jueves, 23 de junio de 2016

Presentación de "Otros cuentos de la Alhambra"




Por fin presenté mi libro, casi al tiempo que entraba el verano, y rodeado de dos ángeles de apellidos Moyano y Fábregas. Muy adecuado teniendo en cuenta mi nombre. Fue en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, una sala pequeña pero ideal. Es conocido el eclecticismo del Centro, que mantiene las puertas abiertas a todo tipo de actos e incluso a personajes como yo.
El acto resultó más cálido de lo que pensaba, porque la sala, no demasiado grande, desde luego, se llenó por completo. Había familiares, amigos (algunos escritores) y personas simplemente desconocidas pero sin duda interesadas, como Miguel Castillo, un incansable investigador que ha publicado esta crónica en su magnífico blog Legado Nazarí.
Debo aclarar en primer lugar que, tras una breve crónica del acto, añadiré las intervenciones de Ángel Fábregas y la mía. 

Ángel Moyano durante su intervención. Foto.Alberto Granados.
Para empezar, el editor de Port Royal nos presentó a Ángel Fábregas y a mí. Pocos saben que él y yo somos amigos desde hace años, lo que se tradujo en una especial complicidad que sólo logra el apego y aprecio mutuo que dan las largas conversaciones.

Éste glosó mi obra con gran acierto y algunas apreciaciones que yo mismo ignoraba, pero que demuestran la gran agudeza de Ángel. Por ejemplo, que existe una clara diferencia entre los primeros relatos, más históricos y sesudos, y los últimos, más genuinamente literarios y despegados de los datos, por decirlo de alguna manera.
Por fin, yo terminé hablando del origen de la obra y de su proceso de escritura, un periplo vital que abarca casi 35 años, desde que comencé a estudiar Semíticas en la Universidad hasta la publicación del libro, que surgió así de forma natural. 
Para continuar, se proyectó el boktrailer del libro, que se puede ver a continuación:



Y ya para concluir, se dio paso al turno de palabra, donde hablamos, principalmente, de Leopoldo Torres Balbás, una persona clave para la historia de Granada y la conservación de la Alhambra, pese a lo cual apenas ha sido reconocido.

Firmando un libro y acompañado de mi sobrina Masuma, autora de la acuarela de portada. Parecemos un sordo escritor con su intérprete.  Foto: Alberto Granados.
A continuación, reproduzco la intervención de Ángel Fábregas:
Ángel Fábregas glosa el libro. Foto. Alberto Granados.
El título de la obra de Jesús Cano evoca inevitablemente los “ Cuentos de la Alhambra” de W.I. Es esa la primera referencia que nos sugiere casi de una forma obvia ; sin embargo su obra dista de ser secuela, glosa o legado de la del autor norteamericano. La entidad de sus historias es independiente, tanto en carácter como en propósito , y dista del orientalismo romántico de ese autor.
Desde un profundo conocimiento del monumento, de su fisonomía, su historia y anecdotario, Jesús penetra la atmósfera alhambreña , nos conduce a sus estancias de mármol y mocárabes , a los bellísimos jardines, que en el imaginario colectivo universal encarnan uno de los arquetipos del goce de los sentidos , y asistimos al despliegue de la imaginación, al mágico ensalmo de la palabra, a la liturgia íntima , siempre nueva y distinta, del autor con cada lector.
Los siglos se suceden encadenados en sus relatos, desde el XIII hasta el XXI, con protagonistas humanos o incluso objetuales, como la acequia real, y en su secuencia se desgrana nuestra historia, musulmana y cristiana, renacentista y romántica, desde los entresijos de una mitología personal y un subjetivo emocional  vinculado profundamente a “la Roja” y a su entorno ( quizá en este contexto de la Eurocopa de fútbol, debiera referirme a la Alhambra como “ la bermeja”, para evitar confusiones indeseadas).
Soslayando el indudable valor didáctico de la obra – el autor comparte dichosamente su prolijo conocimiento con el lector – , es su valor literario, la pura fabulación, los que adquieren carta de naturaleza a lo largo de los cuentos, experimentando, en mi opinión, una creciente intensidad, un vuelo paulatinamente más ligero en el que la Alhambra no deja de ser protagonista, aunque cede su preponderancia en la atención del lector a las criaturas que pueblan los relatos de Jesús, aun permaneciendo como “leiv motiv” o telón de fondo.
Si bien los cuentos son legibles perfectamente de forma salpicada e independiente, estimo que se aprecia un crescendo emocional en el desarrollo de los personajes- algunos reales y otros imaginarios- que dota a la lectura de la obra de interés capítulo a capítulo, en una sucesión de imágenes que nos cautivan y transfiguran la idea previa que poseíamos del paisaje, enriqueciendo nuestra percepción y nuestra fantasía.
En los primeros capítulos , se suceden las peripecias de personajes históricos importantes en el devenir de la Alhambra y de Granada en el periodo nazarí, convulsos  vaivenes políticos reflejados en episodios como la partida de ajedrez entre el futuro monarca Yusuf III y su carcelero en Salobreña, que se narra en el cuento referente al siglo XIV, de resonancias tan bergmanianas.
 Y aquellos personajes que fueron reales, se alternan con otros netamente producidos por la imaginación de Jesús, como el judío Ezra, contemporáneo de la conquista de Granada, que es evocada como el punto de inflexión que efectivamente fue para la historia de la ciudad, en el inicio de su devenir cristiano unida a Castilla y a otros reinos peninsulares en el germen de lo español, que en opinión de algunos supuso el comienzo de su decadencia; la controversia histórica e ideológica al respecto aún pervive actualmente.  
Y la ficción vuelve a entreverarse con la realidad en la siguiente elipsis temporal en el siglo XVI, llevándonos a un episodio tan dramático, tan emocional, y tan extraordinario como la gestación de los libros plúmbeos, suceso que hasta su desenlace final superó posiblemente cualquier expectativa de la imaginación por lo asombroso de sus circunstancias, que han motivado una abultada historiografía y una también crecida literatura a lo largo del tiempo.
En mi opinión, la energía fabuladora, el carácter genuinamente literario, se manifiesta equilibradamente en los relatos netamente ficticios tanto como en los que tienen un fondo real; Jesús hace de la realidad ficción y viceversa, amalgamando ambos planos en simbiosis vital, de forma tan indiscernible como a veces se manifiestan en la propia existencia.
Avanzando los siglos, ya en el XVII, asistimos a la admirable historia de la esclava negra habitante de la ciudadela y de la peripecia que la conduce hasta las Indias, relato este de calado hondo por el desarrollo psicológico de los personajes y de sus pasiones, en el que se entretejen los géneros del cuento y la novela, escorándose la historia más bien a este último en su versión corta.  
 En los albores del siglo XIX , llega la invasión francesa que ocupó la península , y Granada concretamente durante dos años. En ese marco, el autor da vida a uno de los personajes más sugestivos del libro, el soldado galo que troca el fusil por la azada para cultivar la tierra de las huertas del convento de San Francisco en una huida reflexiva y estética del mundo.
Este estimulante cuento, nos revela la Alhambra como reducto arcano, como escondite remoto del espíritu, lejano a los fragores de los hombres, íntima fuente de vida interior que fluye como el agua de sus acequias, que en la Alhambra son arterias que conducen una savia esencial, el sustento de un gozo hondo como los manantiales de los que brota. 
 En el mismo siglo XIX, tan proclive a lo exótico y a lo sanguíneo , El imaginario mítico del autor aflora pleno en la recreación de un personaje recurrente en su escritura, como es el caso de Lola Montez.
Esta mujer fuerte y libre, épitome del romanticismo, protagoniza otro cuento sobre el espíritu de esa época arrebatada de tormentas interiores, introduciéndonos con ella en aquella Granada tan glosada por renombradas plumas europeas como Dumas , Gautier o Ford;  o evocada por dibujantes y grabadores como Doré; sus arquetipos laten en la atmósfera de este relato.
 Me referiré ahora a una cuestión, en mi opinión, singularmente remarcable de la obra;  en estos cuentos, no solo hay espacio para la recreación histórica, la ensoñación o la aventura.  El autor da también cabida a la reflexión sobre los entresijos de nuestro carácter, ese sustrato íntimo tan controvertido, a veces tan agrio, y utilizo este adjetivo por no ser excesivamente duro en mi juicio. La recreación de determinados hechos en torno a la restauración de la Alhambra en los años veinte, sirve al autor para esbozar un apunte amargo sobre la vertiente más umbría de Granada.
Es esta línea fluye el gran relato sobre Leopoldo Torres Balbás, arquitecto conservador de la Alhambra en esos años y artífice de su brillante recuperación tal y como la conocemos, sin duda una de las mentes preclaras de la ciudad en el último siglo ; en él se evoca la triste mezquindad que a veces ha caracterizado a la ciudad, y que por desgracia derivó algunos años después, en hechos trágicos de sobra conocidos ; esa Granada de miras cicateras y  apego al terruño que no consigue ser desterrada tampoco hoy  por otra de sensibilidad abierta y vuelo largo .
Sin embargo, el autor no solo abunda en la crítica sombría de la ciudad; también la hay jocosa en relación a su costumbrismo , tan bien reflejado en el cuento del siglo XIX cuya protagonista es Lola Montez . El sentido del humor sin inhibiciones de Jesús produce en este relato jugosos frutos y a esta cita me remito:  P.174.
 Y como colofón, me referiré a la ficción del siglo XXI encarnada en la figura de un outsider, un triste marginado de otro país que pretende acabar con su vida en un lugar que, paradójicamente, es canto permanente e intenso a ella desde el fondo de sus estanques hasta los techos estrellados de sus estancias. En este cuento con espectro incluido, en el que este puede simbolizar la lucha de contrarios de cualquier espíritu en cualquier tiempo, la desazón y el desastre en ciernes del protagonista, culminan finalmente en un amanecer que simboliza la renovación de la existencia, el ave fénix que habita en cualquiera de nosotros y que en los momentos críticos nos impulsa de nuevo hacia la vida.  
En definitiva, yo les recomiendo la lectura y el goce de este libro, apelando a ese rasgo tan propio de nuestro carácter heredado del oriente, cual es la vocación contemplativa. Tal actitud, en ocasiones tan inerte y negativa para el crecimiento, adquiere en Granada tintes admirables en la hondura estética para la que muchos de sus habitantes están dotados de manera indudable a lo largo de los tiempos.
Siéntense con este libro, a ser posible en una de esas tardes de primavera u otoño indescriptiblemente bellas de nuestra ciudad, frente a cualquiera de sus paisajes, o si les es posible frente a la propia Alhambra, abran sus páginas y buceen en su imaginación con la ayuda del impulso creativo de Jesús Cano. Su espíritu les quedará sumamente agradecido.

Momento de mi intervención. Foto: Miguel Castillo.
Y, ya para finalizar, aquí están mis palabras:

Lo primero que quiero es agradecer a todos los presentes que hayan venido. Primer día de verano, buen tiempo, las calles a rebosar… y, lo más importante….hay fútbol. Sois mis héroes…. Tranquilos, que el fútbol empieza a las 9.Gracias al Centro Artístico por acogernos tan generosamente. Y, por supuesto, muy agradecido a mis dos acompañantes, por sus, como poco, buenas palabras…. Si es que, aunque sin alas, son dos ángeles….
(Ángel F. Me susurra algo)- Ángel me recuerda que yo soy Jesús.Y, por fin, para empezar diré que yo no he venido aquí a hablar de mi libro….  Sólo hablaré de cómo nació con insólita facilidad para lo que son este tipo de partos. Y ha sido fácil, primero, por la celeridad y el interés de Ángel Moyano a la hora de publicarlo. Y después, porque este libro, inopinadamente, se ha convertido en un reflejo de mi propia vida. O, lo que es lo mismo, de mi  larga relación con la cultura y la historia andalusíes. Y más concretamente con la Alhambra.Algunos que me conocen saben que yo estudié Semíticas en la Universidad de Granada y pensarán que con esa carrera estaba predestinado a, digamos,  conocerla íntimamente. Eso no fue así exactamente.
Para mí, el arabismo fue sólo una vocación a medias y también, ahora lo comprendo, una intromisión del Destino. ¿Por qué digo esto? Porque mi auténtica vocación era el periodismo y debía haber estudiado en Madrid. Si hubiera hecho esa carrera y ejercido de periodista desde el principio, posiblemente mi visión de la Alhambra sería tan liviana como la de cualquiera que visitase Granada como turista.
Pero recalé al final aquí y, cuando llegué, en 1981 me topé con una Universidad todavía agarrotada  por la herrumbre del franquismo y con un departamento de Semíticas anclado en puertos decimonónicos. Tanto es así, que apenas se nos decía nada de la Alhambra. Sí, estaba muy cerca pero como si no existiese. Hubiera sido lógico que el departamento organizase una visita guiada al monumento, porque, como he sabido después, es un perfecto resumen del arte andalusí. Pero no, tuve que ir por mi cuenta y, en esas visitas, me resultó un lugar demasiado frío y, por tanto, hasta cierto punto decepcionante.
Así las cosas, cuando terminé milagrosamente mis estudios no tenía el mínimo interés por ser arabista. En cambio, recordé mi antigua vocación y decidí labrarme una carrera de periodista.
Tirar al monte, como las cabras, en mi caso ser periodista sin título, no fue una decisión muy inteligente y pasé  unos cuantos años muy duros. Pero aún así, con los trabajitos que me salían y los libros que iba publicando, era pobre, sí, pero más o menos feliz, como cualquier insensato que se precie.Estaba ya a punto de emigrar a Londres cuando, casi de carambola, supe que estaban buscando un corrector en la Alhambra. Fue aquí verdaderamente donde comenzó todo. Pude así conocer de primera mano algunas claves de las investigaciones más punteras o los procesos de restauración y mantenimiento de tan complejo organismo. Supe de la labor del gran restaurador Torres Balbás, al que dedico en este libro un cuento que se titula, no en vano, El hombre que salvó la Alhambra. Gracias al estudio de las piezas del Museo que estaba por inaugurarse en 1995, pude llegar a imaginar a la ciudadela habitada y revestida de tapices y muebles. Me asombró saber que la Alhambra, llena de trampas y vías secretas de escape, estaba más concebida para defenderse de un enemigo interior que de cualquier ejército. Y, lo más gratificante de todo: gracias a un carnet de investigador (de los de antes) me era posible visitarla (gratis) a cualquier hora y en toda estación. De hecho, sin aquel indescriptible banquete de sensaciones la atmósfera de este libro no hubiera sido posible. Ese era sin duda el mejor de los privilegios que me daba ser “corregidor” de la Alhambra.Pero en el otoño de 1996 algo me alejó abruptamente de ese mundo recién descubierto. Por fin, tras años de esfuerzo, vi cumplido mi anhelo de convertirme en periodista profesional. Para ello debía dejar Granada e ir a  Jaén.Resultó una experiencia decepcionante. Era un trabajo agotador y opresivo que me empujó a dejar el periódico a los dos años. Quizás lo mejor de aquella época fue que comencé a escribir mi primera novela, buena parte de la cual, por cierto, transcurría en la Alhambra. Aunque por entonces no lo sabía todavía, comenzaba a fraguarse ese invisible vínculo con el monumento que al fin me ha traído hasta aquí.Pero lo mejor estaba por llegar. A poco de despedirme a la francesa del periódico,  encontré el que parecía ser el curro de mis sueños: guionista de la serie El legado andalusí para Canal Sur. Aquel golpe de suerte llegó casi de carambola. De pronto, el venero que había brotado en mi etapa de corrector de la Alhambra, remanó con fiereza, como en un año de grandes lluvias.  ¡Debía leer tantos libros!: Historia, ciencia, música y poesía, arte, vida cotidiana, agricultura, urbanismo, fortificaciones.. Me empapé también de esa visión romántica de al Andalus que tanta fortuna ha hecho. Pero lo más edificante y agradecido fueron, de nuevo, mis visitas al monumento, esta vez junto al equipo de grabación y en busca de la Alhambra más arcana y también más interesante. Me explico. Hay ciertos detalles que ayudan a comprender por qué la Alhambra, siendo increíblemente frágil, es tan resistente al mismo tiempo. Pese a estar armado básicamente con palos, tierra y ladrillo (más algo de mármol) y decorada con armaduras de cerámica, madera y yeso, ha sobrevivido a expolios sin fin, incendios, explosiones y terremotos. Todo gracias a esa tierra roja que la compacta milagrosamente, la misma en la que hunde sus raíces. También me apercibí de que la esencia de la Alhambra no descansa tanto el fulgor de sus palacios como en una calculada simbiosis entre agua, vegetación y arquitectura. Digo calculada y digo bien, porque las matemáticas están por todos lados.Pero para que podáis entender bien la fascinación que por entonces sentía, pondré un ejemplo más concreto. En una de mis visitas un carpintero que restauraba una armadura de madera me abrió un ventanuco al pasado. Me mostró que los carpinteros nazaríes, a falta de papel, realizaban sus esbozos o sus cálculos matemáticos en el envés de las piezas que componen las armaduras. Tras una de esas piezas alguien dibujó una cabeza de caballo, osado entretenimiento, por cierto, para un musulmán, aunque tal vez no tanto si era andalusí.Pero aquel trabajo duró poco (algo habitual en televisión) y hube de buscar otro que nada tenía que ver con la Alhambra. Este nuevo empleo, de guionista de un programa del Canal Sur 2, me duró casi 12 años, pero terminó en julio de 2012 cuando la Junta cogió la tijera y suprimió, como ya sabéis, la cadena para la que trabajaba.
Estaba en la calle y esta vez sin perspectivas de reengancharme. Todo el mundo sabe que los medios de comunicación han sido uno de los sectores más castigados por la crisis. Para no anquilosarme, me metí, cómo siempre, en camisas de once varas. Esto es, en la edición de libros. De libros digitales, nada menos. La cosa no fue nada bien, tal vez porque los libros digitales, hasta que alguien invente algo mejor, son sólo un pobre reflejo de los de papel, éstos sí maravillosos artilugios. Pero eso sí: pude recuperar mi pasión por la Alhambra al enfangarme en un ambicioso proyecto editorial: una guía interactiva del monumento que pretendíamos ofrecer al Patronato.
Tras varios meses de trabajo, la guía se demostró inviable, pero el esfuerzo no iba a resultar inútil. Mi nuevo acercamiento, más consciente y sistemático, me brindó nuevas claves y llenó mi cabeza de ideas y sensaciones que debía aprovechar con cualquier otro proyecto. Fue entonces cuando apareció en mi mente este libro de cuentos, la culminación a tantos años de fascinación por la ciudadela roja, a la que, de hecho, ya había dedicado varios cuentos antes.
Siempre había deseado hacer un libro de relatos que viajase por la Historia, que ensartase los siglos, una obra no rigurosa (eso es cosa de la historia) pero sí reveladora, con argumentos y escenarios poco o nada habituales; con protagonistas desconocidos e incluso anónimos. Una obra, en suma, acorde con la visión que yo tenía del Mundo. Pero carecía de una semilla, de un sujeto histórico con el que germinase esa proposición. La ubérrima Alhambra me brindó esa oportunidad.
Me puse manos a la obra y convine para mí que 12 era el número perfecto de relatos. Elaboré un esquema que atravesaba los siglos y coloqué en él los cuentos de los que ya disponía. En los huecos que quedaban, volqué las ideas que se me iban ocurriendo, que fueron variando con el proceso de escritura. Así, en algo más de ocho meses había finalizado el libro con pasmosa facilidad. Toda una proeza para un escritor que, como yo, se lo toma con calma. Influyó mucho tener una idea meridiana de cómo hacerlo. Y también el acierto de aprovechar la información fresca de que disponía antes de que se perdiese en las entrañas del cerebro.Como es lógico, unos cuentos nacieron más fácilmente que otros. A este respecto, viene bien referirse a lo que decía antes Ángel Fábregas: la notoria diferencia entre los primeros relatos, más históricos y didácticos, y los últimos, más genuinamente literarios y puede que más modernos. Esa aguda observación de Ángel me ha hecho reflexionar y hasta encontrar una posible explicación. Y ésta puede ser que, paradójicamente, existe mucha más información de la época nazarí que de la cristiana, pese a quedar aquélla más lejana. No tuve demasiado problemas para ambientar los relatos de época árabe. En cambio, la ausencia de datos de la etapa cristiana me obligó y al tiempo me permitió escoger más libremente los temas y desarrollar atmósferas más personales.
No quiero dejar de referirme a la magnífica acuarela que sirve de portada a  esta obra, de la que es autora mi sobrina Masuma (aquí presente). Fue una feliz casualidad que eligiéramos como tema el jarrón de las gacelas. Digo esto porque, aparte de una enorme obra de arte, el jarrón es una vasija, un contenedor, una alegoría, en suma, de este libro, donde caben muchas cosas.Otra cuestión que no quiero olvidar, ya para concluir, es la del título. Alguien podría pensar, lógicamente, que el que escogí guarda una sospechosa similitud con la archiconocida obra de Washington Irving. Es cierto, no encontré un título mejor y, sinceramente, no tengo nada que reprocharme.
Si yo he bebido de esa fuente inagotable de impresiones que es la Alhambra, como antes lo hizo el mismo Irving, lo he hecho a mi modo, como bien ha señalado antes Ángel Fábregas. Como lo hicieron antes y lo harán después otros muchos literatos y artistas que se han sentido conmovidos, seducidos, inspirados al fin por un paisaje capaz de materializar todos los sueños.
 Muchas gracias. Bueno, y ahora, antes de terminar, vamos a proyectar el vídeo presentación del libro (también llamado booktrailer), tras de lo cual contestaremos encantados a cuantas preguntas se os ocurran.