viernes, 20 de junio de 2014

A la mierda el fútbol

Hace unos meses escribí en este mismo blog un artículo sobre fútbol. Ahora que lo he releído, he visto que en él me mostraba demasiado condescendiente con este deporte; o, mejor dicho, con este espectáculo de distracción masiva. 
Pues bien, siempre se puede rectificar y, visto lo visto, ya no pienso de modo tan ingenuo y no me queda más remedio que  afirmar que el fútbol, tal cual realmente es, se ha convertido en un instrumento de manipulación masiva. Me temo que, tal como sostenía en el anterior artículo, queda muy poco en él de deporte y mucho menos de práctica saludable. Más allá de la infancia, desde el momento en que dejamos de jugar en el patio de colegio para pasar a contemplarlo en el televisor, toda la inocencia que pudiese tener su saludable práctica se diluye para convertirse en una actividad adocenante y lobotomizadora.

Ya sé que tan rotundas afirmaciones se oponen radicalmente al viento dominante, que coloca al fútbol como la nueva religión, ésa según la cual si España volviese a ganar el Mundial, tal como nos repetían machaconamente, seríamos el pueblo elegido, de nuevo. Para poner velas a este santo, se le ofrecieron a los jugadores 730.000 euros de prima a cada uno, lo que sumaría alrededor de 20 millones de euros en total, quizás más; o sea el doble que a cualquier otro equipo, incluido el brasileiro. Pues bien, no ha bastado la fe en la victoria (hace falta algo más que fe) ni el aliciente para animar a los ya millonarios futbolistas; hemos caído a lo grande, incurriendo en el más espantoso ridículo y ahora toca mirar al suelo, el lugar donde realmente nos encontramos. España, también en balompié, está hecha unos zorros y eso debería servirnos de reflexión para levantarnos; levantarnos del suelo y luchar por nuestros derechos esquilmados por una política teledirigida por los bancos extranjeros, los fondos de inversión, las agencias de ráting y sus cómplices nacionales.  
Y yo me pregunto si este batacazo, que sin duda habrá resquebrajado la fe en el dios balón de tantos millones de españoles, servirá para algo. Sólo digo, ójala, aunque resultará difícil, pues la máquina del deporte de salón y lata de cerveza no para nunca de vomitar basura ni jamás pide responsabilidades por los pecados extradeportivos (dóping, contratos fraudulentos, partidos amañados, etcétera). No, eso iría en contra de la credibilidad y hasta de la seguridad nacional.


Pues bien, este Mundial de Brasil sigue y, con él, la obscenidad moral en que se ha convertido el fútbol de masas. Pese a los esfuerzos por disimular el descontento social en contra del despilfarro de 40.000 millones de dólares que podrían haber ido a parar a problemas sangrantes y más urgentes, pese al peregrino argumento de que no se deben mezclar deporte y política (más gastado que el chupachups de Tutankammon), miles de manifestantes se concentran cada día frente a los estadios con lemas tales como "Ya tenemos circo, ahora nos falta el pan" o "FIFA, jódete, devuélvenos el dinero". ¿Cómo estarán las cosas para que surja un movimiento así en un país que adora el fútbol y lo considera su seña de identidad? Deben estar muy mal, debe haber quedado meridianamente clara para una buena parte de los brasileños la enorme distancia que media entre la política de Dilma Rousseff y la inmensa mayoría de su población. Ya se sabe que los escasos ricos en ese país lo son mucho. Y lo curioso es que esta señora, con pinta de maruja trasnochada, es jefe de un gobierno nacido del Partido de los Trabajadores (comunista, al menos en teoría), lo cual no le ha impedido caer subyugada por el canto de sirena (léase maletines y puertas giratorias) de los grandes cenáculos financieros y de las multinacionales que esquilman, especialmente, Latinoamérica. Así, Dilma y sus secuaces, siguiendo escrupulosamente las recomendaciones de los hombres de negro, imponen sin pestañear a sus votantes brutales recortes para despilfarrar ese hachazo a la hucha común en estadios que han llegado al inicio del mundial cogidos con pinzas. 

Dilma Roussef a lo suyo: usar los medios de comunicación oficiales para mentir.
Y, si hay protestas, demostrando una cintura democrática admirable, simplemente echan mano de la porra y hasta de la pistola. De la porra para machacar cualquier manifestación de protesta (propiamente como la república bananera que es Brasil); de la pistola, en una operación que aplaudirían los nazis, para asesinar niños de barrios conflictivos. Sí digo bien, asesinar como a ratas a pobres niños marcados por la miseria y olvidados por todos, cuya único delito es no haber visto otra cosa en su vida que delincuencia y malos tratos, sin más ayuda del gobierno para salir de ese callejón sin salida que un tiro en la nuca. Aquí una noticia bien fundamentada, aunque oculta por los grandes medios, de lo que afirmo. 


¿Cuál es la razón de esta barbarie? Ni más ni menos que la de evitar que esos pequeños delincuentes espanten a los turistas, a esos visitantes panzudos que llegan para gritar furibundos en los estadios y ver culos en las playas. Esta voluntad de salvaguardar a tan selecta clientela les ha llevado, además, a desahuciar a cientos de miles de ciudadanos pobres porque sus cochambrosas viviendas caen cerca de los estadios o en zonas turísticas. Sin avisar, con nocturnidad y con indemnizaciones irrisorias. Bien distinto ha sido el tratamiento en los barrios ricos cercanos.
Por todo esto y por algo más, por la comisión de asesinatos e injusticias que conlleva, voy a gritar fuerte y alto: ¡A la puñetera mierda el fútbol y el mundial! Y me alegro de la eliminación, al menos nos ahorraremos unos cuantos millones y, lo que es mejor, ya los defensores del régimen de corruptos no podrán argüir ese sofisma tan de su gusto según el cual si la selección va bien, España va consecuentemente mejor. 

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