martes, 14 de octubre de 2014

¿Por qué dos Coreas?




Cuando se pregunta a un occidental qué sabe sobre Corea suele referirse, con algunas excepciones, al conflicto que aún, después de más de 60 años, enfrenta a Corea del Sur y Corea del Norte. Se hace eco así el español (o europeo) común de las noticias más impactantes que sobre aquellos dos países  llegamos a conocer, los esporádicos roces fronterizos, las amenazas del norte de empelar su poder nuclear incluso contra Estados Unidos, etcétera. En suma, la visión que se tiene en Occidente es sólo una parte de la historia reciente de estos dos países que, en realidad, si lo pensamos bien son sólo uno, por más que se hallen divididos.
Son sólo uno porque así lo sigue creyendo la inmensa mayoría de los coreanos de uno y otro lado de la frontera. En realidad, si un coreano habla de su nación, sea del norte o del sur, siempre habla de Corea en singular. En mi visita a Corea pude comprobar como en el sur se ven mapas e incluso banderas en sitios públicos donde no figura la frontera. Es lógico pensar así, porque la reunificación seria no sólo una salida honrosa para ese país sino también una válvula de escape en la geopolítica mundial. Para entender lo primero buscaré un paralelismo que puede parecer arriesgado, como todas las comparaciones, pero que considero válido.

Nótese la coincidente longitud entre España y Corea a uno y otro extremo de Euroasia.
¿Qué pasaría si algo similar sucediese en España y  de repente, el país quedara dividido en dos por ese mismo paralelo 38 que también atraviesa la península ibérica? Una división sería terrible y desgarrador para el país. Prácticamente todos los españoles tendríamos familia a uno y otro lado. Eso es exactamente lo que sucede en Corea. En cuanto a lo segundo, la distensión estaría asegurada en Asia Nororiental, y por ende en el Mundo, con la reunificación. Por desgracia, tal pretensión no depende sólo de los coreanos; debería ser antes sancionada por los invasores. Estas potencias internacionales implicadas son sobre todo China y Estados Unidos, principales valedores del Norte y el Sur respectivamente, y Rusia y Japón como actores secundarios con intereses en uno y otro país. Pero esa solución, que tan fácilmente podría alcanzarse con verdadera voluntad política, no es posible. Para entender por qué hay que remontarse al principio, a las raíces de este problema.
La actual etnia coreana puebla la península desde hace miles de años cuando, se supone, este pueblo llegó desde algún lugar de Asia, previsiblemente el este de Siberia. Sin embargo, hasta aproximadamente el siglo IX de esta era no fraguó un reino coreano unido. En los mil años siguientes Corea ha luchado a duras penas por su unidad, con periodos intermedios de invasiones chinas, japonesas y manchúes; pero nunca había sufrido una partición como la actual.
Ésta se produjo no por causa internas sino por la injerencia internacional al final de la Segunda Guerra Mundial y es consecuencia directa de la invasión japonesa sufrida por este país entre 1910 y 1945. Tras derrocar a la dinastía reinante, el Japón imperialista convirtió Corea en un gran campo de prisioneros. Todo el país trabajaba para surtir a los nipones de esclavos, alimentos y materias primas. Los coreanos sufrieron lo indecible en ese brutal periodo: además de hambre y carencia absoluta de derechos, se perpetraron sobre ellos actos palmarios de genocidio, experimentos con nuevas armas, secuestros de niños y otras atrocidades todavía no reconocidas por Japón. 

Soldados japoneses durante su atroz ocupación de Asia.
Pese a ello, la población no dejó de hostigar a los japoneses durante toda la ocupación. Grupos secretos, atentados y levantamientos sacudieron de tanto en tanto al invasor. A grandes revueltas sucedían terribles represalias que no impidieron que surgiera cada vez con más fuerza una resistencia organizada de tintes socialistas. Pese a ello, el país resistió esperando una salida con el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo que no suponían los coreanos es que la derrota japonesa no iba a terminar con su esclavitud, sino derivar en una guerra civil con claras implicaciones internacionales. En efecto, cuando el imperio nipón agonizaba, los rusos por el norte y los norteamericanos por el sur iban a ocupar Corea de común acuerdo, para encontrarse aproximadamente en mitad del país, sobre el paralelo 38.
Era el verdadero principio de la Guerra Fría. Ambas potencias se repartían Corea en el tablero de la Conferencia de Yalta sin tener para nada en cuenta los intereses de los propios coreanos. Así millones de personas se convertían en moneda de cambio válida para establecer un precario equilibrio entre las dos superpotencias que se iban a disputar el mundo en las décadas siguientes.
Como sucedió en Alemania, fruto de esa “entente” el país quedó partido en dos tras el final de la Gran Guerra, con la diferencia de que Corea no había sido un enemigo de los aliados sino sólo un país ocupado. Frente a lo que podría dictar la cordura, en esos momentos deberían haberse organizado negociaciones para zanjar el asunto favor de los coreanos, víctimas de un enemigo derrotado. Pero esa lógica parecía demasiado benevolente para figurar en una agenda política. Por el contrario, las negociaciones para la reunificación no fueron alentadas ni por las potencias invasoras ni por la recién creada ONU. Por el contrario, se permitió el progresivo alejamiento entre las dos partes, propiciada por la enemistad personal y las diferencias ideológicas entre los gobernantes de los protectorados nacidos de la partición: el anticomunista Syngman Rhi en el sur y Kim il-sung en el norte, iniciador de la dinastía de autócratas aún en el poder en el norte. Ambos habían luchado contra los japoneses y podrían haberse puesto perfectamente de acuerdo. En lugar de eso, arrogándose al mismo tiempo del derecho a unificar por la fuerza el país, caminaron decididos hacia la guerra civil.

Dos huérfanos de guerra, junto al cadáver de su madre.
No me quiero detener en la guerra, sólo diré que el norte prendió la mecha, pero que podría haber empezado cualquiera; que desde el primer momento el conflicto se internacionalizó y en él intervinieron los soviéticos, primero, con apoyo logístico y, más tarde ya con tropas, los norteamericanos y los chinos; que la guerra se llevó a más de dos y medio de vidas humanas, la mayoría coreanos; que a Japón, y éste es un dato poco conocido, lo que más le convenía era la partición para no tener un posible enemigo fuerte muy cerca; que, finalmente, la matanza resultó inútil pues se saldó de la peor manera posible: en tablas y llegar a la paz. En efecto, después de más de sesenta años aún no se ha firmado ningún tratado de paz sino sólo un armisticio. Hoy, el sur es un país próspero económicamente pero supeditado militar y políticamente a los intereses norteamericanos. En el norte la situación es mucho peor: dependen en todo de China; no podría ser de otra manera ante el brutal bloqueo económico que padecen, orquestado por Estados Unidos. Esa precaria situación deriva en frecuentes hambrunas de las que nada se nos dice. El interés casi exclusivo de los focos es horadar la imagen de un régimen totalitario, el de la dinastía Kim, totalmente a la conveniencia del imperialismo norteamericano, a quien importa bien poco el sufrimiento de los más de 25 millones de norcoreanos.
Pero, nada o muy poco tuvo que ver la voluntad popular con esta guerra y la partición que le sucedió. Sobre ésta última, las encuestas en el Sur se siguen decantando a favor de la reunificación y no sería de extrañar, a falta de datos, que en el norte se pensara de modo similar. Pero esta inquietud popular no es tenida en cuenta por los responsables políticos, que hacen poco o nada por fomentar el acercamiento mutuo, sino más bien lo contrario. Sólo a finales del pasado siglo y comienzos del presente el presidente de Corea del Sur, el socialdemócrata Kim Dae Jung, y su homólogo del norte, Kim Jong-il, hijo del anterior dictador, mantuvieron un tímido acercamiento que finalmente no fraguó. Apenas se lograron algunos intercambios de personas, tibias inversiones del sur en el norte y la competición unificada en algunos eventos deportivos, como los Juegos Olímpicos. A partir de 2003, la situación no ha hecho más que empeorar. La llegada al poder de gobiernos conservadores en el sur, muy afines a los USA, ha aumentado el alejamiento. Tampoco el relevo de poder en el norte, con el ascenso del joven Kim Jong-un, ha abierto el camino a la distensión.

Kim Jong-un, nuevo líder norcoreano.
Esta situación es nociva para ambos lados. En el sur se ven forzados a aceptar intercambios mercantiles desfavorables, como cuando Estados Unidos impuso la compra de una enorme partida de carne en malas condiciones, que puso en riesgo la seguridad alimentaria de los surcoreanos. Para el norte, la coyuntura es aún peor. De vez en cuando, grandes desastres humanitarios asolan aquel país, ante lo cual la única ayuda enviada procede de asociaciones del sur sostenidas exclusivamente por ciudadanos y empresas que conservan, pese a todo, la esperanza de que algún día Corea recupere su unidad y sea por fin libre.

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