lunes, 28 de noviembre de 2016

Otoño en Corea (I)

Niña coreana, sin entender nada del follón que la rodea, salvo que va guapa con su hanbok.
Viajar a Corea no es ir a un mundo distante. No tanto como podría creerse. Ya desde mi primer contacto con ese país, hace años, cuando conocí a mi mujer, intuía que no somos tan diferentes. Es más, si nos fijamos en la esencia, en el carácter, somos mucho más parecidos de lo se pueda creer, por aquello de los tópicos. Esa impresión de cercanía con una nación muy lejana y asentada sobre orígenes y señas de identidad tan distintos no era, como he podido comprobar en este segundo viaje, ningún disparate. Lo supe cuando mi amiga Eun Hong me dijo, casi al final del viaje: “Sabes, después de vivir en España varios años, al volver a Corea, no he notado tanta diferencia. Desde luego está el idioma y muchas otras cosas tan nuestras, pero en el fondo es parecido a Sevilla”.
Se dice con razón que los coreanos son los latinos de Oriente. Y, por lo que he podido apreciar, creo que es cierto. Un español se lo pasaría bien en Corea, siempre que no le hiciese ascos al picante y, de ser fumador, soportase con paciencia la ley seca de tabaco que  han impuesto en ese país. De este tema hablaré más adelante, porque va más allá de la simple prohibición.
Prohibido fumar en todas partes. Incluso en casa, se te pueden quejar los vecinos. Este cartel estaba en la calle más turística.
Con estas reflexiones inicio la publicación de una crónica del viaje que mi esposa, Miryang Lee, y yo mismo, hicimos a su país. En otoño Corea es una enorme paleta de colores (rojos, amarillos, ocres, marrones, naranjas…) y el país irradia belleza y serenidad. Sí, desde la misma salida del aeropuerto de Incheon, los árboles se muestran omnipresentes. La gran extensión de espacio forestal propicia, desde un principio, el acercamiento, la curiosidad, la admiración hacia la majestuosa presencia de los árboles, que según creo son el auténtica alma de Corea.
Los coreanos viven rodeados de árboles, plantan durante la distintas etapas de su vida cuantos árboles pueden, disfrutan de ellos visitándolos en todas las estaciones, en especial en otoño. Ese amor se transmite en la costumbre de “abrazar” a los árboles con chalecos, que se puede ver en algunas calles de Seúl o  en las carreteras del sur del país.

Este gesto tan naïf en uno de los países más tecnificados del mundo sirve para definir a los coreanos. Su tardío aunque vertiginoso desarrollo no ha impedido que sigan conservando costumbres como la de adorar a los árboles, como hacían sus antepasados más lejanos. Ya me gustaría que los españoles, pueblo también recién ascendido a la división del primer mundo nos pareciésemos a ellos en esto. 
Porque en otras cosas, sí que sí. 

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Realmente interesante...

Gracias

Jesus Cano dijo...

Gracias, Mark. Continuará...

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