martes, 21 de mayo de 2013

EL DOMADOR DE AVISPAS





A Pablo Palomino, que me contó esta historia.


A Cirilo siempre se le ha considerado una especie de bestia; y eso que su pueblo es mucho pueblo. Sí, se le mira como a un ser animalesco porque disfruta, entre otras excentricidades, en revolcarse por la hierba con la misma despreocupación que un borrico; o en elevar, de madrugada, con indecible goce, cánticos ininteligibles hacia la luna, más como lobo que como persona. Pero quizás su mayor peculiaridad, cuasi sobrenatural, es su innata habilidad para domar avispas. Sabedoras de ello, estos insectos malencarados, que se complacen en molestar fanfarronamente a otros, huyen de su lado cuando advierten que sus ojos persiguen con avidez de depredador sus erráticos revoloteos. Sin embargo, siempre hay alguna, no tan avisada, que desestimando el potencial de sus garras, alargadas como redes de pescar, se deja sorprender. Entonces, Cirilo la atrapa hábilmente de las alas para después, en milésimas de segundo, arrancarle su peligroso aguijón. Una vez completada esta operación, él no tiene más que depositar suavemente a su víctima en el suelo para ver cómo pierde toda su fiereza de león alado poco a poco y cómo se ahoga su zumbido, cual relincho salvaje de caballo a punto de ser domado. En ese impás de espera, Cirilo se retuerce de placer, no por crueldad sino por satisfacción personal. Una vez lograda su objetivo, no tiene más que sacar el carrete que porta en su bolsillo (de hilo de seda fabricado de sus propios gusanos), hacer un lacito corredero con su nudo trabado y colocárselo a la avispa bien ajustado a ese espacio que media entre el abdomen y el tórax. Una vez completada el estrafalario ritual, sólo tiene que animar con un empujoncito a su nueva mascota para que alce el vuelo y le acompañe, como perrito faldero, en su parsimonioso paseo, ante los ojos, ya nada atónitos, por acostumbrados, de sus paisanos. Lo que nadie sabe es que, en verdad, es un místico lego que, arrastrado por un no se sabe qué  incomprensible incluso para él, no puede evitar transgredir, una y otra vez, la realidad. 

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