martes, 28 de abril de 2015

El universo de lo fractal

Hace tiempo que vengo dándole vueltas a la idea de fractalidad desde que vi los créditos que abren la película española La isla mínima (2014), armados con fotografías aéreas de Doñana. Nada mejor que alguna de esas imágenes para comprender a simple vista lo que es una estructura fractal:



Esa organización segmentada en aparente desorden donde un todo se completa con partes no idénticas pero sí muy similares, eso es fractalidad. A poco que se investigue sobre este concepto se descubrirá que anida no sólo en la naturaleza sino en muchas de las obras humanas. Pero, ¿de qué demonios estoy hablando exactamente?
Sólo la palabra fractal me suena bien, contundente y misteriosa, su etimología remite a fractus, es decir fracturado en latín. Sin embargo, el científico que acuñó el término en 1975, el matemático polaco Benoit Mandelbrot, no empleaba fractura en el sentido de división. Todo lo contrario. Se refería a las líneas fracturadas que, no por ello, dejan de ser líneas. Veía en esa fracturación el sistema, en apariencia caótico, en que se organiza la Naturaleza, todo un universo físico ignorado o al menos no sistematizado hasta ese momento, desechado por irregular. Propició este descubrimiento la insatisfacción que a Benoit Mandelbrot le producía el tradicional sistema euclidiano (el de las líneas rectas y las curvas perfectas) para entender la mayoría de los objetos. Éste era su razonamiento en su obra Introducción a la Geometría fractal de la Naturaleza: 

"Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos y las cortezas de los árboles no son lisas ni los relámpagos viajan en línea recta".


Pero es que esto sucede también a escala cósmica, en la superestructura que lo contiene todo, el Universo. En apariencia, los anillos de Saturno son círculos compactos y perfectos pero el telescopio o las imágenes de los satélites errantes demuestran que se trata de una estructura irregular aunque totalizadora; es decir, fractal. En realidad pequeñas lunas en órbita sobre el planeta conforman los anillos, que pasan con suma naturalidad del caos que irrumpe cuando chocan entre ellos al orden que les devuelve la gravedad. Y, remitiéndonos al principio y tomando como cierta la teoría del Bing Bang, ¿qué fue éste sino una explosión primigenia y caótica destinada a expandirse eternamente a través de una inabarcable red fractal?



Podría afirmarse algo parecido al hablar de la materia que lo conforma todo, de esas partículas atómicas que son micro sistemas planetarios, de la propia estructura del ADN o de los conductos por los que circulan los fluidos vitales. Vistas así las cosas,  la Naturaleza es esencialmente fractal y las líneas perfectas que creemos ver en realidad no lo son: la escala a las que las observamos o nuestro futil empeño por perseguir la perfección disimulan su inevitable irregularidad.
No obstante, la obsesión por las formas perfectas sigue imperando en Occidente desde que los griegos la pretendieron convertir en antídoto de la imperfección, de la que tanto abominaban. 
Sin embargo, la fractalidad existía ya por entonces, aunque se la relegaba a mero adorno en los capiteles corintios. Más tarde, los árabes la utilizaron con profusión en sus decoraciones. Los atauriques con formas vegetales que inundan las estancias de Medina Azahara o los azulejos del Cuarto Dorado o del patio de Comares de la Alhambra que utilizan formas animales son sólo algunos ejemplos de cómo lo fractal afloraba, como mala hierba, en el arte islámico. Precisamente esos azulejos alhambreños inspiraron al artista holandés Mauritis Cornelis Escher a cimentar su original estilo mucho antes del descubrimiento de las matemáticas fractales, que él ya intuyó y reflejó en sus diseños imposibles.



La pulsión fractal también se detecta en la música no ya de ahora sino de hace siglos. Ciertas composiciones de Bach, Mozart o Beethoven van creciendo a medida que repiten distintas escalas de un mismo patrón. Ni que decir tiene que ya ha surgido la Música Fractal con el auxilio de ordenadores. Y también la escultura fractal, que se inspira en formas naturales como los árboles de hielo que contienen los copos de nieve. En este terreno, el auxilio de nuevas tecnologías. como las impresoras 3D, ha abierto inmensas posibilidades para seguir alimentando la vanguardia. 



Sin saberlo, la Literatura ha convivido con lo fractal desde su mismo nacimiento, en las narraciones orales sobre mitos, en los cuentos infantiles que se repiten de forma casi idéntica pero con variantes regionales en todas las civilizaciones. De ese magma primigenio surgieron los relatos de las Mil y Una Noches, obra fractal por excelencia, una narración que contiene una historia que a su vez contiene a otra y donde lo maravilloso fluye con naturalidad. Antes de que fuera definido este concepto, autores como Poe o Borges ya practicaban una literatura que puede calificarse de fractal, plagada de laberintos, historias circulares, personajes que se desdoblan para contemplarse a sí mismos en una suerte de viaje astral... Ahora mismo ya existe una literatura auto denominada fractal, que huye de la típica estructura de desarrollo, nudo y desenlace. Por el contrario, su discurso aspira a ser un objeto multidimensional del que pueden derivarse diversas lecturas, según se muestre una u otra perspectiva. En un próximo acercamiento a la fractalidad hablaré de esta dimensión que me interesa especialmente.


Manos dibujando, de M. C. Escher.
En cuanto a Filosofía, sólo diré que el pensamiento fractal llama la atención sobre la importancia de que existan mentes marginales pero empecinadas que, tratan de sortear el corpus ideológico imperante, personas que muy a menudo se convierten en protagonistas en la sombra de la historia. Decía Herbert Marcuse que ciertas conciencias son el principal escollo del pensamiento uniformizador y totalitarista, la ley rodillo de las élites que, además de infinidad de encantamientos, ha engendrado de rebote monstruos como la super raza aria, la infalibilidad del Papa o el wahabismo saudí. Afortunadamente, tarde o temprano siempre surge alguien con el suficiente coraje para agrietar 
y hasta derribar esos muros dogmáticos. ¿Qué seria del mundo si grandes científicos como Darwin, Newton o el mismo Mandelbrot no hubieran mantenido firme su rumbo cuando la tempestad del pensamiento imperante se les venía encima? 

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Verdaderamente interesante.

Gracias

Jesus Cano dijo...

De nada, Mark, siempre tan atento.
Gracias a ti.