martes, 18 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (III)



Cuando una gata salvaje, preñada y hambrienta, entró en el corral de Zahur y devoró varios pollos, el viejo cascarrabias no paró hasta ensartarla con su lanza; no en vano había sido un excelente cazador. Eufórico por la sangre cobrada, regresó al poblado. Ya de noche, no tuvo tiempo de presumir, pues todos estaban durmiendo. 
A la mañana siguiente lo despertó su vecino y amigo Issey, quizás el único que tenía. Llegaba acompañado por su pequeña Kya, una niña de once años de mirada profunda, como su inteligencia. Issey venía para recordarle que ese día les tocaba trabajar en la construcción del círculo de rocas, un templo con el que la comunidad buscaba la protección de los astros. 



Una gran piedra, trasladada desde la lejana cantera, estaba lista para ser pulida. Por su considerable tamaño y forma de huevo iba a ser consagrada al dios que esparce la lluvia, aquel que vive entre las estrellas.
-   - No debemos demorarnos, Zahur, no sea que el dios se enfade con nosotros y vuelva la sequía, como cuando los nuestros hubieron de abandonar esta tierra mucho tiempo.
Pero el viejo gruñón, sin escuchar, se dirigió eufórico al granero para buscar la pieza cobrada la tarde anterior. Orgulloso, con ojos ebrios de sangre, levantó el cuerpo de la gata salvaje, no del todo inerme. En su panza preñada aún parecía anidar vida. Antes de que los dos hombres pudieran decir nada, la niña miró al cazador como si algo, un demonio del desierto, o tal vez el espíritu vengativo de la gata, la hubieran poseído. Se abalanzó sobre él con las uñas por delante, marcándole las mejillas y aporreando su cara con fiereza:
-    - Asesino, asesino –exclamaba Kya mientras intentaba morder las manos temblorosas del viejo. Tuvo que intervenir su padre para separarlos.
Otro hubiese azotado a su hija, pero Issey no podía con ella. La niña era demasiado inteligente y él demasiado pusilánime. Sólo se atrevió a decirle dulcemente:
-  - No deberías insultar a un mayor, no es eso lo que tu madre y yo te enseñamos.
Todavía entre sollozos, Kya hizo un mohín de desagrado.
-   - Os demostraré por qué este anciano, que sólo piensa en su granero, es la persona más estúpida del mundo.
A esas alturas, ya se había congregado una pequeña multitud frente al umbral de la casa de Zahur. Cuando vieron salir a la niña, decidida y altiva como una pequeña reina, la siguieron.



RESEÑA DE “LA CASA DEL COBERTIZO”

Mustapha Busfeha García Salobreña, Granada,2014 660 pp.   De novela árbol calificaría yo esta extensa obra de Mustapha Busf...