lunes, 18 de marzo de 2013

Confucio y el Lejano Oriente



No puedo negar mi inclinación por todo lo oriental desde siempre. Pienso que el Destino, que juega conmigo como con todos, me ha empujado a esa querencia. La pregunta es por qué ha sido así. La respuesta es que lo ignoro pero lo cierto es que siempre me he sentido inclinado por traspasar esa frontera, de conocer esas otras civilizaciones situadas en dirección hacia donde sale el sol. No ha sido, desde luego, por la ayuda de los libros de Historia de la época de mi formación académica, que, imbuidos inconcientemente de eurocentrismo, apenas dedicaban unas páginas a Oriente (el Lejano y el Próximo), como si China, el Islam o la India no hubiese tenido peso en el devenir de la Humanidad. Sin embargo, esas pocas páginas resultaban suficientes para despertar mi curiosidad. Tal vez fuera sólo fruto de mi siempre activo espíritu rebelde, que exigía así  tener más información de esas fastuosas civilizaciones; tal vez, y a la manera de los viajeros románticos, todo era un reflejo intelectual, no exento de ingenuidad, al creer que esas otras civilizaciones podían albergar valores más auténticos que los de Occidente (cosa que ahora no creo, simplemente porque las manifestaciones culturales no son mejores ni peores unas de otras sino simplemente distintas). No tengo una respuesta, como digo, a esa inclinación pero lo seguro es que siempre la he sentido.
Esa tendencia se reveló mucho más temprano en mí hacia el Oriente Próximo (o sea, la zona árabo Islámica), hasta el punto de que estudié filología árabe; sin embargo, mucho más tardía es mi atracción por el Lejano Oriente (o sea China y los demás países que se han formado alrededor de su cultura, como nosotros lo hicimos alrededor de la greco-romana). Pero, aunque tarde, la pasión por esa importante porción de la Humanidad me ha entrado fuerte. Y en esta ocasión de nuevo no tengo otro remedio que apelar al Destino (Él de nuevo). Aunque, tal vez detectando las conexiones entre los dos orientes, ya había comenzado a internarme en ese lejano mundo, dicha inercia se aceleró extraordinariamente cuando, en 2007 conocí a mi futura mujer, Miryang, natural de Corea, península como ésta pero justo en el otro extremo del gran continente euroasíatico.


Sí, antes de que casarme con una oriental conocía y admiraba ya algo de China y Japón, de su literatura, su historia, su arte, su cine. Incluso en mi novela “La celda de seda”, escrita antes de conocerla a ella, llevo a mi personaje hasta ese otro universo y hasta le hago conocer al venerable maestro, Lao Tsé. Pero, poco más. Ahora, tras la experiencia de convivir día a día con una persona con valores en muchos casos distintos a los míos sé, como dijo el filósofo, que no sabía nada y que me queda mucho que aprender. No en vano, de tener antes una conexión con el Lejano Oriente esporádica y distanciada por razones lógicas, ahora cuento con una fuente directa y de primera mano: las opiniones, reacciones y sentimientos de una de sus hijas, mi propia mujer. Lo que quiero decir es que se pueden leer libros como el Tao Te King de Lao Tsé, admirar las películas de Akira Kurosawa o quedarse anonadada ante fotografías de los templos de Camboya (e incluso admirarlas en directo yendo a ese país de vacaciones), pero aún se está muy lejos de comenzar a vislumbrar el auténtico Oriente. No es que yo haya penetrado todavía en esa esencia, para eso había tenido que nacer oriental o, por lo menos, haber vivido durante años en algún país de esa área; pero sí empiezo a comprenderla. En especial, mi mayor caudal de curiosidad se vuelca ahora hacia Corea, un país con una poderosa personalidad constreñido (y no sólo por su geografía) entre dos gigantes como China y Japón que, por esa misma razón permanece eclipsado, casi desconocido en Occidente, lo que resulta lógico porque las escasas noticias que nos llegan de él se refieren a las tensiones entre el Norte y el Sur, vergonzosa rémora de la Guerra Fría. Pero, dejemos Corea, de la que hablaré en otra ocasión, para centrarnos en el Lejano Oriente en general.
Fiel a mi espíritu crítico, hay cosas que me agradan y otras no tanto. Para explicar por qué tengo que apelar a la figura de Confucio el gran filósofo chino y, por ende, el verdadero constructor de la moral y el entramado social que sostiene al Lejano Oriente todavía hoy, a 2.500 años de la muerte de su artífice. Confucio, personaje indudablemente histórico pero que ha quedado difuminado por la leyenda, fue un funcionario de origen noble, hijo de una concubina, que nació a mitad del siglo VI antes de nuestra era, una época turbulenta para China. Tan inestable situación conllevó no sólo guerras, epidemias, hambre y otros males (su propio padre era un sanguinario guerrero) sino también lo que a juicio de este filósofo en ciernes era una degradación de las viejas costumbres. Y también un descrédito hacia la religión, hacia esos dioses que habían abandonado a su suerte a los hombres en la época en que más los necesitaban. Esa situación llevó a Confucio al convencimiento de que era necesaria una regeneración moral y, en consecuencia, política de la sociedad y, viéndose con fuerzas suficientes, se decidió a emprenderla, apelando simplemente a la recuperación de valores que antes habían resultado efectivos (los de los viejos sabios, como Lao Tsé) para convertirlos en la base de la conducta. Esas reglas se podía resumir, me atrevo a afirmar, en el único precepto de “Sé el primero en dar ejemplo de buena conducta”, expresada mediante valores como fidelidad, benevolencia, comprensión hacia las opiniones ajenas, solidaridad, entrega al trabajo o respeto hacia los antepasados y los mayores. Pero, y eso es algo muy importante para conocer la moral confuciana, los primeros en verdad en demostrar esta actitud han de ser los más dotados, los líderes y dirigentes, pues, según el sabio chino, ellos son los más conscientes de esa necesidad y han de cultivar como nadie dichas virtudes para sembrar ejemplo entre quienes ejercen como súbditos suyos. Se trata pues de una filosofía (o mejor una moral) en absoluta sometida a la religión, cuestión esta última en la que Confucio apenas entra, no se sabe bien si por descreimiento o más bien por no complicar sus preceptos.
Este sencillo principio de hacer siempre el bien respetando los derechos de los demás no carece, precisamente, de vigencia y sería de agradecer que surgiese con fuerza hoy una voz como la de Confucio, dada la actual situación de descomposición moral y profundos cambios que vivimos, de modo que impulsase un nuevo orden más justo y mesurado en su relación con la Naturaleza que el que hoy nos constriñe con falsas verdades y fomenta, en el fondo, el espíritu insolidario. Frases atribuibles a él se antojan de eterna vigencia, caso de ésta: Resulta totalmente imposible gobernar un pueblo si éste ha perdido la confianza en sus gobernantes”.


Cabe pensar que ideas así no le proporcionarían, precisamente, el favor de los jerarcas. Prueba de ello puede ser que, según los confusos (que no confucios) datos que se tienen de su vida, apenas pudo ponerlas en práctica, pese a su empeño. Al parecer, fue funcionario de joven y, luego, ya en plena madurez, pudo ejercer durante algún tiempo, poco, como funcionario del reino de Lu, su región natal (se dice que llegó a ser ministro de Justicia), puesto que abandonó el cargo en 496 a. C. echándose, según la tradición, a los caminos, en parte en busca de un nuevo señor que estuviese dispuesto a seguir sus principios, en parte ejerciendo de educador, su otra gran vocación. Hasta su muerte, su labor educadora fue ingente, pero no así su actividad política, la cual, que se sepa, se eclipsó completamente. Es de suponer que ninguno de los estadistas a los que visitase en su periplo quisiesen someter sus gobiernos a tan exigentes premisas morales ni, esto es sólo una especulación, entregar su confianza a una persona que les urgía a actuar sin medias tintas con verdadera rectitud.
Murió, pues, el Maestro, no en el olvido, pero casi; mucho antes, desde luego, de que se expandieran sus doctrinas. Como consecuencia de ello ni siquiera los textos que de él se conservan, como sus famosas Analectas, son atribuibles a su pluma. Sólo son, como los Evangelios, hechos y sobre todo dichos atribuibles al Maestro Kong (que eso significa Confucio) y recopilados por sus más cercanos discípulos. Digo esto porque con el paso del tiempo, y como suele ocurrir, a raíz de interpretaciones y reinterpretaciones sus enseñanzas se han visto muy tergiversadas. Como suele ocurrir también, Confucio no vivió para ver el éxito de sus ideas (puede que eso fuese lo mejor, visto como fue la cosa). Fueron necesarios muchos años, más de 200, para que su doctrina, el confucianismo, se expandiese, convirtiéndose en doctrina oficial en China hacia el final del siglo III a. C; bastante más tarde (siglo VI d. C.) llegó a Corea y desde ahí a Japón, penetrando igualmente en Vietnam, países donde también fue aceptada oficialmente.
Sin embargo, y ésta, advierto, es mi opinión personal, el Confucianismo no es tanto fruto de las propias ideas de Confucio como de una interpretación, no siempre leal a ese espíritu, de sus ideas por parte de sus seguidores, de modo que al resultado cabría denominarlo Neoconfucianismo, o doctrina de los seguidores de Confucio, como al Cristianismo habría que denominarlo Doctrina de los jerarcas cristianos. Esa interpretación de manga ancha conllevó una degeneración de su verdadera esencia, como demuestra el hecho de que la corrupción también campe a sus anchas en los países neoconfucianos. Para entender esto no hay más que ver que China es hoy uno de los países más corruptos de la Tierra. Tanto que una de las máximas que siempre suenan en los grandes cónclaves del PCCh es la urgente necesidad de acabar con esta lacra, si bien sin poner en marcha medidas verdaderamente correctivas. Hay quien podría pensar que la China de hoy no es la misma que la del viejo imperio; pues bien, resulta que, por más que eso no gustase a Mao Tsé Tung, la China comunista actual no ha podido desprenderse de los principios neoconfucianos, que siguen hoy muy vigentes. Eso se expresa especialmente, en la veneración por los antepasados y en una estricta jerarquización social, de acuerdo a las relaciones de dependencia social expresadas por Confucio: entre gobernador y ministro; entre padre e hijo, entre marido y mujer; entre hermano mayor y hermano menor y entre amigos. Estas relaciones exigen del superior la obligación de protección y del inferior, lealtad y respeto hacia aquél. De esta manera en Corea, por ejemplo, lo primero que hacen dos personas más o menos de la misma edad que acaban de conocerse es preguntarse la edad, para establecer el necesario protocolo, que por cierto es bastante complejo. Eso, que a simple vista puede parecer inocente y hasta simpático, se me antoja una costumbre excesivamente rígida. En principio, no tiene por qué haber problema si ambas partes cumplen su cometido, pero ¿y si el superior ejerce su posición de privilegio con abusos y hasta con estulticia? Pues que el inferior lo tiene que soportar con paciencia, mientas que se considera casi un sacrilegio social que sea el de abajo quien incumpla las normas, demostrando, por ejemplo, inconformidad con las decisiones del superior. Así, los gobernantes en esos países abusan tanto como los nuestros de sus prerrogativas olvidando por completo lo dicho por Confucio en frases como ésta: “Si los hijos de emperadores o príncipes no tienen calidad, deben ser rebajados al cargo de gente común. Si los hijos de la gente común tienen calidad deben elevarse al rango de gobernantes”. 


Esto último lo decía el Maestro porque él fue hijo de concubina y debió sentirse humillado en más de una ocasión por quien se consideraba superior portando sangre más “noble”.
Pero es que a un nivel más cotidiano se producen situaciones similares. Por ejemplo, en el trabajo. Una de las cosas de que más se quejan los occidentales es de que no pueden cuestionar las órdenes de sus superiores mayores de edad bajo ningún concepto, bajo riesgo de verse sometidos a acoso laboral (moobing lo llaman ahora). Y a los ancianos, mejor ni replicarles, porque puedes verte expuesto al desprecio generalizado, por muy buena intención que lleves. Así, el principal  eje de la moral confuciana, esto es, “sé el primero en dar ejemplo”, queda muchas veces en agua de borrajas.
Lo que quiero decir con todo esto es que, otra vez como siempre, una cosa son las teorías magníficas, ideadas por hombres fuera de lo común, y otra cosa es cómo se ponen en práctica. No sé si de forma inevitable, pero algo que se repite continuamente a lo largo de la historia es la corrupción de las fuentes primitivas, que pasan de ser principio claros y sólidos a convertirse en mera propaganda para quienes ostentan el poder. Y el Confucianismo (o Neoconfucianismo) no es ninguna excepción.
Ahora bien, algo de ese espíritu puro y bien intencionado queda en los países donde arraigó, como en Corea, país neocunfuciano por excelencia, como algo queda en muchas personas cristianas de la verdadera esencia del Cristianismo, esa compasión al prójimo que pedía Cristo. Por ejemplo, un mayor sentido de las obligaciones y la corresponsabilidad para con los demás, una mayor disciplina personal para obrar con respeto a los demás; un sentido de la fidelidad muy acentuado y, creo yo, una mayor conexión con el orden natural, que se expresa muy bien en su arte y literatura, quizás una herencia del fervor que Confucio sentía por los viejos maestros y por una época todavía primitiva en que el hombre era sólo un elemento más de la Naturaleza y no el rey absoluto, como suele creerse en Occidente.

Pintura de un artista norcoreano.
Claro que, también las sociedades orientales tienen, además de sus contradicciones, sus contaminaciones. Muy reacias al principio a aceptar valores extranjeros, cuando éstos logran penetrar lo hacen a conciencia. Pasó con el Cristianismo, que hoy siguen más del 50 por ciento de los coreanos o japoneses. Está pasando ya con otras muchas cuestiones provenientes de Occidente, desde la música a la educación. A propósito de este último tema, volviendo otra vez a Corea (del Sur), en este país el sistema educativo sigue bastante de cerca, como en tantas cosas, los parámetros norteamericanos, de tal suerte que se ha establecido una competitividad brutal; así, la principal obsesión de las familias es colocar a sus hijos en las mejores universidades (casi siempre privadas) a costa de lo que sea, de hipotecarse de por vida e incluso de poner en riesgo la salud de sus vástagos; no sé por qué ocurre esto, si puramente a causa de la imitación y aceptación del sistema educativo norteamericano (que por cierto nos quieren imponer ahora a nosotros) o más bien porque de la tranquila sociedad coreana de hace unas décadas se ha pasado a otra bien distinta, frenéticamente entregada al capitalismo brutal, de tal modo que se ha producido una sublimación perversa de algún valor confuciano, tal que el espíritu de superación, que no es malo en sí, pero que no tiene por qué desembocar en esa competencia feroz. La cuestión es que siguiendo esta moda de ser los primeros en la escuela, se fuerza a los chicos a dar todo lo que tienen que, en muchos casos, no es mucho, lo cual degenera en demasiada frustración y hasta en numerosos suicidios.
Pongo fin ya a este artículo, algo prolífico, libre y sin compromisos morales con una última conclusión: se puede aprender de todo pero mucho más de la diferencia.

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