viernes, 29 de mayo de 2015

Paseando por el Barranco del Poqueira


Tan cerca como queda, aún no habíamos dado un paseo por el Barranco del río Poqueira, esa inmensa cárcava que desciende desde las alturas del Mulhacén, salpicada de huertas y bosquecillos, con la guinda de sus pueblos blancos. Había que hacerlo por muchas y buenas razones y mi mujer y un servidor salimos en pos de las múltiples sensaciones que regala este entorno casi edénico. Abandonamos el coche en el concurrido aparcamiento de Pampaneira y tiramos de piernas, pues el paseo es bastante llevadero y transcurre, casi siempre, lejos de la carretera.


Miryang, mi mujer, entre mantas alpujarreñas.
Antes de salir picoteamos un poco por Pampaneira, el más grande (aún siendo bastante pequeño) de los tres pueblos que jalonan el barranco. A esa hora, mediodía, sus calles eran un hervidero de turistas y decidimos no detenernos mas allá de unos minutos, esperando que tal vez a la vuelta pudiésemos disfrutar de mayor tranquilidad. En ese momento pensé en el maná que el turismo está volcando a manos llenas en este lugar y que, de ser de allí, no dudaría en montar cualquier negocio (una tienda de souvenirs, un telar, una bodega...) con la certeza de salir ileso de la crisis.
Dejando atrás la pequeña Marbella, comenzamos a ascender hacia Bubión por un camino algo empinado pero encantador. El ambiente era templado y, según las previsiones, antes o después iba a caer una fina llovizna, lo cual no nos preocupaba. El sol no molestaba, entretenido como estaba en jugar al escondite con las nubes y eso permitía obtener magníficas fotografías. Del camino, pegado a un talud verde, surgían de tanto en tanto fuentecillas con agua de deshielo que salpicaban las huertas. Resultó un tramo encantador, con la iglesia de Bubión casi siempre a la vista y un mulo blanco espiando nuestra subida, encantado de ver a alguien. Hasta dio la impresión que posaba con coquetería cuando mi objetivo apuntaba hacia él.
La iglesia de Bubión parecía contemplar nuestra llegada
Al llegar al pueblo intermedio pudimos apreciar enseguida que es  el menos visitado. Apenas encontramos turistas, algún otro loco que hacía la ruta a pie en dirección contraria. En una callejuela se abría un pequeño telar donde su dueña, la francesa Nade Favreau, nos atendió con delicadeza y nos contó su historia. Hacía casi 40 años que había llegado a España, justo con la muerte de Franco. Sin saber muy bien cómo, recaló en 1979 en la Alpujarra aún desconociendo que su lugar estaba allí. Al llegar, la Alpujarra era aún ese rincón perdido en el espacio y el tiempo que algunos añoran y que asombró a viajeros como Pedro Antonio de Alarcón o Gerald Brennan, pero el progreso desenfrenado comenzaba a hacer ya estragos. Al saber que las técnicas textiles tradicionales se estaban perdiendo, Nade decidió recuperarlas. Hoy, después de su labor y de las de otros que llegaron después, el tejido alpujarreño ya no es una especie en peligro de extinción y ha pasado a ser el producto estrella de esta comarca. Ahora Nade se dedica a crear piezas únicas con su sello de autora, en las que la calidad gana por goleada a la cantidad. "Bubión es el más bonito, creo yo, claro que es mi pueblo", nos dijo antes de despedirse, no sin antes hacernos alguna recomendación para mejor conocer Bubión.


Nade Favreau, en su telar, a lo suyo que es hacer ropa preciosa.
Por ejemplo, visitar el museo casa de la Alpujarra. El Ayuntamiento tuvo la suerte de comprar hace unos 20 años una preciosa casa tradicional casi intacta, con todos sus muebles, enseres y apeos de labranza, con su propio lagar y una arquitectura típicamente alpujarreña muy genuina. Su visita es altamente recomendable para quien se quiera hacer una idea de cómo era antaño la vida en la Alpujarra, sin las estridencias que ha traído la modernidad.



Otra joya de Bubión es su pequeña iglesia, que conserva aún parte de la mezquita nazarí (siglo XIV), el cuerpo inferior de su torre, lo cual la convierte en uno de los tesoros monumentales de la Alpujarra. Desde allí se aprecia una de esas envidiables panorámicas que regala este barranco.
Tras bajar a visitar las eras, donde los sonidos que suben del río y los que bajan del pueblo confluyen (excelente aviso para no pillar desprevenidas a las parejas), retomamos el camino en dirección a Capileira. Al principio la senda se presenta más árida pero regala envidiables vistas de Capileira. A mitad de tramo, las lluvias han arrancado al camino un pedazo, difícil de transitar, por lo que es recomendable buscar la carretera, que queda a la derecha, para luego retomar la senda en su parte final. Ya cerca de Capileira, su vega nos acompaña y el camino vuelve a ser refrescante. 


Capileira, asomada al tajo.
Por poner algún defecto, llama la atención, lo poco cuidada que está la entrada a Capileira de este sendero. ¿Tal vez las autoridades no le prestan demasiada atención dado que todo el mundo llega en coche? Si es así, me parece un error, pues en este caso, habría que sumar y no restar, ya una cosa no impide la otra.
Al entrar a Capileira por una cuesta empinada eran las tres y el estómago gruñía pidiendo unas cervezas y unas tapas, que nos bastaron para recuperarnos. Por cierto que pedimos una cerveza de cáñamo (del de antes, del que no coloca, ojo) que hacen en Bubión y que sabía a gloria, muy recomendable. Tras el café, nos dimos un garbeo por el pueblo, también plagado de turistas, aunque no tanto, nos pareció, como Pampaneira. No tardamos en recorrerlo, internándonos por sus cuidado aunque ya no tan genuino dédalo de callejuelas, para disfrutar de las vistas que desde allí se ofrecen: de un lado, la parte alta del barranco y el Mulhacén y, de otro, los tres pueblos superponiéndose y blanqueando el verdor que les rodea. 
Antes de bajar, nos acercamos al Servicio de Interpretación de Altas Cumbres, magníficamente atendido por un joven de Antequera, según nos dijo. Supimos que hay autobuses que suben a las cumbres para, una vez allí, emprender distintas rutas a pie. Una oferta interesante que no habremos de olvidar.


En primer término, Bubión, y abajo Pampaneira.
Cuando iniciamos el descenso, lo hicimos por el mismos camino que habíamos traído (hay otra ruta alternativa descendiendo hasta el río y cruzándolo, pero no la tomamos, otra vez será). Al poco de echar a andar, comenzó a caer una ligera llovizna, como preveíamos, pero eso no nos importó: acalorados como íbamos por la caminata y disfrutando la belleza del paisaje, incluso agradecimos esas gotas refrescantes.



 Esta vez apenas nos detuvimos en Bubión, por lo que empleamos en el descenso menos de una hora y no dos y media, como en el ascenso.
Al llegar a Pampaneira, en efecto, encontramos todo más sosegado, aunque todavía había bastante trasiego y echamos de menos Bubión. Pero fue sólo un instante, pues enseguida comprobamos que este pueblo es también encantador. 



Visitamos sus calles bien acicaladas, antes de tomar un par de mostos de Albondón en una taberna repleta de extranjeros, en su mayor parte afincados en la Alpujarra. Un  perro negro chiquito pero muy flamenco nos hizo compañía buscando alguna golosina, que él tomaba con una elegancia propia de un séneca canino.
Eran las ocho largas cuando regresamos a Granada con la sensación de haber aprovechado muy bien el sábado y con las ganas de volver a esta Alpujarra que pivota entre el cielo y el mar.


Pampaneira, en primer término, arriba a la derecha, Bubión y aún más arriba, a la izquierda, Capileira.

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