lunes, 29 de agosto de 2016

Nuestro zorro Kike (esto no es cuento)

 


No podía creer que un zorro, animal huidizo y receloso como pocos, me mirase como un perro a sólo dos pasos de la puerta de casa. Pero así era.
Este verano, como siempre, hemos buscado refresco y sosiego en la Sierra de Segura. Nuestro cortijo está cerca de una carretera, eso sí, pero lo suficientemente aislado para que a él se acerquen sin demasiada prevención todo tipo de criaturas: luciérnagas que durante dos noches alumbraron el mismo umbral de la entrada o una mantis asidua de nuestra ventana y de las polillas que pugnan por atravesar el cristal; lagartijas y lagartos tan inocentes que se dejan coger como si lo de huir no fuera con ellos; gamos que bajan a beber al cercano río tan confiados que los podemos ver sentados en una silla si ellos no nos huelen; jabalíes que, al atardecer, hozan en la espesura, a la espera de la noche, en que se acercarán a devorar frutas caídas de nuestros árboles; ardillas que recorren las cúpulas arbóreas para encontrarse en la copa más alta en disputa de su aéreo territorio; cabras montesas en permanente equilibrio allá donde nadie puede acceder; culebras que no dudan en abandonar su vieja camisa delante de nuestro porche; aves rapaces nocturnas y diurnas y otros pájaros de feliz canto en aquel pequeño edén…
A todos estos animales los sentíamos cercanos y demasiado poco salvajes, pero no podíamos esperar que una raposa se tumbase frente a nosotros como un perro, una vez le dimos, no sin cierto recelo, algo de esa comida que sus ojos pedían tan vehementemente. 


No, eso no es precisamente muy corriente. Todo el mundo sabe que estos animales no se dejan ver casi nunca y si lo hacen siempre será de lejos, a salvo de las escopetas. No cabe duda de que el hombre es su mayor enemigo, extinguido ya por éste otros depredadores del zorro, como el lobo, el lince o el oso. Su perdición desde siempre han sido los gallineros y en la conciencia colectiva humana están impresos, desde generaciones, los desaguisados obrados por estas “alimañas”. Es sabido que entre los alimañeros, la mayor especialidad, por ser la más complicada, es la de zorrero. 
Entonces, qué podía haber ocurrido para que ese animal, paradigma de la astucia, dejase de lado su natural prevención y se acercase a mí, es decir a un representante de su ya único y terrible ángel exterminador. ¿Podría saber él que nosotros no teníamos ni demostrábamos animadversión alguna hacia él? ¿Era en realidad, por más insólito que pareciese, un zorro domesticado que tan sólo merodeaba por nuestros dominios, como haría un perro callejero? Esas preguntas nos hacíamos la primera vez que lo vimos el pasado mes de julio. Al no poder responderlas, nos limitamos a ponerle por nombre Kike.
Al volver al sofoco de Granada, quedamos con mi hermano y su novia para tomar unas cervezas y comentamos nuestro, cuanto menos, llamativo encuentro con el zorro Kike. Nos dijeron que también lo habían visto unos meses antes. Incluso habían sabido que el animal fue recogido siendo un zorrillo por un pastor, que, al parecer, no había logrado domesticarlo. Así pues, siguiendo a su instinto, había escapado pero sin olvidar al hombre ni el fácil alimento que éste le proporcionaba, en esta caso de mis manos. Y tal parecía la explicación de su comportamiento.
A pesar de todo, seguía pareciéndome un hecho insólito, nunca jamás había oído de nada parecido. Lobeznos o algún osezno domesticados y hasta amaestrados, sí, pero zorros, jamás. ¿O sí?
Intrigado, busqué información en internet y tengo que confesar que me llevé una pequeña decepción. Mi experiencia no era para tanto. La domesticación de zorros (siempre que se tengan desde cachorros) no es algo corriente, pero tampoco infrecuente. Si sus cuidadores aciertan a conducirlos, pueden cuajar a un zorro sin nada que envidiar al más juguetón y melindroso de los perros. En el siguiente vídeo se puede ver a alguien que lo ha logrado:


Luego, no es tan difícil. Buscando, buscando, encontré noticias del experimento del doctor Belyájev, un etólogo ruso que, en la segunda mitad del pasado siglo realizó un interesante experimento con zorros. Pretendía demostrar que la domesticación del vulpes vulpes era posible. Para ello se guió por las mismas pautas que, según él, utilizaron los humanos hace unos miles de años para domesticar a otros animales, como el perro o el gato. Es decir, seleccionar a los individuos más dóciles durante generaciones para lograr finalmente zorros completamente afines a sus cuidadores. Se desplazó a una granja de zorros criados para la infame tarea de servir de abrigos a ciertas señoronas. Los criadores le ayudaron a escoger aquellos menos agresivos y finalmente compró 130 ejemplares. Armándose de paciencia pero con la seguridad de que su intuición no le fallaría, Belyájev logró en tan sólo 10 generaciones que algunos de sus zorros se comportasen como el animal del vídeo anterior. En términos temporales eso pueden ser tan sólo unos 6 o 7 años. Avanzado el experimento, al cabo de 35 generaciones, es decir, unos 20 años, hasta el 80 por ciento de los zorros se mostraban ya completamente domésticos.
Pero no quedó ahí la cosa. Aunque el etólogo ruso sólo había empleado en su estudio una característica selectiva, es decir, la docilidad, el proceso había generado otros cambios. Aparte de variar de comportamiento, los zorros de Belyájev habían trocado también parte de su aspecto. 

Uno de los zorros de Belyájeb, con pelaje blanco y negro.
Cada vez con más frecuencia, presentaban pelajes distintos o colas erguidas y hasta torcidas y no a ras de suelo, como es común en los zorros; y a muchos se les caían las orejas como a ciertos perros. Esto es, lo que sucede habitualmente en animales domésticos conocidos. La Naturaleza, siempre dispuesta a propiciar cambios, había ido mucho más allá de lo que pudiera soñar Belyájev: le había regalado toda una batería de fuegos artificiales evolutivos.

El profesor Belyájeb, con algunos de sus zorros.

La conclusión que saqué es que la domesticación del zorro no es tan complicada y no ha de pasar mucho tiempo para que esta inteligente criatura pase a ser un animal extremadamente útil para el Hombre. Pero, hasta que llegue ese momento, ¿cuántas personas pueden decir que han podido darle de comer a un zorro salvaje con la mano?




2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Realmente es toda una experiencia...

Saludos

Jesus Cano dijo...

Así fue. Como siempre, gracias, Mark.

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