martes, 22 de enero de 2013

Don Quijote versus Sancho Panza

Escena de El Quijote ilustrada por Gustave Doré


En un lugar de mi mente, aunque no puedo acordarme dónde, habita un caballero loco que persigue fantasmas a lomos de un corcel de triste figura, siempre acompañado de su orondo escudero, labriego de natural simple, el cual monta un asnillo y porta un trozo de queso y algunos mendrugos por tada vianda. En los ratos libres que les quedan entre descalabro y descalabro ambos cabalgan por ásperos llanos filosofando sobre la vida o rememorando las hazañas de tal o cual legendario caballero andante.
Sí, en efecto, soy un incondicional de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (se podría leer en mi frente que así es) y en eso no soy nada original, pues son miles los escritores que declaran con orgullo que Cervantes ha dejado una huella indeleble en su estilo y hasta en su forma de concebir la literatura; y qué decir de los cientos de millones  lectores de todo el mundo y casi todas las lenguas que lo recuerdan y no sólo por sus jocosas aventuras sino también gracias a algunas de sus preclaras sentencias. No tiene, pues, nada de meritorio declararse “cervantino”; todo lo contrario: uno se arriesga, al igual que quien se declara rendido admirador de Mozart, a que lo tomen por un erudito a la violeta, vano conocedor de las artes que sólo es capaz de recordar dos o tres grandes nombres. Pero, ¿por qué no he  de declarar de todo corazón que es así, como haría el niño que grita al cielo que le gustan con locura los helados de chocolate? Sí, el Quijote es uno de esos fenómenos surgidos de la naturaleza humana que pueden declararse sin temor no perecederos no sólo porque siempre acaban encontrando acomodo a todas las épocas, por más siglos que pasen, sino también porque, igualmente por más tiempo que transcurra, no se ven desgastados por su propia fama, como les ocurre a la mayoría de las obras famosas, éstas sí con fecha de caducidad.
Pero, pese a su indudable universalidad, lo cierto es que se trata de un libro con unas coordenadas espacio temporales perfectamente claras que saca a colación personajes y situaciones muy localizadas en la Mancha a caballo de los siglos XVI y XVII. Entonces, ¿cuál es la causa o causas de que una obra que podría pasar por costumbrista se haya convertido en la novela más conocida jamás escrita?
Quiero pensar, de un lado, que hubo algo de mágico en la escritura de este libro, que una musa anónima le otorgó a Cervantes un soplo prodigioso de inspiración justo cuando más lo necesitaba, estando ya mayor y muy desengañado por los varapalos de la vida y la  escasa notoriedad cosechada por su obra; de otro lado, también podría aventurarse que, para mejor asimilar los sinsabores de su agitada existencia, el escritor se refugió en su escritura, lo único en el mundo que le prodigaba fidelidad absoluta, intentando renacer de las cenizas en que se hallaba, después de ingresar en prisión y por los muchos disgustos que le proporcionaban de tanto en tanto sus desagradecidos familiares; y en ese empeño tropezó con una historia de muchos kilates, que brillaba con el fulgor del sol en la llanada manchega, un verdadero regalo germinado en su corazón dolorido y alimentado, no sin grandes quebrantos, por su mente, una de esas historias destinadas a perpetuarse en la memoria de los hombres generación tras generación. Y no sólo eso. También estaría destinada a configurar todo un género literario, la novela, de hecho el rey de los géneros si se atiende a número de lectores y obras publicadas, es decir, a su gran predicamento.
Ya he dicho que Cervantes encontró una prodigiosa idea pero que ésta no hubiera llegado a nada si no hubiera porfiado por convertirla en un historia imposible de olvidar. La habilidad e ingenio del escritor para trocar la más apabullante realidad en disparatada fantasía,  sirviéndose de la fértil pero desnortada imaginación de don Quijote, podría ser la clave del éxito de esta obra, si no fuera porque ésa no es más que una cualidad más de este libro  pero no la más notable. El argumento, siendo sin duda original, no lo es más que el de alguna de las Novelas ejemplares, caso de El licenciado vidriera; de hecho, el desarrollo del primer capítulo, en el que el Quijote hace su primera salida en solitario para ser armado caballero en una venta, hace pensar que en un principio el Quijote no era más un argumento original en ciernes, y que en ello podría haberse quedado de no mediar el afán de su autor por convertirla en una de las aventuras más fascinantes jamás contadas. Fue a partir del segundo capítulo cuando la novela alzó el vuelo para encaminarse definitivamente hacia su destino. ¿Qué fue lo que pudo suceder?
Basta con examinar el libro para descubrirlo: una vez iniciada la redacción a Cervantes debió parecerle que el héroe solitario necesitaba un compañero de viaje; pero  no un simple antagonista, sino toda una alternativa a la personalidad del hidalgo loco. Y entonces nació Sancho Panza para completar la ecuación literaria perfecta. La siempre cordial relación que reina entre estos dos personajes y el respeto y solidaridad que se profesan, incluso en las peores situaciones, fragua una pareja de imperecedero recuerdo. Su tan lograda simbiosis está basada en la perfecta contraposición de las opuestas, aunque no incompatibles, personalidades del poco avisado pero muy fiel y noble Sancho Panza y el loco pero a veces cuerdo señor Quijano transustanciado en caballero andante. Así, pueden no sólo convivir sin conflictos, gracias a la meridiana relación amo/sirviente establecida desde el principio, sino también conversar y hasta debatir con cierta enjundia de las cosas de la vida contraponiendo sus dos visiones del mundo que, pese a ser casi diametralmente opuestas, resultan, por obra y gracia de la pluma del autor, casi siempre compatibles (y con ello Cervantes nos brinda una gran lección de tolerancia); además, conforme avanza el relato, la amistad y el respeto mutuo entre ambos personajes no deja de crecer, sin decaer en ningún momento, para convertirse en la verdadera piedra angular de esta gran obra. Mi conclusión pues es que, antes que las increíbles aventuras que viven ambos personajes, es su amistad la verdadera espina dorsal del relato quijotesco.


Pero, para rellenar esa armazón argumental, Cervantes necesitaba materiales de relleno de primera calidad; además de totalmente novedosos debían ser lo suficientemente estimulantes para convertirse en las poderosas imágenes que hoy prácticamente todo el mundo reconoce, tal que (por poner el ejemplo más notorio) la escena del combate del ingenioso hidalgo con los molinos. Y ello lo logró don Miguel sirviéndose del mismo e infalible truco que utilizó para fraguar a la pareja protagonista: el sabio uso del contrapunto, en este caso no entre personalidades sino entre la realidad y la fantasía. Los molinos pasan a ser gigantes y la realidad se troca en fantasía no sólo en la mente de don Quijote sino también en la del ingenuo Sancho, más no así en la del lector, que comprende perfectamente cada payasada y goza lo indecible con tan disparatadas aventuras.
Porque, ¿qué son sino aventuras los tropiezos sincuento, las alucinaciones de don Quijote, los malparados combates y trifulcas, las burlas a que se ve sometida la entrañable pareja y en fin todas esas inacabables incidencias que van surgiendo a lo largo del relato y que hacen que al leer el Quijote casi siempre baile en nuestro rostro una agradecida sonrisa, la de aquél que está viviendo intensamente, y por ello disfrutando, lo que está leyendo? 

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