas, los jardines aterrazados se acoplan perfectamente a la piedra y la ciudad se mira, íntima, a sí misma. Al fondo descubro otros dos puentes: el llamado viejo o puente cristiano, y otro apenas perceptible que hay más abajo, el puente árabe. Estas dos miradas son sólo las primeras que ofrece esta ciudad, que siempre ha hecho virtud de su aislamiento y que, por eso, parece más fantástica que real, continuo descubrimiento para el que pasea por sus calles.

El Puente Nuevo, desde la Alameda del Tajo. Foto del autor.

El  tajo divide la ciudad y también determina el desarrollo de su historia. Hay una Ronda Vieja y una Ronda Nueva a cada lado de la garganta. La primera es la que se encuentra al sur y hacia ella me dirijo en primer lugar, porque me he propuesto descubrir o, al menos intuir, el aspecto que podía tener la antigua ciudad musulmana que un día fue llamada Takarunna. Para ello contaré con la mejor ayuda posible, la de los arqueólogos José Manuel Castaño y Pilar Delgado. Pilar Delgado me hace notar que la zona donde se encontraba la medina es llamada en la actualidad barrio de la ciudad (medina es ciudad en árabe). Nada más cruzar el puente torcemos a la derecha en busca de la plaza del Ayuntamiento, donde se ubicaba la mezquita mayor. Para llegar allí atravesamos una zona de casonas nobiliarias, algunas de las cuales, esconden tras su fachada cristiana, viviendas de época musulmana. Este el caso de la Casa del Gigante, llamada así por tener la escultura de un gigante de época íbera. Se trata de la típica vivienda con un patio central del que parten todas las estancias, una concepción doméstica heredada de la villa romana (1).
Valle del Guadalevín, desde el Puente Nuevo. Foto del autor.


(1) Este artículo fue publicado originalmente en la revista El legado andalusí, nº 19. Esta versión contiene ligeras variaciones, pero no es una reescritura.

miércoles, 1 de julio de 2015

La Ley mordaza comienza a aplicarse con trazos gruesos


(Transcripción de una crónica radiofónica emitida por Internet en la web www.ErrathaNews.cer, que acaba de ser clausurada hace sólo unos minutos. El Blog de anillas lamenta esta circunstancia y se solidariza con este medio a riesgo de ser clausurado también).

Cercedilla, 1 de julio, 10 h.
Redacción.

Hoy, 1 de julio de 2015, entra en vigor la Ley de Seguridad ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, y ya nos llega una crónica que, como verán, demuestra a las claras qué serio se han tomado las autoridades la aplicación de la nueva norma. En estos momentos, una redactora está tomando nota de lo que le cuenta Cele de la Torre, nuestro corresponsal, desde el barrio de la Paz en Carabanchel. Lamentamos admitir que no hay otra forma de saber qué esta sucediendo, dado que la policía ha confiscado tanto las cámaras como los teléfonos de nuestros enviados, habiendo conservado Cele su móvil de bolígrafo, con el que nos habla. Pero, me cuentan que hay problemas. Me acerco en estos momentos a la compañera que transcribe y le pido el móvil para que podamos oír lo que nos está contando.

-       - Pero, caballero, no pueden hacer esto, hay libertad de prensa, la constitución y todo eso, señor…
-       - Que te calles, coño, atízale.
-       - No, por favor, no…ay, ay…..
-       - Oye, Cele, ¿me escuchas?.... (… ) Ha colgado.

Última imagen captada por Cele de la Torre con su bolígrafo móvil.
Definitivamente, Cele no puede ponerse.
Pero aquí precisamente me llega la crónica dictada por este esforzado redactor a nuestra compañera Neus. Se la transcribo:
Todo empezó a primera hora de la mañana cuando un grupo de ciudadanos de este barrio de la Paz de Carabanchel se reunía para tratar de impedir el desahucio de una familia convecina. Según aseguraban todos, pensaban resistir frente a la puerta con uñas y dientes. Las quejas arreciaban cuando se recordaba que en aquel barrio deprimido los desahucios están a la orden del día.
Nada más comenzar la reunión, han aparecido dos furgonetas repletas de policías debidamente equipados, sin placa identificatoria y dispuestos a hacer que la ley se cumpla a rajatabla. Eso ha sido hace unos minutos. Antes de entrar en faena, la policía nos ha confiscado del equipo y los móviles, como harían con vulgares delincuentes. Según parece, la nueva norma permite impedir su labor a los periodistas. Afortunadamente, he logrado burlarles con mi bolígrafo móvil y puedo, desde una esquina y a corta distancia, emitir esta crónica, que retomo ya.
Amigos, he asistido a muchos desahucios, de hecho mis seguidores si los tengo sabrán que soy todo un especialista. Pues bien, nunca había visto cosa igual. Les cuento lo que veo en estos momentos. Para no ser muy explícito, diré que los policías, más que haciendo cumplir la ley, parecen estar sacudiendo a unos dummies en uno de sus campos de prácticas. Los vecinos caen como fardos y se ve mucha sangre. Sí, nunca he asistido a nada igual en todos estos años. Pero, esto tiene mala pinta, creo que voy a tener que interrumpir la crónica….
Y hasta aquí llegó el relato de los hechos en Carabanchel, en este primer día de aplicación de la Ley de Seguridad Ciudadana que tantas quejas y oposición ha desatado. Desde los tiempos de aquella otra mayoría absoluta, bendecida por el brazo incorrupto de santa Teresa, no se había visto nada igual.


La noticia del día, según el veterano diario “Arriba”.

martes, 30 de junio de 2015

El Poseokjiong: copas flotantes y poesía



Cuanto más me adentro en ella más fascinante me resulta Corea. Se podrían haber escrito unas “Mil y Una noches" de Extremo Oriente con un Simbad de ojos rasgados viajando de China a Japón atravesando sin remedio el puente natural de esa ruta. Escenario de uno de esos cuentos podría haber sido el Poseokjeong (literalmente “pabellón de la caracola de mar”).
 
El Poseokjeong del antiguo palacio real de Gyeongju

 Para sí hubieran querido en la corte bagdadí de Harun al Rashid o en la Medina Azahara de al Hakam II este sofisticado tablero de juego para combinar, como se sabe que hacían con gusto, poesía y vino. Y hacerlo, además, con la bendición del agua, tan venerada por la cultura islámica
El poseokjiong era una más que peculiar acequia alrededor de la cual se reunían el rey y sus íntimos para organizar justas literarias. Su forma y funcionamiento bien podría haber nacido de un sueño, por lo que no dudo en calificarlo de artilugio surrealista, Digo más. A Dalí le hubiera encantado incluirla en alguno de sus cuadros, junto a sus lánguidos relojes.
Pero, expliquemos que clase de juegos se desarrollaban en ella. 
Una vez reunidos a su alrededor el rey y su selecta concurrencia, un copero real, se supone, escanciaba algún tipo de bebida alcohólica (vino de arroz, aguardiente de soju…) en unos vasos de extrañísimos diseños, acordes al juego del que iban a formar parte. Lejos de ir a la mano de cada uno de los invitados, los recipientes eran entregados al agua, botados como peculiares barquitos de cristal. La leve pendiente de la acequia, que brotaba de una gárgola con forma de tortuga (hoy desaparecida), permitía la navegación de las copas en el flujo incesante de  la corriente. En su errático periplo, los vasos debían pugnar por no quedar atrapados en meandros y remolinos. Cuando esto sucedía, el primer participante frente al cual quedaba flotando un vaso tenía la severa responsabilidad, tras beber de un solo trago el licor, de iniciar la competición literaria recitando un verso. A continuación el vaso era llenado de nuevo y devuelto a la corriente mientras el poeta introductor retaba a otro de los invitados a que continuara la poesía. Éste último tenía la obligación de componer un verso que continuara al primero de forma digna, con una composición y rima adecuada. En caso de que otra copa se detuviese ante él y no hubiese terminado su tarea, tendría que beber el licor de una sentada tantas veces como fuese necesario. Mientras tanto, a medida que las copas iban deteniéndose frente a otros invitados, surgían nuevos poemas de la acequia, composiciones que, es de suponer, resultarían cada vez más jocosos a medida que el alcohol calentaba la imaginación de los contertulios, sobre todo la de los menos inspirados.
La velocidad a la que fluían las copas en este insólito circuito dependía tanto de la grotesca forma de éstas, como de si estaban más o menos llenas o del caudal con que se regulase la corriente de agua. De este modo, se podrían establecer distintos niveles de competición, de mayor o menor dificultad según los parámetros antes citados.

Espectacular vista de la antigua capital de Silla.
El poseokjeong se puede visitar en la actual ciudad de Gyeongju, al sureste de la península coreana, y formaba parte de la que dicen las crónicas antiguas ha sido la más hermosa villa real construida jamás en Corea. De este palacio apenas ha sobrevivido esta acequia casi de milagro, tal vez por estar formado por 63 bloques de granito tallados a mano y primorosamente engarzados entre sí para componer esta suerte de oreja de piedra del país de las maravillas.
No se sabe muy bien cuándo se construyó, posiblemente a finales del siglo VII, o quizás mejor en el siglo VIII, en pleno esplendor del Reino de Silla Unificado (668-935). Hoy es posible visitarla en la que fue capital de Silla, Gyeongju, un lugar imprescindible si se viaja a Corea.

viernes, 29 de mayo de 2015

Paseando por el Barranco del Poqueira


Tan cerca como queda, aún no habíamos dado un paseo por el Barranco del río Poqueira, esa inmensa cárcava que desciende desde las alturas del Mulhacén, salpicada de huertas y bosquecillos, con la guinda de sus pueblos blancos. Había que hacerlo por muchas y buenas razones y mi mujer y un servidor salimos en pos de las múltiples sensaciones que regala este entorno casi edénico. Abandonamos el coche en el concurrido aparcamiento de Pampaneira y tiramos de piernas, pues el paseo es bastante llevadero y transcurre, casi siempre, lejos de la carretera.


Miryang, mi mujer, entre mantas alpujarreñas.
Antes de salir picoteamos un poco por Pampaneira, el más grande (aún siendo bastante pequeño) de los tres pueblos que jalonan el barranco. A esa hora, mediodía, sus calles eran un hervidero de turistas y decidimos no detenernos mas allá de unos minutos, esperando que tal vez a la vuelta pudiésemos disfrutar de mayor tranquilidad. En ese momento pensé en el maná que el turismo está volcando a manos llenas en este lugar y que, de ser de allí, no dudaría en montar cualquier negocio (una tienda de souvenirs, un telar, una bodega...) con la certeza de salir ileso de la crisis.
Dejando atrás la pequeña Marbella, comenzamos a ascender hacia Bubión por un camino algo empinado pero encantador. El ambiente era templado y, según las previsiones, antes o después iba a caer una fina llovizna, lo cual no nos preocupaba. El sol no molestaba, entretenido como estaba en jugar al escondite con las nubes y eso permitía obtener magníficas fotografías. Del camino, pegado a un talud verde, surgían de tanto en tanto fuentecillas con agua de deshielo que salpicaban las huertas. Resultó un tramo encantador, con la iglesia de Bubión casi siempre a la vista y un mulo blanco espiando nuestra subida, encantado de ver a alguien. Hasta dio la impresión que posaba con coquetería cuando mi objetivo apuntaba hacia él.
La iglesia de Bubión parecía contemplar nuestra llegada
Al llegar al pueblo intermedio pudimos apreciar enseguida que es  el menos visitado. Apenas encontramos turistas, algún otro loco que hacía la ruta a pie en dirección contraria. En una callejuela se abría un pequeño telar donde su dueña, la francesa Nade Favreau, nos atendió con delicadeza y nos contó su historia. Hacía casi 40 años que había llegado a España, justo con la muerte de Franco. Sin saber muy bien cómo, recaló en 1979 en la Alpujarra aún desconociendo que su lugar estaba allí. Al llegar, la Alpujarra era aún ese rincón perdido en el espacio y el tiempo que algunos añoran y que asombró a viajeros como Pedro Antonio de Alarcón o Gerald Brennan, pero el progreso desenfrenado comenzaba a hacer ya estragos. Al saber que las técnicas textiles tradicionales se estaban perdiendo, Nade decidió recuperarlas. Hoy, después de su labor y de las de otros que llegaron después, el tejido alpujarreño ya no es una especie en peligro de extinción y ha pasado a ser el producto estrella de esta comarca. Ahora Nade se dedica a crear piezas únicas con su sello de autora, en las que la calidad gana por goleada a la cantidad. "Bubión es el más bonito, creo yo, claro que es mi pueblo", nos dijo antes de despedirse, no sin antes hacernos alguna recomendación para mejor conocer Bubión.


Nade Favreau, en su telar, a lo suyo que es hacer ropa preciosa.
Por ejemplo, visitar el museo casa de la Alpujarra. El Ayuntamiento tuvo la suerte de comprar hace unos 20 años una preciosa casa tradicional casi intacta, con todos sus muebles, enseres y apeos de labranza, con su propio lagar y una arquitectura típicamente alpujarreña muy genuina. Su visita es altamente recomendable para quien se quiera hacer una idea de cómo era antaño la vida en la Alpujarra, sin las estridencias que ha traído la modernidad.



Otra joya de Bubión es su pequeña iglesia, que conserva aún parte de la mezquita nazarí (siglo XIV), el cuerpo inferior de su torre, lo cual la convierte en uno de los tesoros monumentales de la Alpujarra. Desde allí se aprecia una de esas envidiables panorámicas que regala este barranco.
Tras bajar a visitar las eras, donde los sonidos que suben del río y los que bajan del pueblo confluyen (excelente aviso para no pillar desprevenidas a las parejas), retomamos el camino en dirección a Capileira. Al principio la senda se presenta más árida pero regala envidiables vistas de Capileira. A mitad de tramo, las lluvias han arrancado al camino un pedazo, difícil de transitar, por lo que es recomendable buscar la carretera, que queda a la derecha, para luego retomar la senda en su parte final. Ya cerca de Capileira, su vega nos acompaña y el camino vuelve a ser refrescante. 


Capileira, asomada al tajo.
Por poner algún defecto, llama la atención, lo poco cuidada que está la entrada a Capileira de este sendero. ¿Tal vez las autoridades no le prestan demasiada atención dado que todo el mundo llega en coche? Si es así, me parece un error, pues en este caso, habría que sumar y no restar, ya una cosa no impide la otra.
Al entrar a Capileira por una cuesta empinada eran las tres y el estómago gruñía pidiendo unas cervezas y unas tapas, que nos bastaron para recuperarnos. Por cierto que pedimos una cerveza de cáñamo (del de antes, del que no coloca, ojo) que hacen en Bubión y que sabía a gloria, muy recomendable. Tras el café, nos dimos un garbeo por el pueblo, también plagado de turistas, aunque no tanto, nos pareció, como Pampaneira. No tardamos en recorrerlo, internándonos por sus cuidado aunque ya no tan genuino dédalo de callejuelas, para disfrutar de las vistas que desde allí se ofrecen: de un lado, la parte alta del barranco y el Mulhacén y, de otro, los tres pueblos superponiéndose y blanqueando el verdor que les rodea. 
Antes de bajar, nos acercamos al Servicio de Interpretación de Altas Cumbres, magníficamente atendido por un joven de Antequera, según nos dijo. Supimos que hay autobuses que suben a las cumbres para, una vez allí, emprender distintas rutas a pie. Una oferta interesante que no habremos de olvidar.


En primer término, Bubión, y abajo Pampaneira.
Cuando iniciamos el descenso, lo hicimos por el mismos camino que habíamos traído (hay otra ruta alternativa descendiendo hasta el río y cruzándolo, pero no la tomamos, otra vez será). Al poco de echar a andar, comenzó a caer una ligera llovizna, como preveíamos, pero eso no nos importó: acalorados como íbamos por la caminata y disfrutando la belleza del paisaje, incluso agradecimos esas gotas refrescantes.



 Esta vez apenas nos detuvimos en Bubión, por lo que empleamos en el descenso menos de una hora y no dos y media, como en el ascenso.
Al llegar a Pampaneira, en efecto, encontramos todo más sosegado, aunque todavía había bastante trasiego y echamos de menos Bubión. Pero fue sólo un instante, pues enseguida comprobamos que este pueblo es también encantador. 



Visitamos sus calles bien acicaladas, antes de tomar un par de mostos de Albondón en una taberna repleta de extranjeros, en su mayor parte afincados en la Alpujarra. Un  perro negro chiquito pero muy flamenco nos hizo compañía buscando alguna golosina, que él tomaba con una elegancia propia de un séneca canino.
Eran las ocho largas cuando regresamos a Granada con la sensación de haber aprovechado muy bien el sábado y con las ganas de volver a esta Alpujarra que pivota entre el cielo y el mar.


Pampaneira, en primer término, arriba a la derecha, Bubión y aún más arriba, a la izquierda, Capileira.

martes, 28 de abril de 2015

El universo de lo fractal

Hace tiempo que vengo dándole vueltas a la idea de fractalidad desde que vi los créditos que abren la película española La isla mínima (2014), armados con fotografías aéreas de Doñana. Nada mejor que alguna de esas imágenes para comprender a simple vista lo que es una estructura fractal:



Esa organización segmentada en aparente desorden donde un todo se completa con partes no idénticas pero sí muy similares, eso es fractalidad. A poco que se investigue sobre este concepto se descubrirá que anida no sólo en la naturaleza sino en muchas de las obras humanas. Pero, ¿de qué demonios estoy hablando exactamente?
Sólo la palabra fractal me suena bien, contundente y misteriosa, su etimología remite a fractus, es decir fracturado en latín. Sin embargo, el científico que acuñó el término en 1975, el matemático polaco Benoit Mandelbrot, no empleaba fractura en el sentido de división. Todo lo contrario. Se refería a las líneas fracturadas que, no por ello, dejan de ser líneas. Veía en esa fracturación el sistema, en apariencia caótico, en que se organiza la Naturaleza, todo un universo físico ignorado o al menos no sistematizado hasta ese momento, desechado por irregular. Propició este descubrimiento la insatisfacción que a Benoit Mandelbrot le producía el tradicional sistema euclidiano (el de las líneas rectas y las curvas perfectas) para entender la mayoría de los objetos. Éste era su razonamiento en su obra Introducción a la Geometría fractal de la Naturaleza: 

"Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos y las cortezas de los árboles no son lisas ni los relámpagos viajan en línea recta".


Pero es que esto sucede también a escala cósmica, en la superestructura que lo contiene todo, el Universo. En apariencia, los anillos de Saturno son círculos compactos y perfectos pero el telescopio o las imágenes de los satélites errantes demuestran que se trata de una estructura irregular aunque totalizadora; es decir, fractal. En realidad pequeñas lunas en órbita sobre el planeta conforman los anillos, que pasan con suma naturalidad del caos que irrumpe cuando chocan entre ellos al orden que les devuelve la gravedad. Y, remitiéndonos al principio y tomando como cierta la teoría del Bing Bang, ¿qué fue éste sino una explosión primigenia y caótica destinada a expandirse eternamente a través de una inabarcable red fractal?



Podría afirmarse algo parecido al hablar de la materia que lo conforma todo, de esas partículas atómicas que son micro sistemas planetarios, de la propia estructura del ADN o de los conductos por los que circulan los fluidos vitales. Vistas así las cosas,  la Naturaleza es esencialmente fractal y las líneas perfectas que creemos ver en realidad no lo son: la escala a las que las observamos o nuestro futil empeño por perseguir la perfección disimulan su inevitable irregularidad.
No obstante, la obsesión por las formas perfectas sigue imperando en Occidente desde que los griegos la pretendieron convertir en antídoto de la imperfección, de la que tanto abominaban. 
Sin embargo, la fractalidad existía ya por entonces, aunque se la relegaba a mero adorno en los capiteles corintios. Más tarde, los árabes la utilizaron con profusión en sus decoraciones. Los atauriques con formas vegetales que inundan las estancias de Medina Azahara o los azulejos del Cuarto Dorado o del patio de Comares de la Alhambra que utilizan formas animales son sólo algunos ejemplos de cómo lo fractal afloraba, como mala hierba, en el arte islámico. Precisamente esos azulejos alhambreños inspiraron al artista holandés Mauritis Cornelis Escher a cimentar su original estilo mucho antes del descubrimiento de las matemáticas fractales, que él ya intuyó y reflejó en sus diseños imposibles.



La pulsión fractal también se detecta en la música no ya de ahora sino de hace siglos. Ciertas composiciones de Bach, Mozart o Beethoven van creciendo a medida que repiten distintas escalas de un mismo patrón. Ni que decir tiene que ya ha surgido la Música Fractal con el auxilio de ordenadores. Y también la escultura fractal, que se inspira en formas naturales como los árboles de hielo que contienen los copos de nieve. En este terreno, el auxilio de nuevas tecnologías. como las impresoras 3D, ha abierto inmensas posibilidades para seguir alimentando la vanguardia. 



Sin saberlo, la Literatura ha convivido con lo fractal desde su mismo nacimiento, en las narraciones orales sobre mitos, en los cuentos infantiles que se repiten de forma casi idéntica pero con variantes regionales en todas las civilizaciones. De ese magma primigenio surgieron los relatos de las Mil y Una Noches, obra fractal por excelencia, una narración que contiene una historia que a su vez contiene a otra y donde lo maravilloso fluye con naturalidad. Antes de que fuera definido este concepto, autores como Poe o Borges ya practicaban una literatura que puede calificarse de fractal, plagada de laberintos, historias circulares, personajes que se desdoblan para contemplarse a sí mismos en una suerte de viaje astral... Ahora mismo ya existe una literatura auto denominada fractal, que huye de la típica estructura de desarrollo, nudo y desenlace. Por el contrario, su discurso aspira a ser un objeto multidimensional del que pueden derivarse diversas lecturas, según se muestre una u otra perspectiva. En un próximo acercamiento a la fractalidad hablaré de esta dimensión que me interesa especialmente.


Manos dibujando, de M. C. Escher.
En cuanto a Filosofía, sólo diré que el pensamiento fractal llama la atención sobre la importancia de que existan mentes marginales pero empecinadas que, tratan de sortear el corpus ideológico imperante, personas que muy a menudo se convierten en protagonistas en la sombra de la historia. Decía Herbert Marcuse que ciertas conciencias son el principal escollo del pensamiento uniformizador y totalitarista, la ley rodillo de las élites que, además de infinidad de encantamientos, ha engendrado de rebote monstruos como la super raza aria, la infalibilidad del Papa o el wahabismo saudí. Afortunadamente, tarde o temprano siempre surge alguien con el suficiente coraje para agrietar 
y hasta derribar esos muros dogmáticos. ¿Qué seria del mundo si grandes científicos como Darwin, Newton o el mismo Mandelbrot no hubieran mantenido firme su rumbo cuando la tempestad del pensamiento imperante se les venía encima? 

Alhambra inadvertida: Al borde del Extasis

Sueño, fantasía, visión maravillosa, belleza indescriptible... son algunas de las palabras que pueden pasar por la mente de quien contempla,...